Ángeles, punguistas y otras delicias

Hugo Beccacece
Hugo Beccacece PARA LA NACION
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20 de agosto de 2018  

Así como los delitos de la vida real duelen e indignan, los delitos contados en libros y diarios, los del cine y la TV, cautivan sin importar los límites morales: baste citar el éxito de El ángel, la película de Luis Ortega sobre el asesino serial Carlos Robledo Puch. Quienes hayan leído en la adolescencia las novelas de misterio y acción que tienen como protagonistas a Arsène Lupin o a Rocambole, el extravagante personaje, mitad delincuente, mitad héroe, creado por Ponson du Terrail en el siglo XIX, conocen el placer de ponerse, al fin, del lado del "malo" (que ayuda al desvalido) o del "ingenioso" que, sin violencia, comete "picardías" con joyas y cajas de seguridad ajenas. Más recientemente, otro delincuente literario de guante blanco, El Santo, conquistó millones de espectadores televisivos hipnotizados por el Simon Templar encarnado por Roger Moore.

Esas evocaciones surgieron el jueves pasado mientras leía, título irresistible, Delincuentes viajeros. Estafadores, punguistas y policías en el Atlántico sudamericano (Siglo XXI), del historiador social argentino Diego Galeano.

El período estudiado va desde 1870 hasta la década de 1930. En ese lapso, Buenos Aires y Río de Janeiro se convirtieron en grandes ciudades. El aluvión inmigratorio las había colmado de desconocidos. La Bolsa era el escenario de especulaciones donde se movían advenedizos y aventureros que urdían operaciones colosales aprovechando o agravando, por ejemplo, la crisis de 1890 en la capital argentina. Se multiplicaron los falsificadores de dinero, los cuenteros del tío y los tratantes de blancas, pero veinte años después, para la celebración del Centenario, las calles y avenidas porteñas exhibían un lujo que asombraba a los europeos.

Sin embargo, el periodista español Miguel Toledano (cuyo seudónimo era Manuel Gil de Oto) señaló que la Argentina era el país de la quimera y la mentira, donde "todos fingían un bienestar inexistente para inspirar confianza y conseguir plata en relación con su solvencia aparente".

Los numerosos estafadores, punguistas y ladrones de guante blanco eran perseguidos por la policía y, cuando eran identificados, terminaban en la cárcel. Salían al poco tiempo. Llegaban a tener múltiples entradas sirviéndose de documentos falsos, hasta que no les quedaba otra opción que el viaje al extranjero. Los argentinos iban a Brasil y los brasileños, a la Argentina. Pero las policías de los dos países empezaron a pasarse las fichas de los criminales.

La nueva tecnología ayudaba a los detectives, pero también a los ladrones, que fueron aplicando los adelantos científicos a sus propias actividades. Cuando a un estafador se le ocurría un nuevo engaño, este no tardaba demasiado en diseminarse gracias a los delincuentes viajeros.

Los hoteles de lujo de todo el mundo se convirtieron en el espacio ideal de los criminales de guante blanco, que debían tener muy buena presencia, cierta cultura, ser elegantes y saber varias lenguas para infiltrarse entre los huéspedes ricos y aristocráticos.

En el epílogo de Delincuentes viajeros, Galeano pone como epígrafe una cita del sociólogo y economista noruego Thorstein Veblen, tomada de su libro Theory of the Leisure Class (de 1899). Es una comparación inquietante.

"El tipo ideal de hombre de negocio es como el ideal de delincuente: por su aprovechamiento inescrupuloso de bienes y personas para sus propios fines, por la insensibilidad con los sentimientos y deseos de los otros y con los efectos futuros de sus acciones".

Es curioso cómo ese crudo párrafo escrito por un extranjero hace casi ciento veinte años parece describir la catadura moral de los poderosos personajes que circulan por Comodoro Py desde hace veinte días (¿o que existen desde 1880, para poner un límite?).

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