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Algo no salió bien

El triste y solitario final del maestro de la arquitectura al que lo arruinó su sombra

Carlos Manzoni
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21 de agosto de 2018  • 17:04

Francesco Castelli le cambió la "cara" a Roma. Gracias a su habilidad para construir obras arquitectónicas en las que la piedra parecía estar viva, este genio del barroco, que pasó a la historia como Borromini, hizo que la Ciudad Eterna luciera aún más encantadora. Pese a eso, no fue feliz: vivió toda su vida ensombrecido por su acérrimo rival, Gian Lorenzo Bernini, que le arrebató parte de la gloria, le quitó el título de "padre del barroco romano" y le dio el empujón final hacia el suicidio.

Castelli nació el 25 de septiembre de 1599, en Bissone, lo que actualmente es el cantón suizo de Tesino; pero, luego de un breve paso por Milán, en el norte de lo que hoy es Italia, se instaló definitivamente en Roma. Era hijo de un cantero, Giovanni Doménico Castelli, y de un ama de casa, Anastasia Garovo.

Inició su carrera ayudando en la cantera de su padre, pero, como se dijo, pronto se trasladó a Milán para estudiar y perfeccionarse. Allí trabajó en las obras del Duomo, la catedral de la ciudad, y se lo empezó a llamar con el sobrenombre de Bissone, en alusión a su pueblo natal.

En 1619 llega a Roma, donde cambia su apellido de Castelli a Borromini (porque era muy devoto de San Borromeo) y comienza a trabajar para un pariente lejano, Carlo Maderno, en las obras de la Basílica de San Pedro. Cuando muere Maderno, en 1629, se une al equipo de Gian Lorenzo Bernini en los trabajos de ampliación y refacción de la fachada del Palazzo Barberini.

Palacio Barberini
Palacio Barberini

Según parece, era honesto y poco interesado en las riquezas materiales, pero ansiaba con locura el reconocimiento. Se negaba a "copiar" características o elementos estilísticos en sus proyectos y llegó hasta el punto de resignar dinero con tal de asegurarse libertad expresiva. Era un profesional que hacía milagros con el ladrillo y el estuco. Sus obras, aún hoy, parecen tener vida.

Su primer trabajo en solitario es también su creación más importante y reconocida. Se trata de San Carlos de las cuatro fuentes (1634), una pequeña iglesia cuya fachada, que terminaría casi al final de su vida, es toda una obra maestra de la arquitectura barroca. Al contemplarla, el espectador se olvida de que está viendo algo hecho en piedra. Santa Inés en Agonía; Sant´Ivo alla Sapienza, el Oratorio dei Fillipini y San Giovanni in Laterano son otros de sus tantos trabajos.

Se lo conoce por sus increíbles iglesias, pero fue también al mismo tiempo arquitecto de palacios y casas particulares, como la de los Spada o los Falconieri. Perfeccionista al máximo y supervisor de los más mínimos detalles, Borromini es considerado uno de genios del barroco romano. A mediana edad ya había alcanzado el esplendor y plasmado en piedra todo su arte. Tenía prestigio, buen pasar y un lugar asegurado en el bronce de la posteridad. Pero, una sombra lo oscureció siempre y terminó por arruinarle la vida.

La sombra de Borromini tuvo nombre y apellido: Gian Lorenzo Bernini. Éste fue el arquitecto predilecto del Vaticano durante los pontificados de siete papas, que vieron en él al hombre perfecto para ensalzar la imagen de la Iglesia con obras espectaculares repartidas por toda la ciudad. Claro, había una explicación: además de ser un verdadero prodigio, Bernini era amigo de los Barberini, que, si no eran papas ellos mismos, influían en su designación.

Columna Algo no salió bien, en Lo que el día se llevó

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Las pocas veces que trabajaron juntos, Bernini lo trató como un empleado y cobró cinco veces más que Borromini. Además, siempre se le otorgaba el crédito mayor por la obra, mientras que a Borromini se le asignaba una participación menor.

Eso no es todo. Cuando Borromini ya había sido designado para la construcción de la Fuente de los cuatro ríos, que sería enclavada en la Piazza Navona, Bernini se la arrebató. De nada sirvió que Francesco hubiera sugerido el tema y que incluso hubiese desarrollado un sistema de canalización. La humillación que sufrió, una vez más, fue terrible.

Sólo durante el papado de Inocencio X (1644-1655), pudo Borromini arañar un poco de predilección papal, pero lo bueno le duró poco. En 1655 muere Inocencio X y lo sucede Alejandro VII, durante cuyo papado la estrella de Bernini resplandecería con más fuerza que nunca.

Gian Lorenzo Bernini
Gian Lorenzo Bernini

Borromini, al final de su vida, era antipático, gruñón y autodestructivo, mientras que Bernini era famoso, querido y admirado (hasta fue llamado a París para ampliar el palacio real del Louvre). Hastiado de una vida llena de decepciones, signada por este eterno conflicto del que nunca salió victorioso, Borromini vivió sus últimos días inmerso en una profunda depresión.

Mientras Bernini seguía recibiendo importantes encargos del papado, Borromini ya sólo remataba pequeñas obras para órdenes religiosas sin grandes recursos económicos. Pero el colmo llegó en julio de 1667, cuando se enteró de que se le había encargado a su adversario la construcción de la tumba del papa Inocencio X, una obra que él veía como su desquite final.

Al conocer la noticia de la contratación de Bernini, Francesco quemó todos sus escritos y diseños, y se encerró en su casa, de la que ya no volvería a salir con vida. Murió en la noche del 3 de agosto de 1667 a causa de las heridas que se había infligido el día anterior al arrojarse sobre su propia espada. Así, solo y amargado, se apagó para siempre el genio que ayudó a embellecer aún más a una ya majestuosa Roma. Hicieron falta cuatro siglos, para que finalmente se reconociera en toda su dimensión al "hombre al que lo arruinó su sombra".

* Si querés ver la columna en vivo, sintonizá los viernes a las 23 Lo que el día se llevó (martes a viernes) por LN+: 715 y 1715 de DirecTV, Cablevisión 19 Digital/ 618 HD y Flow, Telecentro 705 Digital, TDA 25.3, Telered 18 digital y Antina 6 digital.

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