Los sex shops ya no son lo que eran

Mientras los "aparatos" cada vez parecen menos fálicos, los locales lucen muy distintos
Mientras los "aparatos" cada vez parecen menos fálicos, los locales lucen muy distintos Crédito: Shutterstock
Amanda Jot
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24 de agosto de 2018  • 13:17

Hace pocos días el Aeropuerto Schönefeld de Berlín, es el más importante de la ciudad alemana, quedó paralizado durante siete horas luego de que los rayos x detectaran formas no identificadas dentro del equipaje de un pasajero, según un artículo publicado en CNN. El "contenido sospechoso" obligó a la policía a emitir una alarma que provocó el cierre de la terminal D del aeropuerto, y la localización inmediata del propietario de la valija. Sorprendido y avergonzado (seguro que aterrado), el hombre se negó a dar detalles por lo que, después de una hora de investigaciones, que involucró a un escuadrón antibombas, la autoridades determinaron que el contenido sospechoso no era otra cosa que juguetes sexuales , entre ellos un vibrador que fue confundido con un artefacto explosivo. El episodio nos deja algunas máximas: la discreción puede ser un arma de doble filo, léase, callar no es la mejor estrategia si vamos a llevar el tocador de vacaciones; segundo, la gran evolución de los juguetes ha sido sin dudas gracias al diseño, más que a la tecnología.

Debe haber sido incómodo trasladarse con ellos diez años atrás, cuando la forma de cada pieza no dejaba lugar a dudas de su funcionalidad. Hoy se han simplificado al punto de no poder dilucidar para qué sirven. Algo así nos sucedió con una amiga visitando la tienda erótica inaugurada hace meses en plena Recoleta, a pasos de la Iglesia San Nicolás de Bari, y a cuadras de dos colegios religiosos de la zona. Se trata de un local con sus productos en la vidriera, a la vista y sin trucos, al revés de otros comercios parientes que suelen ocultarse detrás de vidrios templados o al fondo de las galerías menos concurridas. En este caso, lo que venden se ve desde la calle. Esta naturalidad supone un gran salto en el concepto sex shops, devenidos en "boutiques para el bienestar sexual", como les dicen en estos tiempos de reivindicaciones sociales. Efectivamente en un ambiente inmaculado, con luces claras y decorado sin estridencias temáticas, casi como un hospital, la propuesta fue muy bien recibida por la clientela, en su mayoría mujeres de arriba de 40 años que entran sin pudor a descubrir las maravillas que se exhiben. Esa es la gran conquista, creo yo.

Hasta ayer nomás en la Argentina era imposible conseguir artículos seguros para el esparcimiento privado. Si no eran de plástico, eran de una goma dudosa. La oferta de la tienda, que hace delivery mediante las redes sociales y su portal, incluye una nutrida selección de los últimos diseños de marcas Premium como Lelo, Fun y Picobong, fabricados 100% con silicona medicinal de origen alemán, la mejor del mundo para estos fines. Cada vez más minimalistas, livianos y pequeños, garantizan la experiencia gracias a su batería recargable por USB, a las varias velocidades de vibración (son jets) y a la textura sedosa. Hay para hombres y mujeres. También ofrecen una línea de perfumería (geles y aceites) y curiosidades, como juegos de dados etc. Las piezas son caras pero es una inversión para toda la vida, es decir, duran más que un matrimonio.

Salimos de ahí con la certeza de que sí, somos reemplazables.

Por: Amanda Jot

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