Entre la euforia y una gran encrucijada

26 de agosto de 2018  

El espaldarazo multitudinario al Gobierno frente al Congreso, el "flan Casero" como nuevo estandarte oficialista y las últimas escenas de derrumbe explícito de Cristina Kirchner plantearían un mundo ideal para Mauricio Macri si no tuviesen que convivir al mismo tiempo con nuevos brincos del dólar y la depresión económica, hoy por hoy lo que más preocupa.

Macri es consciente de que mientras la economía siga en terapia intensiva y con "tormenta de frente", es necesario avanzar en otras cuestiones cruciales que también interesan a amplios sectores de la sociedad como adecentar la política y no tomar partido ni constituirse en obstáculo para que la Justicia avance y ponga bajo su lupa las promiscuas relaciones entre contratistas y proveedores del Estado con los gobiernos. Algo inédito, que habrá que ver si prospera hasta sentencias en firme sin quedar en una mera pantomima mediática/judicial. Se trata de una asombrosa paradoja: el "gobierno de los ricos" como se empeñó en rotular desde un principio el kirchnerismo, usando de claque a la izquierda y hasta a los voceros informales del Papa, es el que precisamente nada hace para impedir el desfile, por primera vez en la historia, de los más poderosos empresarios del país por los estrados judiciales.

El mundo del revés: no fue un gobierno "nac & pop" el que intentó disciplinar al mundo empresario. Muy por el contrario: fue un régimen de esa naturaleza el que maximizó en el ámbito de los negocios prácticas corruptas que ya existían. La prescindencia que Macri enfatiza en la causa de los cuadernos podría ser interpretada en un análisis autocomplaciente de cierto empresariado como una devolución de favores por la frialdad que una parte del "círculo rojo" supo tener como respuesta a las sucesivas exhortaciones que Macri les hizo para que apostaran a la inversión de manera más decidida. De todos modos, el jefe del Estado fue muy claro para marcar las nuevas reglas del juego al decirles en la reunión de hace unos días, propiciada por la Asociación Empresaria Argentina (AEA), que él y su equipo de gobierno están a disposición en caso de que los hombres de negocio sufrieran algún "pedido indebido".

El Presidente sabe que hay dos minorías intensas e incondicionales, la que confía plenamente en su gobierno, tanto en las buenas como en las malas y la que sigue ciegamente a Cristina Kirchner, por más que ya sean abrumadoras y bochornosas las evidencias de lo pavorosamente venal que fue su gestión. Y que pase lo que pase, ninguno de esos dos extremos cambiará su voto. Pero le preocupa la inmensa mayoría que hay en el medio que, castigada por las actuales inclemencias económicas, y sometida a cierto bombardeo mediático que iguala todo e inyecta desesperanza, podría romper ese frágil equilibrio. Es un amplio sector aún sin candidato a la vista.

"El desafuero [de Cristina Kirchner] no avanza porque sería romper la ley del club -no se cansa de repetir Macri entre sus colaboradores más estrechos-. Hay que terminar con la idea de que quien gobierna es el dueño del Estado".

Para restañar las profundas heridas inferidas por la corrupción no contamos con rectos nórdicos o germanos para regenerarnos; tampoco con angelitos inspirados ni duendes impolutos. Tendremos que hacerlo nosotros mismos a pesar de las propias miserias y errores que podamos arrastrar.

Salvando las distancias, Juan Carlos de Borbón y Adolfo Suárez salieron de las entrañas de la mismísima dictadura franquista y, sin embargo, fueron capaces de forjar una democracia que tan mal no le salió a España. Del mismo modo, algunos de los que tienen ahora en sus manos las máximas responsabilidades en la Justicia y en la política de aquí dejaron que desear en otros momentos. El gran desafío que enfrentan ahora es lograr la mejor versión de sí mismos de la que sean capaces.

Hay un clima de épocas -una que está dando sus últimos estertores, pero que se resiste a irse del todo, y otra que emerge con dudas e inconvenientes, pero que promete ser mejor-. Macri y Bonadio, solo por citar a dos de los protagonistas principales en esta coyuntura, tienen que tirar su propio lastre para redimirse y redimirnos como sociedad. De otra manera, no habrá cómo salir.

No solo ellos deberán estar a la altura de las circunstancias: también es una enorme oportunidad para que el empresariado se cure en salud. Por un raro instinto de conservación una buena parte de ese conglomerado apostaba fuerte en 2015 a Daniel Scioli. Ahora que ya hay varias cartas sobre la mesa, por efecto de los cuadernos y de la cascada de declaraciones de arrepentidos, tal vez empieza a quedar más claro por qué no levantaban la voz ni se atrevían siquiera a abrir la boca ante las continuas humillaciones a las que los sometía el gobierno anterior.

Macri, como principal timonel de la República, debe sumar a sus simpáticos encuentros con gente común y hacedores en Instagram, una comunicación más explícita de que se está ocupando personalmente de la economía. No alcanzan Dujovne y Caputo cuando la coyuntura aprieta tanto.

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