Diego Cabot: "Todavía falta lo mejor"

Carlos M. Reymundo Roberts
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18 de agosto de 2018  

Diego Cabot me regaló uno de los ya legendarios cuadernos Gloria. Imagínense mi emoción: por fin tenía en mis manos uno de esos cuadernitos de espiral que están cambiando la historia argentina, al poner patas para arriba el mayor esquema de corrupción que hayamos conocido. Yo supongo, o quiero suponer, que ya nada será igual en el país. Lo abracé y, entre llantos, apenas pude balbucear un "gracias". Cuando abrí el Gloria, estaba en blanco. Ni una palabra. Lo había comprado un rato antes. Me le fui encima con ganas de matarlo. "Entendé el símbolo -me paró-. Nos estamos enterando de muchas cosas, pero queda muchísimo por saber. La parte más importante todavía no está escrita".

Creo que Diego se está yendo de mambo. ¿Cómo que todavía queda mucho por saber? ¿Qué pieza le falta a esta trama repugnante? ¿Con qué nuevo dato van a sorprendernos ahora? ¿Acaso en alguna ocasión fue el propio Néstor a hacer las recorridas con Centeno? ¿Acaso De Vido está por sumarse a la lista de arrepentidos, como se sumó anoche Josecito López? No, Julito, no, please. Si vos te arrepentís, la vas a obligar a arrepentirse a Cristina, y si Cristina se arrepiente nos quedamos sin serie de Netflix, porque hasta la ficción tiene sus límites.

Esta semana declararon otro chofer, el portero del edificio de Juncal, nuevos funcionarios y empresarios, el financista de Néstor y Cristina, un asesor de Abal Medina, un piloto de avión y, me dicen, mucamas, jardineros, vecinos, electricistas, plomeros, masajeadores y estilistas. Todos los testimonios son coincidentes y definitivos: los Kirchner no eran solo los mayores coleccionistas de valijas y bolsos del país; se habían convertido en una familia desquiciada por el dinero. Totalmente desquiciada. En las comidas no se hablaba de otra cosa. Néstor se enojaba cuando la conversación derivaba a otros temas que no fueran la recaudación del día, y cómo mejorarla. Máximo había empapelado su cuarto con los dólares que llegaban un poco arrugados. Florencia hacía cortometrajes de sus padres contando guita; obviamente, terminaban siendo largometrajes. El matrimonio no discutía sobre la invasión de los espacios de cada uno en el vestidor, sino en las bóvedas. Cuando los fajos empezaron a desbordar todos los ambientes, al personal de servicio le fueron restringiendo la circulación: al final solo se limpiaba el palier de la entrada... del lado de afuera.

Como seguía sin entender de qué me había hablado Diego o qué me había querido sugerir, directamente le pedí que me diera alguna pista sobre eso tan importante que falta conocer. "Ya te contestaste vos -me dijo-. Lo que falta es la pista. La pista del dinero".

OK. Por ahí va la cosa. Dónde pusieron la plata. Parece que ese es, por estas horas, el principal objetivo que se han puesto los que llevan adelante la investigación. A un expediente que ha avanzado con una dinámica jamás vista en Comodoro Py (a excepción, claro, del apuro con que Oyarbide cerró la causa por enriquecimiento ilícito de los Kirchner) solo le falta, para pasar a los anales de la Justicia, encontrar el metálico. Bonadio y Stornelli sueñan con la selfie en la que detrás de ellos aparece una montaña de billetes.

Empecé mi propia pesquisa. Partí de la base de que, como me sopló un compañero del diario, a Néstor no le gustaba llevarla afuera, porque siempre está el riesgo de dejar huellas, por más maniobras o firuletes que se hagan. O de que los bancos buchoneen. Puede que haya algún vuelto -tres o cuatro palitos- en un paraíso fiscal, pero la presunción es que el grueso está acá. Otro dato: los Kirchner, contra lo que muchos creen, no usaban esa plata para "la política": comprar jueces, legisladores, periodistas... Son gente de principios: lo que es de ellos es de ellos. El gasto de la política tenía que salir de otro lado, de otras cajas (o de otros bolsos). Un dato más: si bien la cadena de silencio que cubría este latrocinio ha estallado por los aires, a la larga y excitante lista de declaraciones testimoniales todavía le falta algo. Alguien. ¿Un banquero, por ejemplo, Jorge Brito, del Macro? No estoy pensando en él, aunque si tiene algún datillo que aportar, bienvenido. ¿Los hijos de Lázaro Báez, que, según me dicen, andan a las corridas tratando de cambiar dólares para hacerse de pesos? Tampoco pienso en ellos. ¿Algún personaje muy vinculado a la familia que ve que las balas le están picando cada vez más cerca (gracias Víctor Hugo por prestarme la metáfora)? Tampoco. Lo que le falta a la saga de confesiones es que hable un albañil. Sí, un albañil. Sabemos que los Kirchner vivían haciendo obras en sus casas: reformas, ampliaciones. Es del todo probable que hayan pedido a los albañiles trabajitos tipo: "¿Nos harían un foso de concreto en el jardín para poner los juguetes que los chicos ya no usan?". "En este cuarto guardamos las cartitas que nos manda la gente. ¿Podríamos cerrarlo con una puerta blindada?" "Queremos ampliar la cava del sótano porque ya no nos entran los vinos. Más que ampliarla, nos gustaría hacer siete cavas más".

Cuando hable un albañil, y el PJ no frene los allanamientos, cerramos la investigación. Va a ser la última línea que escriba en el cuaderno que me regaló Diego.

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