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Gastronomía

La historia de amor detrás de Corso, la bombonería que endulza el centro porteño hace 80 años

Agustina Canaparo
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22 de agosto de 2018  • 20:18

Emilio Heyberger y Norma Marrone se conocieron en Corso la bombonería de la calle Maipú al 443. Él fue quien fundó el clásico local en 1938 y ella comenzó a trabajar allí como aprendiz en 1955. Entre bombones y el inconfundible aroma del chocolate se enamoraron, pero fue después de una década de miradas cómplices cuando se animaron a confesar el amor que se tenían el uno para el otro. A los tres meses de noviazgo se casaron y luego tuvieron dos hijos, Ana y Emilio. Hoy, Norma con sus 80 años continúa atendiendo a los clientes con la misma amabilidad de siempre y su bombonería, que la iguala en edad, es un mítico lugar porteño que se mantiene intacto a través del tiempo.

Crédito: Soledad Aznarez

"¿Quiere probar un bomboncito?", dice Norma con la simpatía y parsimonia que la caracteriza. La clienta al instante asiente con la cabeza, nadie puede resistirse a semejante propuesta. ¿Lo prefiere de leche o amargo?, le consulta. A lo lejos se oye un distintivo sonido de la puerta que anuncia que otro interesado ingresó al local en busca de sus manjares. "Vengo a retirar la cajita de bombones surtidos que encargué para mi señora", dice un hombre esbelto con porte señorial. Norma lo reconoce al instante y con una sonrisa va en busca del pedido que ya tiene preparado. En un instante envuelve la caja con papel de seda blanco y le da su toque final con un moño de cinta dorada. "Aquí tiene. Espere.no se vaya sin comer su bombón favorito", agrega. Ella como nadie conoce los gustos de todos sus clientes. Es que desde hace 62 años que se levanta todas las mañanas antes de las siete, se peina con su distintivo rodete y maquilla para ir a su lugar preferido: la bombonería.

Emilio Heyberger llegó a Buenos Aires junto a su familia desde Uruguay cuando tenía tan solo dieciséis años. Durante un tiempo soñó con ser bailarín clásico y logró desplegar su lado artístico en el Teatro Colón. Además de la música, era un apasionado del chocolate y comenzó a probar algunas recetas para crear sus propios bombones. Más tarde consiguió un local en la calle Maipú, entre Corrientes y Lavalle, y decidió instalar su negocio. Así fue como un 18 de marzo de 1938 Corso abrió sus puertas. Desde aquel entonces conserva su espíritu familiar y las tradiciones de producción artesanal. El nombre no fue puesto al azar, tiene cierto simbolismo. "Fue a fines de febrero en plena época de Carnaval cuando comenzaron a ultimar los detalles para la apertura de la bombonería. Tenían todo planeado: desde los productos que iban a ofrecer hasta la decoración de la vidriera. Lo único que les faltaba era el nombre. Fue en ese momento cuando dijeron: "vamos a apresurarnos porque llegamos tarde al corso. Y entre risas, pensaron. ¿Y si nombramos así a la bombonería?". Emilio no lo dudó, él era una persona muy carismática y también quería que todos los que trabajen en su fábrica vivan la vida como un carnaval, siempre alegres", recuerda Norma a LA NACIÓN.

Crédito: Soledad Aznarez

El ojo artístico de Emilio está presente en todos los detalles de la bombonería. Desde sus distintivas vidrieras con estatuas, flores y colores llamativos, hasta en las finas exquisiteces que preparan. Cada bombón en sí mismo es una verdadera obra de arte. Las grandes cajas forradas en tela para los bombones con sus moños naranja, verde o violeta y ramos de flores decorativas se convirtieron en un clásico en los nacimientos, bautismos, cumpleaños y hasta en los casamientos; y traspasaron generaciones. Mientras que las cajas de lata marrones de bombones surtidos aún se encuentran en la mayoría de los hogares convertidas en costureros. "Muchas veces vienen clientas jóvenes y me dicen: 'Esa cajita de lata de bombones la tiene mi abuela de costurero' y se las llevan para compartirla con sus hijos. Les hace recordar a su infancia", detalla Norma, mientras acomoda suavemente con una pinza las chauchitas de naranja y las ciruelas bañadas en chocolate. "Nosotros nunca hicimos publicidad, quienes nos recomiendan son nuestros propios clientes. Por el boca en boca", admite.

Los bombones que ofrecen son los pequeños (estilo suizo) y desde hace ochenta años que preparan las mismas recetas secretas. Según explica Norma, "la clave del éxito de su trayectoria radica en la calidad de las materias primas y la atención que reciben los clientes". El cacao viene de Guayaquil y las castañas para el marrón glacé de Italia y España. Todos los bombones se fabrican de manera artesanal y cada uno tiene una dedicación minuciosa. No utilizan colorantes, conservantes ni esencias artificiales. Desde una pequeña ventanita se pueden observar a los maestros chocolateros preparar delicias de lo más variadas. "La producción la realizamos aquí en el local y todos los días hay productos frescos. Cada uno tiene su lugar y nos preocupamos porque todo este bien y en orden. La bombonería es como una familia y todos seguimos los pasos que nos enseñó Emilio", dice Norma.

Crédito: Soledad Aznarez

En Corso tienen bombones de todas las formas y sabores. Hay de chocolate, pero también de fruta. Y el marrón glacé, preparado con castañas enteras, despierta suspiro de más de un fanático. El abanico de productos artesanales parece infinito: moca crema de chocolate, chocolate amargo, con leche, rellenos con frambuesa, dulce de leche o coñac, trufas con chocolate blanco y coco, tabletas de almendra y hasta variedades con mazapán. La lista continúa. "Este es el Torino de chocolate con leche y es un clásico de la casa. No hay que morderlo, simplemente tienen que dejar que se disuelva solo en la boca. Pruebe a ver qué le parece", le dice Norma a una nueva clienta. A los más pequeños les gustan las bolitas de galletitas bañadas en chocolate o los corazoncitos surtidos.

En épocas de Pascua en Corso se han formado largas colas sobre la calle Maipú. Es que todos quieren probar sus huevos de pascua o las gallinitas de chocolate. El Día de los enamorados y el de la madre también son fechas en las que los chocolates son muy solicitados. Para Norma el bombón representa un placer: "Regalar bombones es un agasajo, más allá de lo linda o sencilla que sea la cajita".

Crédito: Soledad Aznarez

Por la bombonería pasaron grandes figuras del mundo artístico, deportivo y la política. Hasta el mismo Jorge Bergoglio solía frecuentar el local antes de convertirse en Sumo Pontífice. Por eso, el periodista Andy Kusnetzoff en una de sus visitas al Vaticano le llevó una caja de sorpresa. "Le trajimos los bombones que le gustan, la señora de la calle Maipú le manda saludos y quiere que vaya. ¿Cuándo viajará a nuestro país?", le dijo Kusnetzoff en aquella oportunidad.

Norma es la primera en llegar a la bombonería y la última en irse. Su secreto para mantenerse joven y con tanta vitalidad quizás sea el chocolate. Es que no hay un día que no pruebe las exquisiteces que van saliendo de su producción. Si le consultan cuál es su chocolate preferido. Responde (entre risas): "Todos, soy muy golosa". Norma y Emilio hicieron del chocolate su gran pasión. Ella en el carnaval de los bombones es la reina del corso

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