Una tarde en Las Ventas

Sergio Suppo
Sergio Suppo LA NACION
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22 de agosto de 2018  

La cobertura, olvidable, terminó el viernes. El avión partiría el domingo a última hora de Barajas; en blanco, nos esperaba un sábado del espléndido otoño madrileño de 2011.

"¿No vais a ir a Las Ventas antes de marcharos?", me preguntó el jueves, interesado, el mozo del hotel Wellington. Enseguida me ofrecería entradas "a buen precio" para ir a ver "al gran Iván Fandiño. ¿No lo conoce? Pero si es ese que desayuna en la mesa del centro". Unos metros más allá, un muchacho sonriente comenzaba el día rodeado de su pareja y algunos conocidos. Estaba en el hotel de los toreros.

Un día después, el primer sábado de octubre, cruzaba el arco que conduce el tendido 10 en busca de mi asiento. La Feria de Otoño estaba a una corrida del final. Un azulejo blanco con letras azules me acercó a uno de mis únicos puntos de contacto con los toros. "Desde este tendido ejerció su magisterio el periodista Joaquín Vidal. La afición, agradecida". Muerto en 2002, Vidal fue, con ventaja, el mejor cronista taurino del último medio siglo. Sus textos en El País son obras maestras al alcance de quien quiera disfrutarlas aún hoy en el archivo digital de ese diario. Sin que me interesara demasiado la lidia, durante años lo leí, admirado por su gracia y su ironía para contar un fenómeno que a pesar de su talento el tiempo convirtió en sinónimo de brutalidad.

La mezcla despareja de aficionados de ley y turistas de única vez permitió celebrar al locutor de la plaza "un lleno hasta la bandera". Una ovación entre las trompetas de la banda abrió el paseíllo de las dos revelaciones de ese año. Esmeralda y oro, Fandiño, manzana y oro, David Mora, el otro matador de la tarde.

"Lo va a esperar a puerta gayolas, por chicuelinas", dijo mi compañero de tribuna. No me estaba hablando. Un asiento más allá estaba el destinatario del relato, su nieto, un chico de unos 13 años, ciego.

Y así fue, Fandiño se arrodilló frente a la puerta en la que salió el primer toro.

-¡Dios!

El hombre no pudo evitar el grito que inquietó a su nieto, mientras un sonido angustiado recorría Las Ventas. Fandiño había sido tomado de lleno por el toro en su intento de recibirlo con la capa extendida por las dos manos. Unos segundos después, alejado del toro por su cuadrilla, las piernas manchadas de sangre, Fandiño era llevado a la enfermería.

-Ahora viene Mora y se encarga de la faena.

-¿Cómo está Fandiño?

-Ya veremos, ya veremos.

El abuelo recompuso su tono para contarle cada detalle al chico. La clase magistral nos permitió saber que Mora había estado "sin arte" con las banderillas de su segundo toro, "pero con el capote se defiende".

El áspero humo de los puros cruzaba la tribuna cuando el matador regresó entre aplausos. Un jean recortado debajo de las rodillas había reemplazado el pantalón del traje de luces, desgarrado en la embestida.

-Ha regresao.

Fue lo que dijo el hombre para que el nieto pueda entender el motivo del aplauso. La infanta Elena se asomó en el palco real para confirmar que Fandiño ya esperaba su turno en el callejón que separa la arena de las tribunas.

En los dos toros que le quedaban, Fandiño fue más ovacionado que Mora y en el último le concedieron una oreja. Entre tanda y tanda de muletazos (el paño rojo, más pequeño que la capa, con el que se completa la faena antes de la espada), el hombre le hizo notar que Fandiño tomaba muchos más riesgos que Mora.

Un viento cruzó el final de la corrida y nos fuimos sin podernos explicar si habíamos padecido o disfrutado la tarde. No había vuelto a escuchar de Fandiño hasta que en junio del año pasado leí un titular de El País: "Muere en Francia el torero Iván Fandiño". En una plaza de Landas, enredado en la capa durante una chicuelina, no pudo evitar la embestida de Provechito, su último toro. Tenía 36 años.

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