La tesis Pratto: lo que el 9 le debe a River no se mide en los millones que valió su pase

Lucas Pratto, en acción
Lucas Pratto, en acción Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri
Román Iucht
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24 de agosto de 2018  • 17:00

Como en cualquier otro orden de la vida, en el fútbol las alegrías suelen no ser completas. Mirando la mitad del vaso medio lleno, Marcelo Gallardo siente desde comienzos de 2018 que el karma del arco inseguro y el fantasma de Barovero se fueron disipando con las fantásticas actuaciones de Franco Armani. Su récord de ochocientos minutos sin recibir goles, batiendo a esa leyenda viviente llamada Amadeo Carrizo, solo vino a ponerle números a una sensación de seguridad recuperada en tan solo ocho meses. Aún con algunas debilidades defensivas, como todos las tienen, el "mundo River" sabe que si todos los caminos para cortar los ataques rivales quedan sin efecto, el último eslabón será el más importante y responderá a todos los interrogantes.

Pero como el fútbol es la puesta en práctica permanente de disimular la figura de la manta corta, la actualidad de este River muestra a un "paciente" con serias posibilidades de resfriarse en breve.

La mini racha de algo más de tres encuentros con sequía goleadora puede resultar circunstancial. Rigamonti fue la gran explicación para que decenas de miles de gargantas millonarias se quedaran vírgenes de gritos en el encuentro ante Belgrano y por ende, el gol como tal es un accidente o una consecuencia que en infinidad de ocasiones llega como punto final de una búsqueda del juego y en otras simplemente aparece.

Es en este apartado en donde surge nuestro objeto de estudio. Si tuviéramos que elaborar "la tesis Pratto", el delantero invita a un análisis interesante. Con independencia de un gol más o menos, porque eso puede ser aleatorio, se trata de observar qué le otorga y qué le quita el delantero al movimiento de ataque del conjunto de Nuñez.

Pratto es un buen atacante pero suponer que va a rendir por lo que la billetera compradora pagó en un momento es olvidar al fútbol como deporte colectivo y reducirlo a la mera individualidad.

El primer dato es su valor. Urgido de un centroatacante, River pagó once millones de euros. Está claro que ese precio implica jugar de acuerdo a las expectativas que las cifras acarrean, pero no siempre los jugadores "son" o "se parecen" a lo que el mercado determina que se pague por ellos. Pratto es un buen atacante pero suponer que va a rendir por lo que la billetera compradora pagó en un momento en que la demanda era muy superior a la oferta es olvidar al fútbol como deporte colectivo y reducirlo a la mera individualidad.

El segundo ítem son sus características. Gallardo eligió a Pratto por su potencia, su fortaleza, su experiencia y su condición de jugador consolidado. Sin embargo no estamos en presencia de un futbolista especialmente hábil para moverse en espacios reducidos ni cuya virtud principal sea participar del circuito futbolístico del equipo. Pratto puede jugar de espaldas y aguantar la bola con una marca encima, es apto para jugar al espacio, se siente cómodo en el contraataque y no se intimida ni ante atmósferas ni rivales hostiles muy propios de Copa Libertadores. Lo suyo no es la explosividad sino la potencia.

Crédito: Prensa River

Si nos remitiéramos a la historia, el centrodelantero de River siempre tuvo una gama enorme de recursos técnicos y en todo caso era "un muy buen jugador que hacía goles" tanto como "un goleador que sabía jugar en equipo". Si tomamos como línea de corte a la década del '80 y dejando de lado a Mario Kempes, cuya fusión entre técnica y potencia lo consagra probablemente como el mejor de todos los tiempos en su puesto y una extraordinaria excepción, entre los "percherones" no necesariamente muy altos pero si fuertes y macizos podemos recordar a un juvenil de efímero paso por la Primera División llamado Roberto Gordon, luego al paraguayo Jorge Villalba, más tarde Ramón Centurión, el inolvidable paso de Juan Gilberto Funes y a un casi adolescente Gabriel Batisuta. En la década siguiente llegó desde Argentinos Juniors el uruguayo Gabriel Cedrés y en el nuevo siglo nombres como los de Juan Antonio Pizzi o Cristian Fabbiani rompieron el molde del 9 goleador pero además elegante y dúctil como fueron Francescoli, Cavenaghi, Crespo, Angel o Alario, por citas solo algunos. Salvo el puntano, ninguno tuvo gran éxito ni pudo transformar desde sus características específicas un estilo y una filosofía histórica de juego que define a River en general y a su delantero más adelantado en particular.

El tercer punto son las características del resto de los jugadores y el módulo de ataque del equipo. Las asociaciones de juego no abundan en el equipo. Pity Martinez es más un jugador de jugadas que un hacedor de juego. Su desequilibrio se produce a partir de su técnica individual enfrentando rivales más que con un pase filtrado. Por las derecha el tándem Montiel-Nacho Fernández puede progresar en el campo pero rara vez concluyen en un centro al corazón del área con el objetivo concreto de buscar a Pratto. Y finalmente Scocco, sin ser el clásico nueve de área, parece habitar su lugar con mayor comodidad cuando se complementa con un delantero externo.

Sus siete goles en veinticinco partidos parecen insuficientes más allá del resto de sus virtudes, valiosas pero secundarias ante su anemia goleadora.

Desde su enorme y permanente exigencia, Gallardo sabe que el ex jugador de San Pablo puede y debe dar mucho más, sobre todo a la hora de leer la estadística goleadora de los partidos. Valora muchísimo su esfuerzo para presionar y colaborar en el aspecto defensivo y su altruismo para privilegiar el beneficio colectivo por encima de su lucimiento individual. Pero sus siete goles en veinticinco partidos parecen insuficientes más allá del resto de sus virtudes, valiosas pero secundarias ante su anemia goleadora.

En horas en las que las inclusiones indebidas y las irregularidades de Conmebol aparecen en el informe diario, River se prepara para una recta final del año en la que además de mejorar su juego deberá convertir goles importantes para progresar en los certámenes que lo tienen como protagonista.

Es el tiempo de Pratto. De su aparición y su confirmación. De devolver la confianza que depositó Gallardo. De demostrar que a veces solo se trata de valor, porque la gloria de un grito decisivo de esos que te hacen inmortal, en algunas ocasiones definitivamente no tiene precio.

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