Una señal oportuna para el resto de la Sanzaar

Xavier Prieto Astigarraga
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25 de agosto de 2018  • 23:11

Once derrotas seguidas. Once. Casi dos Rugby Championship completos venían perdiendo los Pumas. Demasiado para un seleccionado que a esta altura, en su séptimo torneo compartido con los mejores del hemisferio sur -o sea, del planeta-, debía tener más que tres victorias y un empate. O al menos eso se podía proyectar en aquel 2012 inaugural para la Unión Argentina de Rugby en el certamen de más alto nivel de este deporte.

Este resultado contra Springboks, este desempeño reluciente ante una buena concurrencia en Mendoza, aparecen a tiempo como para disuadir de alguna mirada de reojo que pudiera estar apareciendo entre los neozelandeses, los australianos y los sudafricanos, que en los años más recientes doblegaron a los Pumas con más diferencia que en los primeros tiempos.

La larga serie de traspiés celestes y blancos coincidía casi entera con la participación de la UAR en el Súper Rugby, un torneo del que se esperaba otro impulso para el rugby argentino en general y para el seleccionado en particular. Casualidad o no, el efecto parecía ser el contrario: a mayor exigencia, mayor desgaste y menor progreso.

La Argentina seguía teniendo más satisfacciones en los mundiales que en los Championship. Probando con fórmulas opuestas: la defensa y el juego corto de la era Phelan, el sistema integral y la toma de riesgos del ciclo Hourcade. Lo que salvo excepciones siempre estuvo es la garra tan típica de los Pumas. Que sigue en la época de Ledesma, naturalmente. Lo que falta es, de una vez, la regularidad en el alto nivel.

Este equipo que gustó en Mendoza se parece más al de Jaguares que asombró en esa seguidilla de siete éxitos, incluidos los cuatro de la gira por Oceanía. Aparece a tiempo y debe sostenerse así, para que sus rivales, que tanto apostaron por la Argentina al aceptarla en su vecindario, terminen de sentirla como uno de ellos.

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