Día del niño: cuando el deporte hace sufrir a los más chicos

Francisco Schiavo
Francisco Schiavo LA NACION
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18 de agosto de 2018  • 23:59

Nadie sabe bien cómo calcular cuando una niña o un niño dejan de serlo. Hay miles de opiniones y escritos sobre la edad biológica de ese cambio, pero la respuesta está guardada en el corazón de cada uno. Quizá nunca, pese a la armadura con la que el transcurso del tiempo los viste de arrugas. Nunca jamás, como en aquel territorio del cuento. Hoy, cuando el día les pertenece con un doble círculo en el calendario, cuando las 24 horas son todas suyas y cuando la mayoría de los adultos trata de reparar la falta de tiempo durante el año, es momento de fijarse en los menores y en la compleja relación con los grandes. Y en el deporte ese suelo puede volverse arenas movedizas para un chico: ¿jugar por jugar o jugar para ganar? ¿Y ganar para quién?

Presiones, padres desencajados, niñas o niños que imitan a profesionales, botines multicolores que valen una fortuna, entrenadores con aires dictatoriales y que terminan a las trompadas con los árbitros, trampas. Trampas, sí. Entonces, cómo no van a confundirse aquellas mentes infantiles empujadas de golpe al mundo de los mayores. Ellos quieren jugar por jugar. Y sus mentores, ganar. Porque el que gana es el exitoso y el éxito se define con un trofeo. Para el que pierde el desencanto es sufrimiento.

Uno de los que más lucha por el juego es Pablo Aimar. El exjugador de River y actualmente ayudante de campo de Lionel Scaloni en el seleccionado mayor se sumó hace algún tiempo a la AFA para hacerse cargo del seleccionado Sub 15. Por ahora ese es su mundo: el de los más chicos, al que volverá dentro de poco. Aimar les aporta experiencia no solo por su talento, sino también la voz de las más profundas sensaciones de alguien que siempre desconfió de un ámbito tan peligroso como una navaja de doble filo.

"Esto no pasa por el resultado final. Creo que nosotros tenemos que ayudar a los chicos. Queremos que los chicos sean educados y respetuosos. El trabajo se ve más si se ganan títulos, pero lo nuestro pasa por otro lado. Queremos que los chicos se hagan amigos, que disfruten de ser futbolistas y que se entrenen con una sonrisa", reflexionó Aimar tras haber ganado el Sudamericano Sub 15, justo ante Brasil, en San Juan, el 19 de noviembre de 2017. Son lecciones, claro que sí. ¿De fútbol? No. De vida. "En las inferiores se le grita mucho al chico. Se le dice parala, corré, agachate, dos toques, un toque, larga, corta. Y en primera son 30 mil diciéndole eso", agregaría tiempo después en una entrevista con LA NACION.

Aimar sabe de qué se trata: debutó en la primera de River a los 17 años. Como también lo entienden Javier Saviola, al que Ramón Díaz le dio la oportunidad entre los gigantes con apenas 16; "el pibito" nunca más salió. O Sergio Agüero, que se presentó en Independiente a los 15, cuando ni siquiera se daba cuenta de qué se trataba el asunto.

El apuro y las exageraciones les hacen daño. La prensa ya anunció cientos de probables "nuevos Messi" por el mundo. En realidad, el ejemplo aplica para los "nuevos Ginóbilis", las "nuevas Aymar" o los "nuevos Del Potro".

El deporte mal entendido, el del egoísmo, los intereses y hasta el de la perversión puede arrebatarles la inocencia. En marzo pasado la Argentina se estremeció por los casos de abusos de menores en la pensión de Independiente, probablemente con réplicas en otros clubes. El fútbol terminó causándoles daño a quienes no tienen las herramientas suficientes como para defenderse: los más chicos. Y, como siempre, todo por culpa de los más grandes.

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