Independiente-Santos, Copa Libertadores: el Rojo no tuvo variantes y deberá definir la serie en Brasil

Copa Libertadores Ronda de 16
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Independiente

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Santos

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Rodolfo Chisleanchi
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21 de agosto de 2018  • 21:35

Independiente no logró romper el cero y se obligó a una nueva gesta en Brasil. Como en varios momentos de su rica historia copera tendrá que ir a definir la serie el martes próximo a la cancha del Santos si quiere extender el sueño de levantar su octava Libertadores. No puede reprocharse falta de ímpetu ni de convicción, pero durante los 90 minutos jugados en Avellaneda anduvo escaso de inventiva y carente de definición. Lo pagó con el empate, que no lo dejó satisfecho, aunque la serie viaje totalmente abierta a Vila Belmiro.

La Copa es como es. Nació de una manera -friccionada, con pierna fuerte y dientes apretados, solo apta para espíritus calientes- y aunque pasen las décadas nada parece que vaya a cambiarla. Independiente y Santos, más allá de que sumen unos cuantos años sin asomar en instancias decisivas y sin encontrarse cara a cara, saben bien de qué se trata. No importa que muchos de sus jugadores conozcan la historia apenas por haberla leído o escuchado de sus mayores: los colores y la tradición de sus camisetas insuflan carácter, imponen respeto y obligan a no achicarse.

Con semejantes ingredientes, el partido estaba llamado al choque, la protesta y el diálogo. Más aún cuando quedó claro que al árbitro peruano Diego Haro no le sobraba personalidad para mantener la conducta sin dejarse llevar por los gestos y gritos que sucedían a cada decisión que tomaba y sin repartir tarjetas con discutible criterio. Entonces el fútbol quedó reducido a espasmos, a ráfagas de pocos minutos en los que la pelota podía recibir la caricia de alguna suela que la amasara contra el suelo y le diera un poco de cariño. Y como la mayoría de quienes lo intentaron vistieron de rojo, lo mejor estuvo del lado local.

Apoyado en la solidez de Brítez y Burdisso, la improvisada zaga central a la que debió apelar Holan ante las sanciones de Franco y Figal, y la ductilidad del chileno Francisco Silva para distribuir el juego en mitad de cancha, Independiente puso las mejores gotas de fútbol durante los 45 iniciales. Sobre todo cuando Pablo Hernández logró imprimirle pausa a la locura que erizaba el ambiente.

El tucumano es uno de esos jugadores que solo necesitan un par de jugadas para demostrar su distinción. En la primera noche grande que le tocó vivir en su regreso al fútbol argentino apareció su mejor versión. Con altibajos, cierta tendencia a desaparecer cuanto más áspero se pone el partido y algún punto de desconcentración, el ex Celta de Vigo fue en esos escasos momentos de quietud el nexo ideal para encontrar a Cerutti y Meza, los hombres más incisivos del equipo de Holan en ataque.

No abundaron en esa primera etapa las ocasiones. Un cabezazo desviado de Burdisso, un precioso remate de Meza que rechazó Vanderlei, otro disparo de Burdisso que pasó cerca de un palo fueron las aproximaciones más destacadas en ese lapso.

¿Y Santos? Amenazó con jugar de igual a igual pero le duró poco. La presión alta se apagó antes del cuarto de hora, el intento de repartir el dominio se diluyó cuando el Rojo aceleró el ritmo, y aunque nunca dejó de ser un equipo dinámico, ágil y preocupante debió resignarse a desempeñar un papel defensivo, propio de un típico visitante que mira de reojo y con cariño el 0 a 0 casi desde el arranque.

La tendencia hacia el arco de Vanderlei se acentuó todavía un poco más en el complemento. Acertó Holan cambiando de banda a Romero y Cerutti, volvió a aparecer la clase de Hernández para darle sentido al juego cuando los espacios se reducen, se desgastó Meza tratando de romper las líneas rivales, y el Rojo fue encerrando al Peixe.

Para su desgracia, a su empuje le faltó profundidad, tal vez porque extrañó la rara habilidad de Martín Benítez, en buena medida porque Lucas Verissimo y Gustavo Henrique rechazaron casi todo lo que rondó su zona. Y cuando la tuvo careció de contundencia: Gigliotti la mandó por arriba del travesaño desde el borde del área chica a los 68, el arquero Vanderlei (tan seguro como exagerado para demorar el juego) le sacó un frentazo con aroma a gol a Burdisso a los 81 y Meza falló la última bola con un cabezazo desviado.

Se fue entre aplausos Independiente a pesar del empate. Su público, que había disfrutado la celebración de la 18ª copa internacional antes de empezar, no pudo festejar el gol que tanto necesitaba. Pero la Libertadores es así, tal como nació: traicionera y rebuscada, difícil y sin regalos. Nadie lo sabe mejor que Independiente, ¿por qué no pensar entonces que en una semana en Brasil la leyenda no pueda seguir agrandándose?

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