Un detective de vidas minúsculas

27 de agosto de 2018  

Una biblioteca hogareña en situación de caos crónico puede deparar alegrías inesperadas. Como el reencuentro con un viejo ejemplar de El queso y los gusanos. Hojearlo, repasar marcas y anotaciones es entrar en el fascinante mundo intelectual de Carlo Ginzburg, pionero de la microhistoria, esa disciplina de artesano que ausculta el pasado dándoles voz a los casos particulares por encima de los fenómenos de masas.

El queso y los gusanos narra la historia del molinero Menocchio, muerto por la Inquisición. Basado en los expedientes del juicio, Ginzburg reconstruye el mundo de Menocchio: su vida cotidiana, sus ideas (el molinero sabía leer y escribir) y, partiendo de lo que comparte con otros campesinos, pero sobre todo de aquello que lo diferencia, llega a reconstruir fragmentos de la cultura popular de la época.

Nacido en 1939 en Turín, el historiador es hijo de Leone Ginzburg (héroe de la resistencia italiana y uno de los fundadores de la editorial Einaudi) y de la escritora Natalia Ginzburg. Esa herencia, sumada a la lectura de Benedetto Croce y Antonio Gramsci, fue decisiva en su formación.

Quienes captaron su interés como investigador han sido los marginados de la historia: pobres e iletrados, acusados de brujería o herejes. Para llegar a ellos -sorteando el obstáculo de una distancia de siglos con culturas mayormente orales-, este detective de vidas minúsculas se fijó una premisa: un individuo no es un objeto aislado, sino "el punto de intersección de muchas series". "La única categoría que no comprende más de un individuo es la que se define por la huella digital -afirma-. ¿Las huellas digitales son suficientes para identificar a un individuo? Sí, dentro de un cierto contexto policial o administrativo. Pero para el historiador, un individuo no puede estar constituido solamente por elementos individuales. También está constituido por elementos genéricos de todo tipo, que van desde microcategorías hasta conjuntos más amplios".

Con esa convicción se dedicó a buscar en testimonios y documentos los indicios (evidentes u ocultos) que le permitieran interrogar el pasado con las preguntas correctas. En esa búsqueda metódica es clave encontrar "el punto ciego" de un texto, ese sentido que emana de él sin que el autor lo pueda controlar. Ginzburg pone como ejemplo un escrito inglés del siglo XVII. Allí, "la figura del judío es usada para lanzar una duda sobre los milagros de Cristo. Esta duda es luego barrida por la voz 'oficial' del texto, pero la manera en la cual el judío se expresa está singularmente bien construida y argumentada. Yo llamo a esta figura 'el abogado del diablo': sirve para expresar lo que el autor no puede decir abiertamente".

De a poco, el historiador construye su "caso", noción deudora de la medicina y de la justicia, que refiere siempre a un marco general. Los "casos" que elabora Ginzburg, si bien individuales, encuentran limitada su singularidad por las barreras de la época y la clase social a las que pertenecen. De ese círculo, reflexiona en El queso y los gusanos, "nadie escapa sino para entrar en el delirio y en la falta de comunicación. Como la lengua, la cultura ofrece al individuo un horizonte de posibilidades latentes, una jaula flexible e invisible para ejercer dentro de ella la propia libertad condicionada".

Hay en Ginzburg una ética del trabajo, hija del rigor en la búsqueda y exégesis de documentos, que impide al historiador actuar como un justiciero. Pero también hay en él -que conoció la violencia antisemita y vio en los procesos inquisitoriales simetrías con la persecución nazi de los judíos- una ética profundamente humanista, obligada con la justicia. En ese sentido el historiador puede reconstruir los hechos del pasado y mostrar, con pruebas, cuáles de esos hechos fueron crímenes. La lucidez de sus contemporáneos permitirá aprender de la experiencia y evitar que la injusticia se repita. O no...

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