Cómo se explica el fanatismo de los argentinos por la soda

Las burbujas son una pasión de multitudes, y si vienen en sifón mucho mejor
Las burbujas son una pasión de multitudes, y si vienen en sifón mucho mejor Crédito: Shutterstock
Natalí Ini
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24 de agosto de 2018  • 16:48

En la Argentina hay una tribu de fanáticos de la soda . Entre sus creencias están: el culto al sifón, la adoración a las burbujas, a la saciedad y la satisfacción de poder hacerla en casa. Nuestro país es el segundo con mayor consumo de soda, según un estudio de la empresa SodaStream. Durante el 2017, se consumieron en Argentina 2361 millones de litros de soda quedando por debajo de Alemania, primero en el ranking, con un total de 4711 millones de litros.

Los paladares fanáticos se enojan si uno confunde el agua gasificada con la soda. Eric Chaulet es uno de esos, dice que la burbuja es mucho más picante.Chaulet es un consumidor muy frecuente de soda: "La tomo a toda hora, pero para mí es la bebida perfecta para cuando te despertás en la mitad de la noche con la garganta seca, es ideal para ese momento, no hay otra que supere esa ocasión consumo", dice Eric que debe haber bebido gran parte de esos millones de litros que nos pusieron en el segundo puesto de consumidores. Vika Mustillo, otra fan, la prefiere en el desayuno y antes de dormir "pasa algo extraño al tomar soda, es como si te lavaras los dientes".

¿Culpa del vino?

Argentina siempre fue un país vinero. Todavía quedan algunos bebedores que eligen alivianar el vino y agregarle burbujas. "El vino con soda es una tradición local que llegó muy presente hasta los 80. Luego fue desapareciendo porque los vinos son más caros y la gente tiende a sodearlos menos. Pero en aquellas épocas el cruce era siempre con soda, diluía el consumo de alcohol, transformándolos en rosados", dice el periodista especializado, Joaquín Hidalgo, y da una pista sobre los orígenes del lugar protagonista que tiene esta bebida en las mesas argentinas.

Como en varios fanatismos argentinos, hay algo nostálgico y afectivo. Si bien desde los años 30 que el sifón llegó a los hogares, de esto da cuenta el Museo de la soda ubicado en Berisso. Con vino o sin vino los 80 efectivamente marcaron el amor por la soda de Mustillo de 36 años: "La tengo asociada a mi tierna infancia, casa de mis abuelos en Villa Lugano. Dos cajones de soda siempre al final del pasillo. El sodero venía 3 veces por semana. Mi abuelo es muy fanático de la soda y la toma helada al punto que te golpea la cabeza, que te hace doler un poco los dientes". Algo similar le pasa a Fernando Resnik, que cada vez que escucha el sonido del sifón "me transporto a los domingos de asado en casa, yo era chico y siempre pedía apretar ese gatillo, me divertía mucho".

Para Gustavo Botte, otro integrante de esta tribu, lo más lindo de la soda es ver cómo salpican las burbujitas cuando apenas se sirve el vaso desde el sifón, "mi mayor ambición cuando era chico era poder servir soda del sifón con una mano como mi papá, con los dedos sostener el vaso y con el pulgar apretarlo. Pero por el tamaño de mi mano de niño nunca me salía", recuerda Gustavo. Es posible que el fanatismo empiece desde chicos, el sifón tiene algo atractivo y lúdico. Y la soda no tiene azúcares ni colorantes, a diferencia de muchas gaseosas, lo que tranquiliza a muchos padres .

La nostalgia ganadora

Somos el segundo país del mundo que más consume esta bebida
Somos el segundo país del mundo que más consume esta bebida Crédito: Shutterstock

Estos enamorados de la soda no son unos improvisados. Pueden expresar en detalle lo que disfrutan de esta bebida. "La parte más deliciosa es cuando la burbuja se desliza por mi garganta, eso me da mucha felicidad", dice Vika Mustillo que también recuerda el sifón Drago en la casa familiar, donde el chiste era cargarlo de más y darle a alguien para que al servir, se dispare el sifón por la presión. Eric Chaulet, por su lado, destaca que es una bebida que no aburre, no empalaga y que lo que más disfruta es la burbuja picante y agresiva característica del sifón.

Francisco Valenzuela, de 29 años, empezó a consumir soda hace poco tiempo pero rápidamente se convirtió en su bebida preferida. De pronto se vio comprando sifones plásticos cada vez que iba al supermercado o comprando pequeñas botellas en el kiosco, porque el agua ya no le atraía. Por eso decidió comprarse la máquina SodaStream y en su casa le agrega burbujas al agua: "La verdad me ayuda a tomar mucho más líquido y es más cómodo. Además, me termina saliendo más barato y me dura un montón". Los amigos de Meme Traverso sabían de su amor por la soda y decidieron regalarle la máquina también, "estoy feliz con poder hacerme soda en casa, la tomo con hielo y limón, es una opción perfecta para este momento que empecé la dieta, tiene ese efecto de llenarte, hincharte pero sin el azúcar de las gaseosas".

El sodero tiene mala fama en las leyendas urbanas, sin embargo, el 69% de los consumidores recibe el producto a domicilio, un 19% lo compra en comercios al por menor y un 12% lo compra al por mayor (hoteles y restaurantes), según el estudio de SodaStream. Otros siguen utilizando el sifón Drago y otros las máquinas más modernas de hacer soda. El sifón de vidrio es poco frecuente pero algunos restaurantes lo ofrecen.

Difícil encontrar una sola causa a por qué los argentinos consumimos tanta soda pero está claro que tiene un lugar importante en nuestra cultura, de eso hay evidencia empírica. En el vino de los abuelos, en el vasito que acompaña el café en la confitería porteña y en el museo de la soda. Dicen que sobre gustos no hay nada escrito pero los fanáticos se toman el tema muy en serio. La soda no es un tema para tomarse con soda.

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