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Nueva York

Mucho riesgo y poca recompensa: la peligrosa vida de los repartidores en bicicleta de Nueva York

Fabrice Robinet
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21 de agosto de 2018  • 11:34

NUEVA YORK.- Sería difícil encontrar un repartidor en bicicleta de Nueva York que no conozca la historia de Edwin Vicente Ajacalon. Era un joven de 14 años que vivió casi un año en la ciudad, después de haber llegado a Estados Unidos sin papeles y sin un adulto que lo acompañara desde Guatemala, donde acababa de terminar el primer año de educación media y ayudaba a sus padres a trabajar el campo.

Sin embargo, en Nueva York no continuó con su educación. Trabajó como repartidor de varios restaurantes de Brooklyn y vivía en un pequeño departamento ubicado en Sunset Park con cinco compañeros que conoció en el trabajo. En su tiempo libre jugaba fútbol en el parque, escuchaba música pop guatemalteca y hablaba del día en que regresaría a su país para construirle una casa a su familia.

Pero el 25 de noviembre, apenas antes de las 6 de la tarde, manejaba su bicicleta por la calle 23 en South Slope y lo chocó un BMW que iba hacia al sur por la Quinta Avenida. A pesar de que el conductor tenía la luz verde, un video de seguridad muestra cómo el auto entró en la esquina a alta velocidad.

Los policías que llegaron a la escena encontraron a Edwin inconsciente. Fue transportado a un hospital donde lo declararon muerto a causa de múltiples contusiones. Los noticieros locales mostraron cómo el impacto con el auto hizo que a Edwin se le salieran sus zapatillas Nike.

Edwin fue atropellado mientras manejaba su bicicleta - Fuente: YouTube

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El conductor recibió una citación judicial por conducir a exceso de velocidad, pero no le levantaron cargos penales. Según el Departamento de Transporte de la ciudad, el año pasado murieron 24 ciclistas y 4397 resultaron heridos a causa de accidentes con vehículos. A principios de este mes, un joven turista australiano que manejaba una bicicleta fue arrollado por un camión de basura en Central Park West, convirtiéndose en el noveno ciclista en morir en un accidente de tráfico este año. No obstante, muy pocos de estos incidentes producen cargos penales.

La muerte de Edwin resonó en toda la comunidad hispana de Nueva York, en Guatemala y entre las organizaciones que luchan por mejorar las condiciones laborales de los migrantes indocumentados en la ciudad. Pocos lo sintieron más que los miles de colegas repartidores de Edwin, algunos de los cuales no pudieron evitar hacer un paralelismo entre el "jovencito de Guatemala" y sus historias personales.

Al igual que Edwin, estos jóvenes se enfrentan todo el tiempo a peligros físicos, horas extenuantes e invisibilidad en el trabajo. Sin embargo, como les sucede a otros neoyorquinos con aspiraciones, también hacen malabares para conciliar sus trabajos con su búsqueda de una vida mejor.

Para ellos, además de ganar dinero, esto significa cenar alitas de pollo y piñas coladas en Times Square, ir al cine a ver películas de superhéroes, asistir a conciertos de rock pesado en los estadios o tomar fotos desde el puente de Brooklyn.

Con el protagonismo que ganó el debate sobre la inmigración, la amenaza de deportación se ha vuelto cada vez más real. Al mismo tiempo, el caudal de apoyo del público hacia los neoyorquinos indocumentados también ha generado cierto grado de reconocimiento para los que trabajan en un mundo que suele ser ingrato y peligroso: la entrega de comida a domicilio.

Recientemente, algunos repartidores aceptaron hablar sobre sus empleos. Todos solicitaron que no se divulgaran sus nombres debido a su estatus migratorio.

"Sales de tu casa", comentó Jerónimo. "Pero nunca sabes si volverás"
"Sales de tu casa", comentó Jerónimo. "Pero nunca sabes si volverás" Crédito: Mark Abramson para The New York Times

"He visto demasiados accidentes, y cada vez pienso: 'Pude haber sido yo'", dijo Fabián, un repartidor de 21 años oriundo de México que donó dinero para los padres de Edwin en Guatemala. Fabián tiene fresco el recuerdo de la primera vez que un conductor abrió la puerta de su auto y lo tumbó de la bicicleta. "Vio hacia abajo, me miró y se fue sin siquiera preguntarme si estaba bien", recordó.

Una vez, un colega se dislocó el brazo al chocar con un auto. El empleador, un restaurante de Midtown Manhattan, se negó a pagarle los gastos médicos, según contó Fabián. Este es el trato estándar que reciben los "delivereros", explicó. "El restaurante le dijo: 'Cuando te sientas mejor, puedes volver al trabajo'".

Como Edwin, Fabián llegó ilegalmente y de inmediato empezó a trabajar; tenía 16 años. Había viajado a Nueva York para reunirse con su padre. Le tomó dos semanas llegar a la ciudad. Se escondió de "la migra" mientras escalaba la valla fronteriza de Arizona con un grupo de migrantes que habían solicitado los servicios de los mismos coyotes, los contrabandistas que cruzan a las personas hasta territorio estadounidense.

Caminaron durante días por el desierto rocoso hasta que llegaron a Tucson, donde le ordenaron esconderse en la parte trasera de una camioneta. Después de tres días de camino en los que solo le dieron una comida -una hamburguesa pequeña de McDonald's- Fabián llegó a Nueva York. Allí se enteró de que su padre tenía una nueva familia y él no era bienvenido en su casa.

Unos primos que tenía en Queens le encontraron un trabajo de repartidor, una de las formas más accesibles de ganarse la vida para un migrante que no habla inglés y no tiene documentos. Eso le permitió a Fabián pagar el préstamo de 8000 dólares que le hizo su padre para contratar a los coyotes y, al mismo tiempo, poder enviarle transferencias bancarias a su madre en México con el dinero que le sobraba.

En el restaurante de Midtown donde ha trabajado desde entonces, Fabián gana 8,75 dólares la hora: una cifra aproximada al salario mínimo que ganan quienes trabajan en el servicio de comida y reciben propinas. Las propinas en efectivo no le suman mucho a su tarifa por hora.

En una entrega dentro de un radio de quince a veinte cuadras, incluso si el clima es hostil o peligroso, no es raro que le den solo un dólar por viaje. Cuando los clientes utilizan aplicaciones de entrega de comida a domicilio, que hacen más sencillo darle una propina de quince o veinte por ciento, muchos de ellos eligen la opción "sin propina".

Un repartidor recuerda vívidamente la primera vez que un conductor abrió la puerta de su auto y lo derribó de la bicicleta
Un repartidor recuerda vívidamente la primera vez que un conductor abrió la puerta de su auto y lo derribó de la bicicleta Crédito: Mark Abramson para The New York Times

"Sucede con bastante frecuencia", dijo Fabián, quien solía trabajar hasta doce horas al día y seis días a la semana en su restaurante, especializado en comida estadounidense hecha con productos de la zona.

Para liberar el estrés después de su turno, Fabián se reúne a menudo con sus cinco mejores amigos -todos ellos repartidores u obreros en construcciones- para beber unos tragos en Times Square. A veces van a los multicines Regal que están al lado para ver alguna película de acción.

Otras noches pasea por la ciudad con su vieja cámara Nikon para tomar fotografías, y suele detenerse en el puente de Brooklyn. Aunque cree que el ritmo de vida en Nueva York es imparable, Fabián contó que le encanta vivir en esta ciudad. "Siempre y cuando trabajes y tengas dinero, la vida es buena", comentó.

La gran cantidad de reportes recientes que muestran que los oficiales del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por su sigla en inglés) están tomando medidas drásticas contra los inmigrantes, incluso en Nueva York, no ha cambiado su perspectiva.

"Sé que soy ilegal en este país y que todos los días corro el riesgo de ser deportado", mencionó en julio. "Incluso si Trump no fuera el presidente existiría el riesgo, a menos de que estuviera aquí de forma legal".

Fabián señaló que, de manera inesperada, el caso de Pablo Villavicencio Calderón ha servido para generar conciencia. Villavicencio era un repartidor de pizzas indocumentado que en junio fue entregado al ICE cuando dejaba un pedido en la base del Ejército en Brooklyn, y estuvo detenido casi ocho semanas antes de que lo liberara un juez.

"A menudo la gente nos trata mal -las calles son peligrosas, los autos no se fijan en nosotros-, pero como se publicó la noticia, ya nos están considerando un poco más", afirmó Fabián. "Se están dando cuenta de que en verdad somos personas".

"He visto demasiados accidentes, y cada vez pienso: 'pude haber sido yo'", comentó Fabián, un repartidor de 21 años originario de México que donó dinero para los padres de Edwin en Guatemala
"He visto demasiados accidentes, y cada vez pienso: 'pude haber sido yo'", comentó Fabián, un repartidor de 21 años originario de México que donó dinero para los padres de Edwin en Guatemala Crédito: Mark Abramson para The New York Times

Fabián dijo que el clima político actual lo motiva aún más a demostrar que los migrantes indocumentados pueden superarse. En este momento está estudiando para aprobar su examen de Desarrollo Educativo General (GED, por su sigla en inglés) y tiene la ambición de estudiar mercadotecnia o edición de video en la universidad. Lo que tiene bien claro es que quiere dejar el oficio de repartidor.

"Es un trabajo demasiado riesgoso", explicó. Se podría decir que los repartidores son la parte más baja de la cadena alimentaria en términos de seguridad y situación laboral.

Según Brian O'Dwyer, socio de O'Dwyer & Bernstien, un despacho legal de Nueva York especializado en lesiones personales, si un repartidor -sin importar su ciudadanía- se lesiona o muere en su trabajo, el único recurso que tiene es la indemnización para los trabajadores del seguro de su empleador.

Si un auto atropella a un repartidor mientras está trabajando y el conductor es culpable, el repartidor puede demandar al chofer en un tribunal por su cuenta. Sin embargo, esto casi no sucede porque los repartidores indocumentados tienen miedo, están aislados y, según el abogado, suelen ser los culpables.

Mientras tanto, añadió O'Dwyer, la familia de un obrero fallecido -otra profesión que atrae migrantes indocumentados, pero que tiene un sindicato sólido que contribuye a un entorno más amigable para el trabajador- puede obtener millones de dólares en compensaciones por demandar al contratista general o al dueño del sitio de la construcción, quienes por ley deben brindar un ambiente seguro de trabajo a sus empleados.

Jerónimo, de 27 años, ha trabajado como repartidor durante una década. Está en el proceso de solicitar su residencia permanente a través de su esposa, que es estadounidense, pero le preocupan los cambios en las políticas migratorias
Jerónimo, de 27 años, ha trabajado como repartidor durante una década. Está en el proceso de solicitar su residencia permanente a través de su esposa, que es estadounidense, pero le preocupan los cambios en las políticas migratorias Crédito: Mark Abramson para The New York Times

Esta situación fue discutida durante una de las clases semanales que Fabián toma para aprobar el GED en las oficinas de la Asociación Tepeyac de Nueva York, un grupo activista que trabaja con migrantes latinoamericanos. Fabián había asistido con uno de los cuatro compañeros con los que vive, Isaía, de 21 años, quien trabaja en el negocio de la construcción.

"Si Fabián se muere, no vale mucho", bromeó socarronamente Joel Magallán, el fundador de la Asociación Tepeyac, quien perteneció a la orden jesuita y solía trabajar en la Arquidiócesis católica romana de Nueva York como un enlace con los migrantes mexicanos. A finales de los años noventa, Magallán ayudó a organizar las protestas de los trabajadores mexicanos en contra de los abusos de los dueños de restaurantes.

"¿Ah, sí? ¡Eso es discriminación!", dijo Fabián, y desató carcajadas entre los otros estudiantes.

Isaía también trabajó como repartidor. Contó que hace más o menos un año, cuando estaba a punto de entrar en una intersección con su bicicleta, un auto casi lo arrolla. Para él fue un punto de inflexión. "Después de ese incidente me volví cada vez más temeroso, hasta que decidí cambiar de trabajo".

Isaía llegó de manera ilegal a Estados Unidos a los 18 años, después de realizar el viaje desde México con su hermano de 10 años para reunirse con su madre. Los dos habían pasado una década separados de ella (al principio casi no la reconoció, comentó Isaía). Ahora remodela apartamentos para una constructora, ya no pone en riesgo su vida, y gana prácticamente lo mismo que un repartidor: 600 dólares a la semana en efectivo.

Fabián, quien estaba realizando una entrega cuando se tomó esta imagen, llegó a Nueva York a los 16 años y comenzó a trabajar de inmediato. Actualmente quiere estudiar markting o edición de video en la universidad
Fabián, quien estaba realizando una entrega cuando se tomó esta imagen, llegó a Nueva York a los 16 años y comenzó a trabajar de inmediato. Actualmente quiere estudiar markting o edición de video en la universidad Crédito: Mark Abramson para The New York Times

Para distraerse, Isaía -cuyo objetivo es estudiar gastronomía y abrir un restaurante-, baila canciones de rock y hip-hop en el apartamento que comparte con Fabián y otras tres personas.

Ese sentido de camaradería es lo que extraña Jerónimo, un repartidor mexicano de 27 años, de sus primeros días en Nueva York, cuando compartía un apartamento con otros cinco repartidores.

Una década después, Jerónimo aún reparte comida para un deli ubicado en Greenpoint, pero ahora vive con su esposa en Sunset Park y dijo que suele estar demasiado cansado como para salir con regularidad.

En vez de eso, ahorra sus salidas para ocasiones especiales. Es fanático del rock pesado y el año pasado cumplió uno de sus sueños: ver a Metallica en el MetLife Stadium en Nueva Jersey. Jerónimo llegó como ilegal y comentó que solía vivir con el miedo de ser deportado. "Todas las noches después del trabajo corría a mi casa para que no me atraparan", recordó.

A pesar de que sus temores se han calmado -hace poco tiempo solicitó la residencia permanente por medio de su esposa, que es estadounidense-, las noticias recientes han hecho que vuelva a reflexionar sobre su situación. Ya se han comenzado a revisar los procedimientos para menores no acompañados y solicitantes que ya habían recibido una orden de deportación. También hay una propuesta que le negaría la residencia permanente a todos aquellos que hayan recibido beneficios del gobierno como seguro de salud o cupones para alimentos.

Sin embargo, su temor más constante es accidentarse en la bicicleta mientras trabaja. Todas las mañanas, Jerónimo pasa por la intersección de la Quinta Avenida donde Edwin fue atropellado. Ya quitaron el altar improvisado de flores, fotos y velas que se montó para honrar su memoria durante una vigilia de la comunidad.

Cada vez que pasa por ahí, piensa en lo que le podría pasar. "Sales de tu casa", comentó Jerónimo. "Pero nunca sabes si volverás".

The New York Times

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