Barcelona, Boca y una distancia cada vez mayor que nos obliga a un debate serio

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
Messi, entre Nández y Goltz, marcando la diferencia también ante Boca
Messi, entre Nández y Goltz, marcando la diferencia también ante Boca Fuente: AFP - Crédito: Josep LAGO
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18 de agosto de 2018  • 22:40

El miércoles pasado el fútbol argentino volvió a bañarse en realidad. Los 90 minutos que Boca disputó ante el Barcelona expusieron una vez más las muy apreciables diferencias de calidad existentes hoy entre uno y otro fútbol. Sería un error tomar como parámetro un único partido, pero resultó muy evidente que las distancias son cada vez más grandes; tanto que a veces parecen dos deportes distintos.

Durante mucho tiempo hubo entre nosotros, y quizás todavía queden resabios, una corriente periodística que planteaba un debate absurdo, buscando minimizar lo que de bello y bueno como espectáculo puede tener el fútbol. Sostenía que en España "el Barcelona juega contra conos", y que habría que ver qué le pasaría en nuestro campeonato, jugando un lunes a la noche con frío y viento en una cancha embarrada y llena de pozos.

El tercer gol del Barcelona ante Boca - Fuente: Twitter

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Hay ciertas cosas que solo pueden afirmarse si el interés es llevar el fútbol al terreno de la mediocridad. La lógica, que conduciría a un debate mucho más serio, debería pasar por aceptar la realidad que observamos en el Camp Nou, estudiar las causas y preguntarnos cómo hacer para empezar a revertirla.

La superioridad que pueden demostrar Boca o River a partir de sus últimos fichajes sobresale en nuestro medio pero está marcada por la austeridad. Digamos que tiene un "nivel terrenal", muy lejos de la magnitud de la élite europea.

Basta con reparar en las dificultades que tienen todos los equipos grandes para jugar bien con la pelota cuando deben asumir el protagonismo. Cuesta identificar un gran partido de cualquiera de ellos, un encuentro en el que superen y desborden al rival, le creen permanentes situaciones de gol y no sufran. Simplemente no pueden hacerlo, y para sacar ventajas dependen más de arrebatos individuales que de las pautas de funcionamiento como equipo.

El gol de Messi que marcó el 2-0 del Barcelona ante Boca - Fuente: Twitter

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Pero lo que ocurre es que acá juegan los buenos, y la diferencia con los cracks de allá es muy ancha. Sobre todo si hablamos de los equipos de primera línea. Las distancias se aprecian en lo conceptual, en la inteligencia y el criterio para jugar y en cualquier detalle del juego: los controles, los pases, la forma de perfilarse, la capacidad para fabricarse un espacio, la velocidad que se le imprime a cada acción... Y es normal que sea así.

Un futbolista necesita vivir un proceso natural; jugar 40-50 partidos en Primera en los que ir puliendo sus cualidades y corrigiendo sus errores. Pero las urgencias del fútbol argentino suelen impedir que ese desarrollo se efectúe en el país. Los jugadores con alguna virtud destacada se van enseguida y completan el proceso en el exterior. Si además tienen la suerte de verse potenciados porque comparten entrenamientos y partidos con grandes figuras, de competir contra rivales de alto nivel y si les toca un entrenador que los corrige y les enseña, la brecha con los que permanecen en el medio local se va ampliando cada semana.

A esto hay que sumarle que mientras que en la Argentina ya no salen con tanta asiduidad futbolistas con los conocimientos incorporados a sus genes y un estilo definido, en Europa se han dedicado a cultivar la técnica y los conceptos a favor del juego. Hoy ocurre a menudo que los jugadores que llevan en su piel la marca del fútbol argentino son europeos.

Empezar a revertir esta realidad no será sencillo, existen un montón de obstáculos, pero siempre se puede crecer. Seguimos contando con el capital de la pasión de la gente y el poder de convocatoria. Se trata entonces de tratar el fútbol como lo que es, un juego maravilloso. De que sus dirigentes no hagan papelones como el sucedido con el tema de Pep Guardiola y la selección, y eviten los actos de demagogia, de no presentar más escenarios como el de Huracán la semana pasada, de aumentar la seguridad en los estadios, de tratar de retener a los jugadores para perfeccionarlos acá y darle más estabilidad a los equipos.

Pero también se trata de que los entrenadores y jugadores se den un tiempo para pensar en dar mejores espectáculos. No se es más inocente o menos práctico por reparar en eso. La búsqueda exclusiva del resultado debilita al fútbol y por el contrario, mirarlo desde su belleza no convierte a nadie en perdedor. Por eso, poner cada uno su granito de arena para lograr un mejor juego sería un buen punto de partida para acercarnos al fútbol europeo y empezar a recuperar el terreno y el tiempo perdidos.

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