Mente superior domina mente inferior

Maritchu Seitún
Maritchu Seitún PARA LA NACION
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25 de agosto de 2018  • 01:04

En las consultas repito a menudo esta frase, viene de un chiste que escuché hace muchos años: Un japonés parado delante de una pecera logra que un pez haga piruetas de todo tipo. Un gallego se le acerca y le pregunta cómo lo hace y el japonés responde: "Mente superior domina mente inferior". Apenas se aleja el japonés el otro intenta hacer lo mismo y muy rápidamente boquea como un pez. El "japonés" representa para mi un ser humano integrado, que conserva el eje y actúa y habla desde ese lugar y así logra enseñar cosas al pez. El "gallego" (¿qué culpa tendrán los gallegos?) en cambio pierde su eje y se deja arrastrar por el pez.

Es muy bueno para nuestros hijos -y para nosotros, sus padres- que actuemos con ellos, les hablemos y les respondamos desde nuestro cerebro integrado la mayor cantidad de veces que podamos, que no se nos "vuelen los pájaros" decían nuestras abuelas. o que se nos vuelen pocas veces. Somos modelo para ellos tanto con nuestra respuesta integrada como con la impulsiva, acusatoria, generadora de culpa, poco empática, burlona, irónica, desconsiderada, quejosa, ofendida, desilusionada, asustada, insegura, preocupada, ansiosa, etc.

Cuando los chicos no se toman el trabajo de responder, nos insultan, revolean los ojos, dicen "no me importa" o "¿y qué?", no nos hacen caso, nuestro cerebro primitivo se siente atacado e intenta responder a su manera, ya sea devolviendo el ataque, huyendo o congelándose, esos son los tres recursos básicos del sistema límbico, rápidos, eficaces, muy útiles en situaciones de emergencia. En los mamíferos esa parte del cerebro toma el control porque sus respuestas son muy rápidas y efectivas en situaciones de peligro: nos ocurre cuando se nos cruza un auto en la autopista, o cuando alguien quiere bajarnos del auto y llevárselo con nuestro bebe en el asiento trasero. El sistema límbico responde con fuerza y eficiencia y es muy probable que gracias a él salvemos nuestra vida o la de nuestros chicos más de una vez. ¡Pero nuestra casa no es la selva! Y los chicos no están atacándonos, no son enemigos ni nos quieren comer, aunque a menudo parezca así. Los chiquitos son muy "límbicos" en sus respuestas, y muchos adolescentes también, les lleva tiempo, maduración de la corteza cerebral y nuestro modelo aprender a responder desde el cerebro integrado.

La mayoría de las situaciones en la vida diaria requiere una respuesta en la que participe nuestra corteza cerebral, la parte más "nueva" del cerebro, la más humana: una respuesta que incluya ideas, pensamientos y palabras del hemisferio izquierdo y también emociones, intuición y creatividad del hemisferio derecho.

De todos modos alguna vez vamos a desbarrancarnos ante una respuesta desubicada de nuestro hijo, ante una reacción excesiva, o ante una conducta inadecuada o irrespetuosa. Somos humanos y no siempre estamos descansados, de buen humor, atentos, tranquilos y/o tenemos la autoestima suficientemente alta como para no dejarnos afectar por la conducta o las palabras de nuestros hijos. Y se nos complica más todavía en la adolescencia cuando ellos -ante la necesidad imperiosa de desidealizarnos y marcar nuestros errores- nos sacuden con sus gestos, actitudes, palabras, hasta que perdemos el equilibrio y la capacidad de pensar bien.

Las buenas decisiones, los comentarios más eficaces, las consecuencias razonables anunciadas y bien puestas, es decir, las mejores respuestas vienen de una adecuada conexión con nosotros mismos, en la que no nos dejamos arrastrar por nuestras emociones, cuando podemos usar como señal nuestros enojo, vergüenza, inseguridad, tristeza, desilusión, o miedo, esas emociones intensas que a veces despiertan los chicos en nosotros, y que no siempre nos es sencillo procesar y digerir antes de responder.

Los neurocientíficos nos señalan que el camino para lograrlo es la respiración profunda. Cuando el sistema límbico declara emergencia inmediatamente acortamos la respiración, el oxígeno entonces no llega a la corteza y esta se desactiva, muy útil en emergencias pero no ante un hijo que contesta mal o que se niega a tender su cama, apagar la tele, ir a bañarse, estudiar, venir a la mesa, etc.

La próxima vez que nuestros hijos nos desafíen, o desafíen nuestra autoridad, en lugar de estallar o de contar hasta diez, respiremos hondo un par de veces para intentar mantenernos en el lugar de "mente superior". No para dominarlos sino para darles la mejor respuesta posible en esa circunstancia, la que los haga sentir queridos incondicionalmente, la que los ayude, la que puedan escuchar, la que les permita sabernos cerca de ellos.

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