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El amor por hacer filas: un fenómeno argentino difícil de entender

A veces es algo imposible de evitar, otras es una elección que muchos reconocen como algo local
A veces es algo imposible de evitar, otras es una elección que muchos reconocen como algo local Crédito: Shutterstock
Tamara Tenenbaum
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23 de agosto de 2018  • 14:18

¿Qué nos pasa a los argentinos con las filas? ¿Amor, odio, síndrome de Estocolmo? Es difícil de entender. En una investigación breve, Google arroja que los expertos mundiales en colas son los ingleses: ya en 1947 George Orwell, en un ensayo sobre el pueblo inglés, se preguntaba si un extraterrestre se sorprendería por el placer de los británicos en formar líneas ordenadas de personas a la espera de productos o servicios diversos. No es de extrañar, en una nación con la fama de la inglesa, el fetiche por el orden y la prolijidad de una fila bien organizada. ¿Pero es eso lo que nos gusta a los argentinos, o más bien, lo que no podemos evitar?

Hace unas semanas, volviendo a Buenos Aires desde Ushuaia en avión, me volví a encontrar con una escena famosa: la de la fila para subir al avión. No me atrevo a decir que sea un fenómeno exclusivamente argentino el de hacer cola aunque los asientos ya estén previamente asignados; yo jamás lo he visto en otros países, pero algunos amigos me han comentado que sí. No obstante, esta vez el asunto fue aún más absurdo que otras: las personas se fueron parando en fila (eventualmente, como siempre, yo también lo hice), y finalmente el empleado de la aerolínea empezó a llamar a los pasajeros por ubicación. Las dos familias que estaban primeras en la fila entraron en pánico cuando les dijeron que, dado que no las habían llamado todavía, no podían abordar a pesar de haberse parado primeras, y no solo eso: una señora incluso se dispuso a impedir con su propio cuerpo que las personas que tenían las ubicaciones correctas "se colaran" (es decir, pasaran al avión exactamente cuando las habían llamado). "¿Por qué no se desarma la fila y listo?", pregunté desde mi penúltimo lugar con impaciencia y un poco de ganas de ver qué pasaba. No hubo caso: el empleado me miró indignado y explicó lo que íbamos a hacer. La fila "seguía valiendo", pero cuando llegaras adelante te avisarían si era tu turno para pasar o no; si no era tu turno, esperabas de costadito. O sea, lo mismo que si se hubiera desarmado la fila, pero con las familias contentas. Mientras intentaba explicarle esta psicosis a una brasileña delante mío pensé que este nivel de obsesión iba más allá de cualquier función racional que pudiera haber tenido la fila cuando a algún iluminado se le ocurrió que "una persona detrás de otra por orden de llegada" era una forma eficiente y cómoda de distribuir algún objeto escaso.

Quizás al argentino (o al porteño) lo hace sentir especial ese pequeño privilegio de haber llegado primero a algo, y por eso se agarra de las filas como de los faldones de su madre: varias veces he sentido la mirada aristocrática de la gente que tiene un número anterior al mío en el banco como si nos separara la sangre azul y no solamente cuarenta minutos de espera. Eso explicaría que incluso cuando no hay ningún beneficio en hacer la fila sean muchos los argentinos que prefieren hacerla. Varias cadenas de supermercado incorporaron en los últimos tiempos sistemas de self check-out, en los que cada cliente puede pasar sus propios productos y acercarse a la cajera solamente con un ticket, ahorrándose la fila larga; sin embargo, al menos en los de la zona de mi casa, mucha gente sigue eligiendo la fila tradicional aunque haya que esperar más tiempo. Hace poco aproveché para preguntarle a una cajera del supermercado de enfrente de mi casa por qué lo hacían, si es que la gente no entiende el sistema, si tienen miedo de que les cobren mal o algo así: "no sé", me dijo, "ni miran para este lado. Ven una cola y se mandan atrás". Es la fuerza de la costumbre, parece, una especie de magnetismo inevitable que nos lleva a ubicarnos unos detrás de otro sin preguntar ni discutir.

El gran problema de esa manía irreflexiva es que conspira contra la supuesta eficiencia que en un principio las filas venían a promover. Nunca es más obvio esto que ante el dilema que aparece cada vez que hay, por ejemplo, tres o cuatro cajeros disponibles. En algunas ocasiones afortunadas sucede lo que tiene que suceder: una sola fila, la persona a la que le toca pasa a la caja disponible. La mayor parte de las veces se arman colas diversas, cierra una caja en la mitad, nadie sabe adónde irse y el que termina por accidente en la caja más lenta cuando estaba primero en la fila de la caja que cerró se vuelve a su casa con un poco más de ira contra la ciudad, el país y el mundo. Lo ideal en esos casos sería que el encargado del local se pusiera al mando y bajara la orden de hacer una sola fila, pero no lo culpo por no hacerlo: la gente suele ponerse molesta cuando siente que le perturban sus benditas filas, que le roban el lugar que tanto le costó conseguir en pos de una organización más razonable. Salvo que todos internalicemos que "una sola fila siempre es mejor" (un nivel de coordinación impensable en una ciudad donde la gente ni quiera espera que los demás bajen del subte para subir), estamos condenados al caos de las filas cambiantes e infinitas.

¿Mi propuesta? Desobediencia civil: la próxima vez que me encuentre en la situación n+1 cajas, voy a pararme un par de pasos atrás formando claramente una sola fila y que los valientes me sigan, en abierto boicot del caos y la injusticia de las colas múltiples. Y la próxima vez que esté esperando para subir a un avión, entrar al teatro o al cine o a cualquier evento donde las entradas ya estén irrevocablemente asignadas, voy a resistir el impulso de gregario de pararme en la fila solo para no ser menos.

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