Cristina, una voz que se quedó sin relato

Héctor M. Guyot
Héctor M. Guyot LA NACION
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25 de agosto de 2018  

Y por fin habló. Fue un discurso largo, sobre todo porque nos habíamos desacostumbrado a sus peroratas. Por algo más de media hora ocupó otra vez el centro de la escena. Ante un auditorio cautivo desplegó sus habilidades para la fabulación con la convicción intacta. El problema es que ahora el relato ha quedado en franca desventaja ante las evidencias de la realidad y se le notaba el esfuerzo. En lugar de los aplaudidores de siempre, para colmo, se encontró con un desagradecido que le pinchó el globo justo cuando ella, cumplida la faena, se disponía a complacerse en el eco de su propia voz, que según se sabe es lo que más le gusta. Pero ni eso. Así de ingrato es el poder con aquellos que abandona tras haberles robado el corazón.

En una semana caliente, sin embargo, el discurso de Cristina Kirchner en el Senado no fue el acontecimiento más relevante. Tampoco los allanamientos a sus casas que sus compañeros se vieron obligados a ceder al juez Bonadio. Lo más importante de estos días es precisamente aquello que nos permitió escucharla una vez más, ahora en el brete de explicar lo inexplicable, y lo que precipitó la colaboración de sus exfieles servidores con la Justicia. Hablo de la multitudinaria marcha del martes frente al Congreso, que exigió el fin del blindaje parlamentario de la expresidenta ante las revelaciones que produce la causa de los cuadernos del remisero Centeno. Frente a un sistema con graves síntomas de descomposición, solo la presión de la sociedad sobre las instituciones permitirá que respondan ante la Justicia los responsables últimos del mayor saqueo que las arcas del Estado han sufrido en la historia.

Sin embargo, lo que la abogada exitosa alegó el miércoles y la réplica de su viejo soldado ahora emancipado ayudan a entender lo que está pasando en el PJ: desde que el deshielo del kirchnerismo derritió la unidad peronista, el movimiento parece un conjunto de témpanos a la deriva.

La expresidenta abrió la boca no para resistir los allanamientos, sino para ensayar una defensa ante las evidencias de la megacausa en la que aparece, según testimonios de empresarios y exfuncionarios suyos, en la cima de una asociación ilícita dedicada a vaciar el país en forma sistemática. Hizo lo que sabe hacer: victimizarse. Ella es una Juana de Arco dispuesta a inmolarse en la hoguera que los poderes concentrados reservan a los dirigentes populares que no claudican. Les pegó a Bonadio, a Macri y a los arrepentidos de Comodoro Py. Y se declaró víctima de una conspiración regional que ya se habría cargado a Lula en Brasil porque ganaba las elecciones. ¿Les suena? No hay caso, le das unos minutos y su pico te envuelve y vela el poder que ella y su marido concentraron: el intangible, que se extingue, y el físico, que según los cálculos asciende a cifras astronómicas y en algún lado estará escondido.

Pichetto la bajó de un hondazo. Semánticamente hablando, claro. Desestimó de entrada "toda esa pavada", esa "estupidez conspirativa" sin sustento. ¡Qué momento! El hombre que desde el Congreso construía el aval para que su exjefa concentrara el poder -el intangible y, por extensión, el otro- ahora la vapulea como quien se cobra calladas humillaciones. Sin embargo, el senador de las mil caras le garantizó enseguida el blindaje de los fueros e impuso con su bancada una versión propia y light de la ley de extinción de dominio, que opera como una amnistía respecto de lo robado en la década perdida. ¿Pretende que el Estado olvide las decenas de miles de millones de dólares que en buena medida explican la recesión y la pobreza actuales?

Un peronismo fragmentado pugna por acrecentar sus cuotas de poder y encontrar el camino que le permita recuperar el gobierno. Esa voluntad se manifiesta tanto en el orden político como en el sindical y la calle. Muchos harán lo que sea por complicar la gestión del Gobierno, que ya bastante se complica solo. Están en juego curros y privilegios, la inveterada costumbre de vivir del trabajo ajeno. Cristina y el resto del PJ están librando una batalla silenciosa. No se quieren, pero se necesitan. Por ahora. El peronismo soltará la mano de la expresidenta solo cuando el costo político de blindarla sea mayor que el de permitir que la Justicia actúe como corresponde.

Por eso la presión social es tan importante. Todos los que reclamaron el martes frente al Congreso forzaron a los senadores peronistas a permitir los allanamientos. También representan un aval y un mandato para el juez y los fiscales que están llevando adelante una causa inédita en la historia del país. A no olvidarlo: en la sociedad reside el poder de dejar atrás un sistema corrupto que condenó al país al atraso y la pobreza.

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