Esos hologramas de Manu que los chicos mirarán en los dos mil treintas

Xavier Prieto Astigarraga
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27 de agosto de 2018  • 15:59

Demos paso a la imaginación y proyectemos lo que conocerán nuestros hijos, sobrinos, ahijados y nietos dentro de 15, 20 años sobre Emanuel David Ginóbili. Mucho dependerá de cuánto este hombre se mantenga en el ámbito público argentino, por supuesto, y es difícil calibrarlo: ni el propio Manu sabe bien qué hará de su vida después del año sabático post retiro del que siempre habló. Pero vale el juego.

Los niños tendrán noción de que fue un deportista enorme, de los grandes del país. Seguro. Si les gustan las estadísticas, encontrarán que fue campeón olímpico y subcampeón mundial con la camiseta nacional, campeón europeo de clubes y ganador de cuatro anillos de NBA, una cantidad que un solo extranjero más consiguió: su ya excompañero Tony Parker. Los chicos se enterarán de que formó el trío más exitoso de la historia de la mejor liga del planeta, junto al francés y a Tim Duncan. Y si tuvieren la chance de visitar Estados Unidos y quisieren saber más sobre su compatriota, pues podrán darse una vuelta por el Salón de la Fama del Básquetbol, en Springfield, Massachusetts. Allí estará un cuadro de Manu Ginóbili, entre muchas otras glorias, y quizás con bastante más gloria que algunas de ellas...

Podrán encontrar sus múltiples hazañas en YouTube -o lo que sea que exista en ese momento-, siempre vestido de basquetbolista, claro. No hay chance de que el video sea de un programa de chimentos, porque así fue, es y será el bahiense: cero escándalos. A lo sumo se toparán por ahí con alguna que otra discusión con árbitros; no más. Jamás un escarceo con un rival, ni siquiera un cruce de palabras. Y eso que mil veces puso el cuerpo para recibir fouls ofensivos que beneficiaran al equipo aunque conllevaran riesgo de lesiones -y vaya si las sufrió-.

En los dispositivos electrónicos estarán la palomita frente a Serbia en Atenas 2004, el tapón a James Harden en 2017, los miles de robos y triples que lo convirtieron en líder de todos los tiempos en San Antonio Spurs en esos rubros. Los videonautas mirarán también aquella jugada de cierre de partido que diseñó como si fuera el director técnico, con la confianza de su entrenador-admirador Gregg Popovich; las simpáticas publicidades en que actuaba -con bastante gracia, por cierto- antes de cada temporada de NBA; la peligrosa caza a mano desnuda al murciélago que revoloteaba en el AT&T Center en plena función; el típico alarido "¡Ginóbiliii!" en televisión de su fanático Charles Barkley; la zapatilla desfondada que le quedó como bufanda de tobillo en pleno partido; algunos highlights de las dos memorables victorias sobre dream teams. También estarán sus clásicos movimientos: el eurostep, que prácticamente importó a Estados Unidos; los caños -y los pases de caño-; las asistencias sin mirar; las tiradas de cabeza por el balón, al suelo o a las plateas; la conducción de la pelota caliente en los cierres de cuartos o de partidos. Y un momento lacrimógeno: el retiro del seleccionado, cuando en Río de Janeiro 2016 -esos Juegos Olímpicos para los que un par de años antes calculaba en 2% sus chances de participar-, tras una paliza de Estados Unidos, dejó la cancha sin querer llamar la atención, con ojos enjugados y casi avergonzado de recibir la pelota como reconocimiento final.

Todo eso podrán ver los locos bajitos en las pantallas, o en los hologramas -vaya a saber uno qué estará de moda entonces, en los dos mil treintas-. Pero hay algunas cosas que no podrán apreciar si no se las cuenta alguien, ni mucho menos podrán vivirlas. No se les erizará la piel por escuchar el "Maaanu, Maaanu..." de los hinchas de San Antonio, en una NBA que no es de ovacionar a los jugadores por su nombre o apodo. Podrán ver la camiseta Nº 20 colgada del techo del estadio, pero a esa altura ya no habrá cientos de espectadores vistiéndola, incluso en mayor cantidad que las de Duncan y Parker. Habrá que decirles que el narigón era un líder de vestuario que hacía llevadera la adaptación de compañeros nuevos a la franquicia y a la liga. Y que era "el jugador más competitivo" que el mismísimo Popovich conoció. El que durante unas semanas volvió loca a la tuitósfera argentina, sin pedirlo, convirtiendo en tendencia la frase "#NBAvote Manu Ginobili" con la que se intentaba instalarlo en el Partido de las Estrellas a sus 40 años. Cosa que, de ser por el solo voto del público, habría logrado, sin siquiera quererlo.

Los videos dejarán apreciar apenas un poco de la inteligencia del ex Nº 5 de la selección, en visión de juego, en declaraciones, en claridad conceptual, en decisiones de vida por parte de un tipo intelectualmente curioso, siempre interesado en consumir food for thought. Tampoco mostrarán el elegante boicot que encabezó junto al capitán Luis Scola para que renunciara un sospechoso presidente de la Confederación Argentina de Básquetbol, y quizás no figure la prudencia de bajar los decibeles a los hinchas argentinos en aquellos tensos días entre vecinos en Río 2016.

No faltará, ciertamente, quien le objetará sus ausencias en dos mundiales y en casi todos los torneos FIBA Américas. Opinables, discutibles. En todo caso, quedarán eclipsadas por el fastuoso currículum del jugador que, al irse, interrumpe la serie de 16 años de presencia albiceleste en la elitista NBA. El que vino a llenar el casillero del básquetbol en el Olimpo de grandes deportistas argentinos de todas las épocas.

Ojalá, dentro de esos 15 o 20 años, nuestros chicos tengan uno como él y lo disfruten por un par de décadas. Será difícil. Muy.

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