Trampas y espejismos del lenguaje

Verónica Chiaravalli
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26 de agosto de 2018  

Sepultado por los escombros del derrumbe, bajo los pasos y las voces asordinadas de los socorristas que pisan con pie de plomo el desastre para no poner peor lo que ya está muy mal, el primer pensamiento de Miles Platting va hacia la lengua: " En breve es una excelente expresión. Significa lo que uno quiere que signifique. Un miembro de nuestro equipo se comunicará con usted en breve. ¿Cuándo exactamente? En breve. Inminente es demasiado. Un anuncio inminente. Muerte inminente. Quizá si su muerte fuera a ocurrir en breve, a usted no le preocuparía tanto. Me gusta en breve. Hay tres palabras que no tendrían que formar parte de nuestra lengua. La primera es húmedo. Suena mal en cualquier contexto. La segunda es flema. Porque sí. Y la tercera, la peor de todas, es fláccido. Fláccido tendría que desaparecer. Fláccido tendría que borrarse".

Con esta declaración de una estética (que es también una ética) lingüística, comienza Lingua Franca (Edhasa), segunda novela del joven escritor londinense William Thacker. El argumento da una vuelta de tuerca paródica al tipo de relación que los ciudadanos del Occidente desarrollado pueden llegar a establecer con el capitalismo. Lingua Franca es la empresa creada por Platting, exprofesor de literatura inglesa. Se dedica a un negocio peculiar: los "derechos de denominación", que le permiten ofrecer a las ciudades británicas alicaídas un cambio de nombre para rejuvenecerlas, volviéndolas más atractivas a los turistas y a los inversores. Eso sí, la prometida prosperidad tiene un precio. El cambio de denominación viene auspiciado por empresas pequeñas o multinacionales, cuya condición para inyectar dinero en el centro urbano de turno es que su propia marca integre -de manera central- el nuevo topónimo. Así, después de resonantes éxitos que les granjearon la admiración de los políticos y el odio de los lugareños, los hábiles vendedores de Lingua Franca trabajan ahora, en la redenominación de Barrow-in-Furness que, merced a un acuerdo con la manufacturera de alimentos congelados, pasaría a llamarse Birdseye-in-Furness.

Entre amenazas de atentados por parte de sus múltiples enemigos, maratónicas jornadas de trabajo y el confort hipervigilado de su bunker personal, Platting recuerda lejanamente al american psycho de Bret Easton Ellis, aunque en una versión mucho más simpática y bastante melancólica. Miles conoce la culpa y es capaz de experimentar sentimientos por los demás, pero su fría lucidez, su tendencia a la autoironía y su aguda capacidad de observación le impiden pasar por alto la estupidez y la hipocresía políticamente correcta, en la que a veces cae Kendal, su exmujer, con la que en un tiempo compartió la pasión por la enseñanza. Kendal está convencida de que Miles es una de esas personas que hacen que el mundo sea un poco peor, y se lo dice. Miles, por su parte, calla. Y para regocijo de sus lectores, solo se abre en las páginas en las que va contando su vida, después de la voladura de su oficina, una pequeña intriga que tira de la trama hasta el desenlace.

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