El cine que habla de nosotros

25 de agosto de 2018  

El cine, y mucho más el cine taquillero como el que hoy ocupa buena parte de la cartelera local, suele reflejar lo que nos pasa en la vida cotidiana. ¿Quién no fantaseó, si no se permitió, incluso, probar una segunda vuelta con una pareja del pasado? Detalles más, detalles menos, de eso habla El amor menos pensado, la película dirigida por Juan Vera que tiene a Ricardo Darín y Mercedes Morán como protagonistas. Alcanza con hacer un poco de memoria para descubrir que, al igual que Un novio para mi mujer, de Juan Taratuto y Permitidos, de Ariel Winograd, la historia de El amor menos pensado se presenta como una variación de género de la comedia romántica. En todas ellas, lo que impulsa la trama no es que la pareja central se reúna -algo que ya sucedió en la prehistoria de la película- sino que se reúna de nuevo, que se vuelvan a juntar después de separarse.

Este tipo de películas responde a lo que el filosofo y teórico del cine, Stanley Cavell, bautizó "comedia de rematrimonio". Un subgénero surgido en Hollywood en los años 30 y 40 que se encarga de exponer las miserias y dificultades de la vida en pareja pero, también, las virtudes del camino de superación personal que hace posible volver a elegirse.

Según Cavell, el matrimonio conlleva necesariamente una decepción. Ya sea por la imposibilidad de domesticar la sexualidad sin volverla rutinaria, las luchas de poder que difícilmente encuentran un equilibrio o el utópico deseo de volverse uno sin perder la independencia, la ambición de una vida en común con otra persona pareciera destinada por anticipado al fracaso. Solo por medio de un diálogo sincero y un trabajo de replanteo personal y conjunto es posible darle continuidad o retomar un proyecto golpeado por años de desidia.

En este ida y vuelta es donde radica el entusiasmo de Cavell por este género perdido de la edad de oro del cine clásico. En la sutura de una brecha que parecía imposible de cerrar. En la adaptación como forma de someter nuestros deseos y necesidades a una evaluación mutua. Eso es lo que reconoce en películas como La costilla de Adán o La pícara puritana y que ahora vuelve como revival en la de Juan Vera: "El empeño en demostrar cómo el milagro del cambio se puede producir".

Por fuera de esto, poco parece importarle a Cavell defender los valores sociales del matrimonio en sí. Lo que le interesa es una lógica de funcionamiento general que se percibe en estas historias y que si bien surgen de la vida en pareja son compatibles con aspectos más amplios de la vida social: la reflexión introspectiva, el desarrollo de la capacidad de diálogo, la concepción de la experiencia como un aprendizaje... Solo así se vuelven posibles lo que él llama "buenos encuentros". Esos momentos que aparecen cuando la trama está llegando a su clímax y los personajes se muestran entregados, desprovistos de orgullo y enojo, capacitados para armar algo nuevo pero, ahora, con un compromiso en común.

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