Reseña: Recuerdos durmientes, de Patrick Modiano

Enigmas, entre el recuerdo y el olvido
José María Brindisi
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26 de agosto de 2018  

Hace ya unos cuantos años que Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945) viene escribiendo una suerte de autobiografía fragmentaria, hecha de a retazos, de recuerdos desencadenados, de episodios más o menos significativos. Por más que de vez en cuando se tome la molestia de disimular su presencia o crear un álter ego -en este caso un nombre aislado, una única seña o muestra inequívoca de la presencia de un "otro"-, lo cierto es que sus últimas novelas han potenciado un rasgo característico de su obra relacionado con ese deambular de sus narradores, ese modo aleatorio de eslabonar episodios, referencias, personajes, encuentros. Esa especie de deriva parece amparada, estructurada a partir de un centro al que retornan todas las anécdotas y que es el propio Modiano, ese que en el presente recuerda a veces con precisión casi inverosímil, pero también ese otro que se pierde en el tiempo como si se tratase de un sueño perpetuo.

En efecto, hay una cualidad en el estilo del Premio Nobel de 2014 que remite siempre a lo onírico. En este caso, el título del libro, Recuerdos durmientes, no hace más que subrayar esa ambigüedad, que se despliega tanto en lo evocativo como en la percepción misma del presente. Pero es sobre todo en el diálogo con el pasado donde Modiano elige "perderse". El nombre de un libro, E l tiempo de los encuentros, lo arrastra cincuenta años atrás. "También hubo para mí un tiempo de los encuentros", se dice, "en un pasado remoto". Y es ese tiempo el que lo llama: en este caso, unos pocos meses, algo más que un verano en el que apenas ha traspasado la veintena y donde se suceden efectivamente múltiples encuentros, la mayoría fugaces o solo elididos. Pero lo más significativo se halla en la presencia de lo femenino; una serie de mujeres que lo llevan a cenas, fiestas, bares, que le hacen confidencias injustificadas, que le piden favores imposibles, que lo recuerdan y le demandan, que se lo llevan a pasar pequeñas temporadas en hoteles huyendo de lo inasible o lo enigmático, incluido el crimen.

Respecto de esto último, ese Modiano -o el inmaterial Jean D. que construye perezosamente- joven, ingenuo, en parte pasivo, ávido de todo, en especial de vivir aventuras, recuerda en su composición y en el tono al extraordinario Antoine Doinel, el personaje -también álter ego del cineasta François Truffaut- compuesto por Jean-Pierre Léaud en la serie de películas que se inicia con Los 400 golpes. Hay en ambos un coqueteo con lo policial, y asimismo con el misterio, que se relaciona en verdad con lo maravilloso, es decir con la sensación de que todo es posible y, a la vez, con la intuición de cierto estado de gracia, como si manejasen su destino a voluntad. Ese mismo tono, que implica un descubrimiento constante y a la vez una distancia, define la relación con esas mujeres que ostentan un poder incontrastable y sin embargo parecen imantadas por él, rehenes de su influjo. Resulta significativo, a propósito de ello, ver el modo en que el narrador sobrevuela esas relaciones, que incluyen innumerables episodios de convivencia pero que jamás remiten al sexo, ni a la desnudez, y ni siquiera a los cuerpos. No es pudor, ni mucho menos: es que en esas mujeres habita un misterio, que el protagonista no obstante no trata de develar, sino apenas compartir, aunque solo con ellas.

El verdadero enigma, el núcleo más profundo de los devaneos del Modiano joven es por cierto la ciudad (y en ello también reverbera la dupla Léaud-Truffaut): como ocurre con frecuencia en su obra, el autor de Accidente nocturno y Un pedigrí parece vérselas antes que nada con París, con esa ciudad que siempre guarda sentidos ocultos, que a mayores revelaciones ofrece mayores fantasmas. Cincuenta años más tarde, Modiano discute con el recuerdo, se recuesta en las notas de sus cuadernos pero cuestiona su sentido, se extraña de ellas; y en ocasiones, por el contrario, vuelve a ciertos episodios como confirmándolos, como si descansara en esos lapsos de tiempo en los que parece haber encontrado la calma. O el sueño.

Recuerdos durmientes

Por Patrick Modiano

Anagrama. Trad.: María T. Gallego Urrutia104 págs./ $ 265

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