Achille Mauri, el amigo de Umberto Eco, desnuda su memoria en su primera ficción

Hermano del artista Fabio Mauri, fue editor y tiene una escuela de libreros y una vida de novela que solo él podía contar; está de visita en la Argentina, su segunda patria
Hermano del artista Fabio Mauri, fue editor y tiene una escuela de libreros y una vida de novela que solo él podía contar; está de visita en la Argentina, su segunda patria Fuente: LA NACION - Crédito: Fernando Massobrio
Pablo Gianera
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23 de agosto de 2018  

Hay unos versos ingleses que dicen: "Los recuerdos que tengo podrían estrangular a un hombre". Esto podría ser cierto para Achille Mauri, si no fuera porque la memoria deviene para él en Sorpresa, su primera novela, en un leve paso de comedia situado en un más allá donde evoca a muchos amigos y conversa con ellos: Umberto Eco, Woody Allen, Roland Barthes... Es larga la lista, y su extensión no debería extrañar en un hombre que ronda los 80 años, que es hermano de Fabio, el artista, sobrino de Valentino Bompiani y primer editor de Eco en Versus (sí, la revista de semiótica en la que publicaron Noam Chomsky, Roman Jakobson y Felix Guattari). "El pasado es como una biblioteca -dice Mauri, de rigurosa elegancia milanesa y cigarrillo entre los dedos-. Un hombre preso que tiene muchos libros y que es lector nunca se va a sentir completamente preso. Es mucho más libre que otro que no lee. Una biblioteca tiene el pasado, el presente y, de a poco, va a tener el futuro. Las almas tienen una memoria de cada uno."

La novela, de estructura teatral (puro diálogo hecho relato, la didascalia reducida a lo mínimo) empieza cuando Achille, apenas muerto mientras dormía, se despierta vivo en el más allá; "vivo", claro está, en otra dimensión, una que transcurre en un Porsche rojo, residencia de su gato Ely. Entonces empieza el desfile de nombre propios, de lugares (también la Argentina, porque la mujer de Mauri tiene un campo en Entre Ríos) y pensamientos como estos: "Así como el frío es solo ausencia de calor, así la eternidad es solamente ausencia de tiempo". "Le debo el libro al cardenal Martini, ese hombre tan inteligente que tendría que haber sido papa y que después, por un cáncer, no pudo -cuenta Mauri con el cigarrillo ya encendido-. Le preguntaron una vez qué veía en el más allá. 'Lo primero que haría, sería encontrarme con Bach. Me quedo un rato con él y después busco a Mozart. Me quedo otro rato con él y después, si Dios no pensó algo para mí por un tiempo tan grande... ah, va a ser una gran decepción '". Mauri cree en el alma. "No se necesita tener fe en el alma, es casi una noción. Pienso que el otro mundo es tan intenso en las relaciones como este. En la eternidad, no hay edad ni sexo. No tenemos, como alma, ni edad ni poder social. En África, donde yo viví dos años, la gente habla con el otro mundo. Cuando la señora está en la cocina, habla con un tío en voz alta. Del mismo que cuando uno habla consigo mismo. No es lo mismo hablar consigo mismo en voz alta que con el pensamiento".

En la familia de Mauri, según el padre, no podía haber más que un artista, y ese fue Fabio. A Achille le tocó ser industrial y empezó en Fiat y, posteriormente, en el holding Messaggerie Italiane y la Escuela de Libreros Umberto y Elsabetta Mauri. Su próximo libro se va a llamar La paradoja de Aquiles y tiene como asunto el descubrimiento de la vejez. "Nadie sabe lo que es la vida propia cuando se es viejo. Ni se la imagina. Empieza con gestos, con cosas pequeñas. Yo me di cuenta de que era viejo por la fecha, el número, porque el sentimiento de ser viejo no lo tiene nadie. No existe. Somos chicos siempre. Lo lindo es salvar eso que teníamos de chicos". También la pérdida de los amigos es un indicio de nuestro envejecimiento. ¿A quién extraña Mauri? "Extraño a un amigo que aparece en el libro y que se llama Simone San Clemente, un hombre con el que viví mi experiencia africana y fuimos editores de la revista Planeta, que dirigía Louis Pauwels. Dos años estuvimos en África haciendo registros orales. Es el amigo que más me falta". ¿Y Umberto Eco? "Umberto nunca me contestó un no. ¿Por qué? Porque yo nunca le dije no. Pero aparte de ese pacto, era un hombre que llenaba el tiempo con chistes, porque le importaba un pito lo que uno pudiera decirle. A él le interesaba lo que él tenía para decir. La parte seria corría por cuenta de él y lo demás era chiste. No había punto intermedio. Eso limitaba mucho la relación, igual lo considero un grandísimo amigo. Muy distinto era Pasolini. Cuando uno se sentaba a hablar con él, tenía que resultar algo que tuviera sentido para los dos. Pasolini no desperdiciaba un minuto de su vida. Si se sentaba a hablar con vos, era porque necesitaba crecer o quería hacerte crecer a vos".

Ya hablamos del gato Ely, pero los animales de Mauri son muchos más, y le gusta medir la duración de su vida sumando los perros y gatos que poseyó. "Los animales son almas. Les presto la mayor atención, y ellos nos dan muchísimo. Ellos están ahí y nos esperan. Son una compensación afectiva, y cada vez más importante, a la vida moderna".

En la novela que vendrá, Mauri imagina cómo sus cenizas llegan a Ezeiza con las de sus perros y gatos. Para entonces, habrá un obituario, que él mismo prefigura en Sorpresa, publicado en Il Corriere. Immaginifico, "imaginativo" es la palabra clave. Mauri está de acuerdo consigo mismo: "Vivir es como cruzar un desierto. Cada vez que veo un viejo en la calle, tengo una emoción: ese señor llegó solo hasta ahí. La vida es un viaje. Imaginar es dar una idea de futuro".

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