El último adiós a un padre fugitivo

19 de agosto de 2018  

De pie junto a la tumba de su padre, cuando los sepultureros de rostro cetrino han terminado ya de apisonar la bóveda de tierra con dos o tres paladas furibundas y los pocos deudos que acudieron a acompañarlo lo han dejado a solas en el silencio hondo del camposanto, se inclina sobre el sepulcro, palpa brevemente ese manto fúnebre y se despide del hombre al que no ha visto durante veinte años. Su padre acaba de morir, pero no es tanto su muerte lo que lo hunde en la tristeza, sino aquello que no ha sucedido entre ellos, las palabras no dichas, el largo invierno que los ha separado sin que mediaran explicaciones. El acto soberbio de un ilusionista que inauguró una ausencia extenuante, muchos años después cancelada a medias por una llamada telefónica en la que una aséptica voz hospitalaria le dijo que su padre agonizante, carcomido por un cáncer, ha pedido verlo. Quien había regresado del pasado era un espectro.

El hombre camina surcando lápidas en medio de un olor acre de flores marchitas y carne degradada, se entretiene leyendo nombres por él desconocidos inscriptos en la piedra funeraria. Siente que es el final o el principio de algo, detenido ahora en el umbral de una vida que le es desconocida y cuyas puertas acaba de trasponer, y percibe en su cuerpo, como un eco lejano, los temblores que suele provocarle la idea del porvenir. Mira una hilera de tumbas grises sin flores, y entrecerrando los ojos, con el oficio de un actor que fragua la biografía de una criatura cuya existencia montará luego sobre un escenario, sueña un pasado para esos nombres extraños que nada le dicen, y mientras con aire levemente infantil recrea mentalmente las vidas imaginarias de esos muertos ajenos comprende que durante años él mismo hurgó en su fantasía para escribir la historia de su padre fugitivo.

Cuando traspone el portón de rejas oxidadas del cementerio, escucha el voceo de los floristas y observa el gesto apesadumbrado de dos mujeres de gafas oscuras que aprietan en su puño un manojo de claveles y las cuentas de un rosario. Sabe que murmuran al cielo oraciones vanas para que alguien se apiade de sus difuntos y resguarde sus almas, y sin embargo él mismo, descreído de la fe y la esperanza que abrigan a otros hombres, ha sentido sosiego esta mañana mientras conversaba con su padre muerto al pie de su tumba, con palabras invisibles en los labios agrietados por el sueño y el frío, la cabeza ligeramente gacha con tal de escuchar mejor el hilo de esa voz tanto tiempo acallada, sin juzgarlo ya, desoyendo los murmullos del remordimiento y de la decepción que lo corroyeron durante años.

El hombre se interna en el parque que está junto al cementerio, desposeído de odios antiguos, con una punzada de melancolía en el pecho, y entiende de pronto que tenía razón el poeta español: no hay peor nostalgia que la de añorar aquellas cosas que nunca sucedieron. Camina junto a los puestos de una feria de antigüedades husmeando vajillas de porcelana y cubiertos de plata, fonógrafos y colecciones de discos de pasta, lámparas y candelabros de otro siglo, polveras y frascos de perfumes ya disipados, relojes de bolsillo y monóculos de oro, bastones de puños nacarados y sombreros de fieltro, piezas de tiempos idos en las que palpitan los rumores de otras vidas. De pronto se detiene frente a un antiquísimo espejo ovalado incrustado en un perchero, y cuando hunde su mirada en ese océano acerado descubre su propio rostro, fatigado e insomne.

El hombre parpadea en un temblor ligero, roza con su mano el mentón, y se pregunta si no perdurarán en los rasgos de esa cara y en sus gestos las señas de su padre, esas expresiones fugaces e imperceptibles que tantas veces se pierden de vista en medio de la rutina: el modo en que él mismo, lento y perezoso, entrecierra los ojos cada vez que procura evocar el pasado; el breve movimiento de las aletas de la nariz cuando lo sorprende el deseo ante una mujer; la manera en que humedece con la lengua la comisura de la boca toda vez que, como ahora, siente inquietud o miedo por lo que vendrá. Piensa entonces que un hombre es la memoria de otro hombre, pero también el sueño del que lo sucederá, y se pregunta, de pie frente al espejo ovalado, si en la cartografía de ese cuerpo -el suyo- no están inscriptos, junto a las huellas de quien hace cuarenta años le dio vida, los misterios y las marcas de otro hombre que lo aguarda en el porvenir: su hijo.

PLAYLIST

Mientras escribí este texto escuché: Stardust, John Coltrane; Maiden Voyage, Herbie Hancock; In A Silent Way, Miles Davis

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