La revolución energética posible

Daniel Gustavo Montamat
Daniel Gustavo Montamat PARA LA NACION
Si trabajamos con metas y planes de largo plazo, podremos transformar la energía en un capítulo central del desarrollo económico y social
Si trabajamos con metas y planes de largo plazo, podremos transformar la energía en un capítulo central del desarrollo económico y social Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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27 de agosto de 2018  

Imaginemos por un instante que podemos viajar en el tiempo, ir al futuro y regresar al presente. Una nave espacial nos transporta a la Argentina del 2040. Allí tomamos contacto con la realidad de esa época y acumulamos antecedentes de los medios digitales y gráficos todavía existentes, incluidos los productos de la evolución de las redes sociales. Supongamos también que nos sorprende el título de un diario del año 2040: "La electrificación del parque automotriz llega al 80%, pero sigue creciendo el déficit energético". Munidos de todos los testimonios orales y escritos regresamos al 2018. Convengamos que la visita al futuro nos proveyó de la mejor predicción del porvenir energético que podríamos hacer desde el presente. Siguiendo los tópicos del titular que nos impactó podríamos predecir el reemplazo del motor de combustión interna que consume combustibles fósiles por el auto eléctrico movilizado por electrones. Se trata de una tendencia que empieza a insinuarse en la actualidad -como parte de la electrificación de la matriz energética- pero que en la Argentina del 2018, donde casi no hay autos eléctricos en el parque automotor, es incipiente.

En el presente, un 50% de los autos eléctricos están fabricados en China, donde ya hay 56.000 estaciones de carga. Aunque la venta de autos eléctricos creció un 54% el año pasado (se vendieron 1,2 millones de vehículos), todavía representa el 1% del parque total de alrededor de 1450 millones de unidades. Su eficiencia combustible es de un 70%, y el tiempo promedio de una carga es de 30 minutos. Si no tuviésemos los documentos que nos develan el mundo del 2040, podríamos preguntarnos en el presente si las celdas combustibles que almacenan hidrógeno no terminarán desplazando a las baterías de litio que hoy almacenan electrones.

Sin embargo, la información ambiental recogida advierte sobre la agudización del problema del cambio climático en un planeta que está lidiando con los trastornos de temperaturas medias que se aproximan en esa medición futura a los 2° centígrados por encima de los niveles preindustriales. Por eso hay fuertes críticas y cuestionamientos a las fuentes primarias fósiles de la electricidad que siguen alimentando una parte relevante de las baterías eléctricas.

El titular del año 40 en cuestión nos permite pronosticar que la Argentina va a seguir la tendencia mundial a la electrificación de su parque automotor, pero también nos anuncia que el desbalance comercial energético del presente llegó para quedarse. La Argentina empezó a tener un déficit comercial energético en 2011, ese déficit creció hasta los 7743 millones de dólares en 2013. En 2018 se ha reducido a unos 3000 millones, pero como el consenso de analistas asocia ese déficit a errores de política energética y destaca el gran potencial a desarrollar que tiene el país, cuesta asumir en el presente el dato predictivo que proporcionó la incursión en el futuro.

A esta altura el lector debe formularse una pregunta clave: ¿se podrá cambiar en el presente el curso de los acontecimientos que determinaron el futuro energético argentino que el viaje nos permitió conocer? Los deterministas dirán que no. Si es cierto que estamos "condenados al éxito", o, por el contrario, que nuestra "decadencia es irreversible", el 2040 energético del que tuvimos conocimiento en este ejercicio hipotético está escrito en piedra. Si, en cambio, el futuro está abierto, es posible afectar su rumbo con metas, planes, acciones y políticas conducentes planteadas desde el presente. Bertrand De Jouvenel, sostuvo que el futuro está abierto a alternativas condicionadas de futuros posibles ("futuribles"). A partir de 2015, la nueva gestión energética reinició el debate y el planteo de escenarios energéticos futuros. La prospectiva y la visión estratégica son clave en una industria capital intensiva que a menudo queda entrampada en el corto plazo y expuesta a la intervención discrecional de los gobiernos de turno. Primero se hicieron ejercicios de escenarios con referencia al año 2025, luego se revisaron los datos para establecer proyecciones al 2030. La técnica de escenarios permitió distinguir proyecciones alternativas que van desde la extrapolación de datos tendenciales hasta aquellas que asumen hipótesis de eficiencia y mayor inversión.

Hay dos tendencias dominantes en la proyección del futuro energético argentino: la importancia relativa del desarrollo del potencial gasífero y la mayor inserción de las energías renovables en la diversificación de la matriz energética. La Argentina tiene un gran potencial energético presente, tanto en recursos no convencionales (shale oil, shale gas) como en recursos renovables (viento, sol, agua, biomasa). El desarrollo de ese potencial y el balance energético de los próximos años dependerá de cuantiosas inversiones, de la evolución tecnológica que impacta en la oferta y la demanda (eficiencia, redes inteligentes, internet de las cosas), de las preferencias de los consumidores argentinos (energía barata vis à vis energía sustentable).

Si no hacemos nada en el presente, el escenario futuro de mayor probabilidad es el que extrapola la tendencia. Es posible que el 2040 nos encuentre comprando autos eléctricos en su mayor parte importados, con alguna mayor diversificación de las fuentes de energía, y con la mayor parte de los recursos no convencionales durmiendo el sueño de los tiempos en un mundo donde la preocupación creciente por los efectos del cambio climático puede tener efectos disruptivos en el paradigma energético mundial. Pero desde el presente se puede trabajar con metas y planes que se traduzcan en una política energética de largo plazo para cambiar el rumbo tendencial y transformar a la energía en un capítulo central del desarrollo económico y social que nos debemos.

El ministro de Energía ha explicitado pronósticos de producción de gas y petróleo para el próximo lustro que presuponen un drástico cambio respecto al escenario tendencial. La producción de gas natural crecería de unos 120 MMm3/día promedio en 2017 a 240 MMm3/d en 2023. Al fin de ese período se prevé una exportación de 100 millones de m3/d. La producción petrolera de unos 500 mil barriles por día en la actualidad aumentaría a más de un millón de barriles, y alrededor de la mitad tendría también como destino el mercado externo. Tomando precios actuales esa exportación podría aportar unos 15.000 millones de dólares por año y devolverle al sector un balance con fuerte superávit.

Por supuesto, hay una carrera de obstáculos hacia esas metas, en la que la evolución macroeconómica será determinante del clima de negocios. Hay que desarrollar nuevas demandas para el gas natural, en el mercado interno y en el mercado regional; y hay que proyectarse al mercado mundial de GNL (gas por barco). Hay que generar nueva infraestructura y redes logísticas y hay que seguir recorriendo la curva de aprendizaje para aumentar productividad y reducir costos. ¿Será posible? Si no estamos predestinados al éxito ni al fracaso, si el futuro está abierto, entonces depende de nosotros. De la estrategia, los planes y la política energética que implementemos para hacerlo realidad.

Doctor en Economía y doctor en Derecho

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