Reseña: Los peregrinos del fin del mundo, de Gustavo Ferreyra

Un delirio argentino magnífico

26 de agosto de 2018  

En Los peregrinos del fin del mundo, Bruna, que ha estado internada en institutos psiquiátricos, que se mueve en el mundo gracias a unas pastillas de colores, que se sabe fea, gorda, poco interesante -una "monita", como ella misma se describe- decide seguir al padre Horacio -un maestro que propone ir "hacia lo indeterminado"- y a un grupo de cristianos por las sierras de Córdoba. Los guía la necesidad de encontrarse con lo que llaman un verdadero cristianismo; uno que se aleje de San Pablo y se acerque a Jesús y a Juan Evangelista, "el fundador de ese misticismo cristiano", el discípulo que Jesús más amaba, pero también, como dice Bruna, el judío excesivo y pesimista, autor del Apocalipsis.

Ferreyra toma un marco temporal acotado -los primeros tres días de esa peregrinación en vísperas de Navidad- y desgrana los diferentes estadios por los que pasan los caminantes, alternando el monólogo interior de Bruna con la visión de un narrador omnisciente. Una estructura similar había utilizado en La familia, donde indagaba en el filósofo y empleado bancario Sergio Correa Funes a la vez que narraba el pasado y el futuro de su familia, y el de la familia como unidad mínima de una sociedad.

Aquí, a partir de la idea de la peregrinación, -"porque se respira en la forma en la que se camina", dice Bruna, "y es la forma del caminar lo que hemos perdido"- se ocupa de la religión, de la espiritualidad y de la trascendencia. A través de un realismo muchas veces delirante -¿pero no son siempre delirantes las bases que sostienen cualquier religión?-, sigue la marcha cadenciosa de los peregrinos y se pregunta, con el mismo humor presente en novelas como Piquito a secas, cuál es el motor que hace que un grupo de desconocidos caminen juntos con rumbo incierto, con sus atados de ropa y comida al hombro, día tras día. La pregunta es también por la cohesión de cualquier grupo, ya sea una familia o, como aquí, un grupo guiado por el deseo de creer.

El narrador que sigue a los peregrinos transcribe los diálogos con un nivel de detalle que los agiganta, los vuelve extraños, desconcertantes en su banalidad. Lo mismo sucede con el paisaje de la sierra: ese territorio de pendientes leves, terreno hipertransitado por viajes de egresados y grupos de scouts. ¿Cómo hacen los caminantes para encontrar ahí el terreno fértil de su "renacer cristiano"?

Lo interesante es que, por más inverosímil que parezca, algo encuentran. Eso es lo que hace inconfundible el estilo de Ferreyra: en lo más humano de lo humano -en esa "vidita", así en diminutivo, como la nombra Bruna-, en las referencias escatológicas, en las divagaciones de cada personaje, hay algo de verdad, de pregunta filosófico y religiosa que hace que la novela no sea una acumulación de peripecias sino que gire en torno a una serie de preguntas existenciales. Como cuando Bruna dice: "Yo había creído que Bruna Yapolsky era un imperio en sí misma y no era más que un humano perdido entre humanos."

El autor no se preocupa por la corrección política. Puede discurrir sobre la esencia del judaísmo, y detenerse en la diferencia entre los penes de judíos, egipcios y babilónicos. Novela no apta para quienes se toman su religión demasiado en serio, es sin duda, un excelente capítulo en la obra de Ferreyra, fundamental para todo aquel que quiera dejarse encandilar por su prosa y la contundencia de su proyecto narrativo.

Los peregrinos del fin del mundo

Por Gustavo Ferreyra

Alfaguara. 355 páginas $ 599

TEMAS EN ESTA NOTA