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Breve historia de Feltrinelli, el editor italiano millonario y comunista

Nicolás Artusi
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21 de agosto de 2018  

Milán está orgullosa de ser la capital tecnocrática del neocapitalismo italiano. No lo digo yo: no me animaría a una definición tan tajante en mi primera visita a la ciudad, aunque me impresionen esos dos edificios construidos como si fueran bosques verticales o los planes para hacer de la Piazza Gae Aulenti un High Line neoyorquino. Lo dice Carlo Feltrinelli, el dueño de la principal cadena de librerías de Italia, de canales de televisión, de la editorial que lleva su apellido y de mil negocios más. Fiel a mi manía de acompañar el viaje con un libro que suceda en la ciudad que visito ("adonde fueres haz lo que leyeres"), traigo a Milán el adictivo Senior Service, la biografía de Giangiacomo Feltrinelli, el padre de Carlo, un industrial multimillonario, un editor exitosísimo y, para la CIA, "el mayor agente castrista en Europa".

Fascinado con la historia, me planto delante de los edificios de un futurismo rancio (casi todo metal, hormigón y vidrio) en los que Giangiacomo pasó buena parte de su vida: heredero de una de las mayores fortunas de Italia, se hizo revolucionario comunista. Pero antes de entrar en la clandestinidad, fundó la editorial que publicó Doctor Zhivago, provocando la indignación de la Unión Soviética, contrató a Lampedusa, Kerouac, Borges y García Márquez, e inundó el país de librerías que todavía hoy ostentan su logotipo de color rojo marxista. Como muchos de sus camaradas, Feltrinelli despreciaba la ciudad en la que vivía, capital mundial de la moda y los aperitivos al atardecer. "Vivir en Milán es muy triste. Esto no es Italia, es Europa. Y Europa es estúpida", decía el escritor Luciano Bianciardi. Milán no es como Roma, donde solo hace falta una camisa blanca y dos violinistas callejeros de jazz manouche para respirar una bocanada de vida. En la Via della Spiga, entre las boutiques de las marcas más codiciadas del mundo, no imaginaban que uno de ellos era ricachón de día y tirabombas de noche (como si Gold Silver mutara en un Gutiérrez comunista cada vez que caía el sol).

Fuente: Brando - Crédito: Nicolás Bolasini

Siempre con un cigarrillo Senior Service colgando de los labios, Giangiacomo era un señorito fascinado con la mística del proletariado y así vivió hasta sus 46 años, en 1972, cuando le estalló una bomba que estaba colocando en una torre de alta tensión cerca de Milán. ¿Fue un accidente o un asesinato?

En la librería Feltrinelli de la Piazza Tre Torri, una de las 115 que hay por toda Italia, hoy se sirve brunch al estilo yanqui: frente al plato de huevos revueltos y café americano, Giangiacomo se retorcería del dolor de estómago. Pero la derrota más contundente se aprecia en la misma manzana donde funciona la Fundación Feltrinelli, dedicada a los estudios sociológicos de izquierda: ahora, ahí, está la sede milanesa de Microsoft. La bandera roja se convierte en bandera blanca cuando la vieja guardia comunista se rinde ante la victoria tecnocrática.

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