Volver, otra vez, a Godard

Diana Fernández Irusta
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21 de agosto de 2018  

No es volver a los clásicos (ciertos clásicos modernos, en todo caso), pero sí a quienes vieron este mundo. Lo vieron cuando apenas comenzaba a gestarse.

Miro, una vez más, una película de Jean-Luc Godard. Masculino, femenino. Año 1965. Y no es que allí esté todo -desde luego, no lo está-, pero hay mucho de lo que somos hoy. Redescubro el dispositivo deslumbrante que es toda película de este director francés: el extrañamiento, los intertítulos, la ironía, los artilugios sonoros, el inacabable juego de citas, la inteligencia, el enigma, la belleza. Esa manera de interrogar lo real sin pontificar ni dejar obstinadamente cerrado nada.

Está la fecha de realización. Por aquel entonces, Godard rondaba los 30 años, pero se sentía de 20. Hasta que habló con unas veinteañeras reales. Y en el diálogo con esas parisinas imbuidas de los tiempos que venían marchando, se descubrió viejo. Intuyó, quizá con demasiada severidad, que las chicas lo trataban como él trataría a alguien de 80. Y creyó atisbar los alcances de una marea -esa que subía a mediados de los años 60- que anunciaba un mundo sustancialmente distinto del que él conocía. Un mundo que incluso a él, indudable emblema del ímpetu renovador del siglo XX, lo estaba dejando afuera.

Por eso filmó Masculino, femenino. No solo para indagar -lo haría en casi toda su filmografía- en los intrincados vericuetos del amor, sino también para poner la lupa sobre esos extraños de pelo aún no tan largo: los integrantes de la generación que le venía pisando los talones.

Lo habría hecho con "ojos de entomólogo", según una crítica que François Truffaut le realizó en su momento. Y es que hay algo de frialdad y distancia -tal vez franca alteridad- en el film. Pero también hay bares, muchos bares, y París, y cigarrillos, y canciones pop y personajes que leen diarios en papel o que asisten, silenciosos y expectantes, a una función cinematográfica. Un viaje en el tiempo. Las huellas de 1965 aparecen, aquí y allá, por entre las andanzas de Paul y Madeleine, los "chico busca chica" de esta historia. Vietnam. La puja electoral entre Mitterrand y De Gaulle. Los ecos de Argelia; la irrupción de una tensión racial que por entonces apenas era tenida en cuenta. Faltaban tres años para Mayo del 68, siete para la legalización en Francia de la píldora anticonceptiva, nueve para la del aborto.

En la película, Paul, interpretado por Jean-Pierre Léaud, se enamora de Madeleine, interpretada por Chantal Goya, que no era actriz, sino cantante de cierto pop francés de la época.

Paul acaba de realizar el servicio militar, busca empleo, participa de la discusión política de la izquierda. Madeleine trabaja en una publicación de moda y está en los inicios de lo que podría ser una carrera discográfica. "Los hijos de Marx y Coca-Cola", sentencia con dureza uno de los intertítulos de la película. Él tiene mucho de melancólico empecinado. Ella, de esfinge. Una hermosa, enigmática e inexpugnable esfinge con deseo. En pos de acceder a Madeleine, Paul se vincula con dos amigas de la chica. Es como si el personaje -y a través de él, Godard- vislumbrara tras una cortina un esquivo universo femenino. Madeleine y sus amigas hablan entre ellas de sexo, de búsquedas amorosas, de ciertos dispositivos que las norteamericanas ya usaban para evitar el embarazo. Madeleine y sus amigas responden, entre sonrisas y reticencias, a los insistentes interrogatorios de Paul. Sí, en Masculino, femenino se habla mucho. Hay incluso, bajo el ácido anuncio de "Diálogo con un objeto de consumo", una entrevista a Elsa Leroy, jovencísima cantante de éxito entre los adolescentes del momento. Dentro de la cartografía de Godard, Leroy estaría del lado Coca-Cola de la vida. Así y todo, y sin abandonar su radiante sonrisa de tapa de revista, lanza una frase inesperadamente dura: "¿El amor? Un sentimiento maravilloso. Pero no ocurre a menudo".

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