200 golpes de jamón serrano: Gustavo Garzón, en primera persona

Garzón, en escena, junto con Marina Otero
Garzón, en escena, junto con Marina Otero
Leni González
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27 de agosto de 2018  

200 golpes de jamón serrano / Dramaturgia: Marina Otero / Textos y actuación: Gustavo Garzón y Marina Otero / Asistencia en escena: Agustina Barzola Würth y Lucia Giannoni / Cámara y música: Fede Barale / Vestuario: Endi Ruiz / Diseño de espacio: Mirella Hoijman / Iluminación: Adrián Grimozzi / Asistencia coreográfica: Iván Haidar / Asesoría artística: Juan Pablo Gómez / Producción ejecutiva: Marina D' Lucca / Dirección: Marina Otero / Sala: Chacarerean (Nicaragua 5565) / Funciones: lunes, a las 21 / Duración: 70 minutos / Nuestra opinión: muy buena

"Me di cuenta de que yo era un hombre sin cuerpo. Pura mente. Pura palabra. Un actor sin cuerpo. Y me dije: 'Quiero hacer algo desde el cuerpo'. Quiero bailar, quiero cantar y quiero decir lo que se me cante el ojete. Quiero hacer una obra que surja de esta necesidad, de este desgarro emocional que siento. Donde no me importe la plata ni el cartel".

La primera persona pertenece a Gustavo Garzón, el actor y el personaje. Porque es él, con textos, fotos, recuerdos, imágenes propias, quien se desnuda ante los espectadores en busca de la verdad perdida en los pasillos de los canales y las salas comerciales. Un actor popular devaluado por el olvido de los productores, casi desconocido para los menores de treinta, empujado por la fuerza interior de los que deciden que todavía no llegó la hora de morirse.

Frente a él, Marina Otero, el personaje y la actriz, bailarina y directora. Tres décadas menos que Garzón, otra carrera, otras elecciones, otra experiencia artística: premiada por el proyecto, basado en la historia de su vida, Recordar 30 años para vivir 65 minutos (mejor dirección en danza en la Bienal de arte joven 2015), Otero trabajó con Pablo Rotemberg y Emilio García Wehbi, dos marcas artísticas que la identifican.

"¿Para qué quiero hacer yo una obra con un famoso? Y que tampoco es tan famoso. ¿De qué puede hablar esta obra? ¿Qué tiene de interesante un famoso pasado de moda? ¿Qué tiene para decir específicamente Gustavo Garzón? ¿Qué esconde Gustavo Garzón? ¿Quién es Gustavo Garzón?": preguntas que la directora se plantea ante el ofrecimiento laboral del actor. Por un lado, un nombre conocido, la plata necesaria y las ganas de trastocar un aburrimiento infinito causado por una carrera sin riesgos; por otro, energía autogestiva, vitalidad artística y el hastío por las expectativas insatisfechas y la eterna falta de medios. Dos potencias se saludan: on y off, lo comercial y lo alternativo, lo masivo y lo minoritario, la taquilla y el nicho, face to face para vampirizarse, sacarse provecho, aprender uno del otro o pelearse, una vez más, porque no hay manera de aparear al dinero con la libertad.

Queda como tarea para cada uno averiguar por qué este biodrama duplicado, estrenado el año pasado en el Teatro de La Comedia de La Plata y ahora en Buenos Aires después de pasar por el Festival de Rafaela, se llama 200 golpes de jamón serrano. Gran parte del público del Chacarerean encontrará a un Garzón inusual (salvo quienes lo hayan visto hace unos diez años en Sos vos, de Enrique Federman, con Manuel Vicente, en el Beckett, a poco tiempo de curarse del cáncer de lengua) que acepta el reto performático que le plantea Otero: contarse en carne viva con las costuras del proceso creativo al descubierto. Dos tramoyistas asisten durante toda la obra mientras en una pantalla se transmite en vivo y con la lupa de la cámara lo que pasa en escena. Y ellos, ambos protagonistas, traen de los pelos al presente de la actuación todo el camino transitado, los ensayos, las pruebas, las discusiones, los datos con nombre y apellido (Suar, Muscari, Fanego, Alicia Zanca, por un lado; Cacace, Federico León, Rotemberg, por otro) y su show más íntimo, el de los deseos crudos al descubierto.

"Esto, más que un biodrama, es un egodrama. Sobre una actor narcisista insoportable y una directora fracasada que no sabe qué hacer", dice Otero. "Tu teatro será muy moderno, pero la gente no va a entender un pomo", dice Garzón, que comparte, al final, pan y vino con los espectadores, un cierre para celebrar la autenticidad, aunque sea puro teatro.

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