Peronistas en ebullición, tras el alegato de Cristina

Claudio Jacquelin
Claudio Jacquelin LA NACION
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27 de agosto de 2018  

Un amplio sector del "frente peronista que busca su destino" le agradeció a Cristina Kirchner una expresión de su discurso del miércoles pasado en el Senado. No fue "la historia me absolverá" de Fidel Castro, en el juicio por la fallida toma del cuartel Moncada, en 1953, sino el "no me arrepiento de nada" expuesto en su defensa por la expresidenta frente a las acusaciones de megacorrupción . La frase podría pasar a la historia por el efecto inverso al que tuvo la del revolucionario cubano, que terminó llevándolo al poder absoluto.

No solo aquella oración revivió ilusiones de varios peronistas antikirchneristas, sino toda su agria alocución autodefensiva, que se sumó a las expresiones vengativas o directamente amenazantes de otros senadores cristinistas. Ninguno de ellos respondió a las preguntas ni rebatió las pruebas que surgen de la causa de los cuadernos . Mucho menos buscaron acercar posiciones con viejos o nuevos adversarios ni con los sectores de la sociedad que reclaman transparencia. La victimización y el revanchismo no suelen sumar socios.

"El discurso de Cristina fue como el puente de Génova", ironizó un dirigente justicialista, en alusión a la estructura que colapsó en Italia hace dos semanas. "Dejó a varios compañeros atrapados en el medio y a otros los hizo interrumpir abruptamente su tránsito hacia el Instituto Patria", completó, en obvia referencia a los deslizamientos hacia las orillas cristinistas que venían produciéndose antes e incluso una vez destapado el escándalo de los cuadernos de la corrupción.

El caso finalmente parece empezar a tener efectos prácticos hacia dentro del peronismo. Por ahora, porque todo es provisional en el país y, sobre todo, en esta causa que amenaza involucrar a muchos más de los que ya están complicados.

Los proyectos para avanzar hacia un proceso de unidad peronista o una elección interna amplia, que incluya al kirchnerismo, al Peronismo Federal e, incluso, al massismo, volaron por el aire el miércoles. También prescribieron las elucubraciones sobre un paso al costado de Cristina para facilitar el armado de un frente unido contra Cambiemos. La expresidenta dijo que la quieren proscribir para una postulación que no precisó, pero que ya parece obvia. Su archirrival Miguel Ángel Pichetto terminó por explicitarlo: "No se preocupe, que podrá ser candidata [a presidenta] en 2019".

Al lado de Pichetto se solazaba Rodolfo Urtubey, cuya cara por un momento se transmutó en la de su hermano Juan Manuel, el gobernador salteño y protocandidato presidencial. Pocos celebraron más que él lo ocurrido la semana pasada. Solo en el Gobierno podrían emparejar su alegría, si no fuera porque tienen bastantes más motivos para estar preocupados, incluso por los efectos no deseados del caso.

El acto de anteayer en el microestadio de Ferro que pretendía ser la segunda escala del relanzamiento kirchnerista, luego del encuentro de hace dos semanas en Ensenada, mostró la nueva realidad. No solo no estuvo la estrella del evento anterior, Máximo Kirchner, seguramente ocupado con las visitas de los agentes judiciales a algunos de los domicilios de su madre. Tampoco asistieron la mayoría de los intendentes bonaerenses que fueron a la gesta de Ensenada y permitieron amplificar el himno al voluntarismo político, más conocido como "Vamos a volver".

La provincia de Buenos Aires y, especialmente, el conurbano constituyen el espacio que más complicaciones aporta a cualquier proyecto peronista emancipado de Cristina, aunque el intransigente alegato autoexculpatorio y sus derivaciones podrían empezar a cambiar en algo las cosas.

La nueva crisis, que en el Gran Buenos Aires ya es enteramente económica y social (no cambiaria ni financiera), difumina carencias de décadas, relativiza obras recientes y potencia míticos pasados mejores. Allí, a diferencia de lo que ocurre en el resto de esa provincia y del país, creció siete puntos la imagen de Cristina en la primera quincena de agosto, según una encuesta de Poliarquía. Allí es donde los cuadernos no les llegaron a muchos ciudadanos, más preocupados por la subsistencia que por relatos que no les suenan a nuevos y que -presumen- no tendrán finales distintos. Trágica pero inevitable consecuencia de una historia de frustraciones.

Tal vez por eso varios jefes comunales del conurbano y algunos líderes de movimientos sociales con fuerte arraigo territorial, como Daniel Menéndez, de Barrios de Pie, dicen que el ánimo en los sectores postergados es más de tristeza y preocupación que de bronca. "En todo caso, hay una bronca que tiende a la implosión antes que a una explosión violenta. Pero todo es demasiado frágil como para que cualquier evento pueda provocar un desborde. Hay una conflictividad acumulativa", dice Menéndez.

No es muy diferente el cuadro que pintan el intendente de San Martín, Gabriel Katopodis, o el de Hurlingham, Juan Zabaleta, dos jefes comunales que se ilusionan con la reconstrucción de un peronismo más allá de ese dique y esa ancla que, al menos hasta ahora, ha sido Cristina, tan adictiva para un electorado que no ve un sustituto que lo ilusione. Sin embargo, la recuperada centralidad de la expresidenta durante estos días podría tener un efecto tan nocivo como el de una sobredosis. Así lo admiten referentes de distinto signo que perciben un creciente descontento con la política en general.

Tanto los dirigentes sociales como los jefes comunales y hasta el gobierno de María Eugenia Vidal admiten la fragilidad de la situación y el aumento de asistentes a comederos y merenderos comunitarios. Solo se diferencian sus apreciaciones respecto de la magnitud de ese triste incremento de la demanda. Lo palpable es el crecimiento de la ayuda para evitar desbordes. Los gobiernos nacional y provincial han elevado el stock de alimentos para la asistencia y los intendentes dejan de cambiar luminarias para comprar comida. "Al primer reclamo, ni te preguntan qué necesitás y te tiran bolsas de comida", dice un referente social.

Salvo algunos sectores periféricos del kirchnerismo y de la izquierda radical, nadie parece estar apuntando a estallidos. Aunque algunos cristinistas, incluido algún exmiembro de su gabinete que hasta no hace tanto exudaba moderación y responsabilidad, parecen celebrar la crisis. "Acá estamos, mirando cómo estalla todo", dijo a este cronista con una inquietante sonrisa un prominente exministro kirchnerista que acababa de comer en el restaurante de uno de los hoteles más caros de Buenos Aires.

Los intendentes y los referentes bonaerenses del panperonismo no kirchnerista que quieren y tratan de ubicarse lejos de esas expresiones (¿de deseos?) no pueden evitar estar sometidos al influjo de la fuerza de gravedad cristinista tanto para la construcción interna como para la relación con el Gobierno. Un verdadero dilema cada vez que deben negociar algo. Se llame ese algo presupuesto, menos recortes o continuidad de obras en sus territorios o ingenierías electorales que les den competitividad por fuera de la bipolaridad. Eso los diferencia abismalmente de Juan Manuel Urtubey, que se permite gestos de colaboración sin temor a que le impongan el mote de colaboracionista. A diferencia de sus compañeros de la provincia de Buenos Aires, lo prefiere antes que el estigma de obstruccionista. Está convencido de que al final el electorado va a premiar a los que privilegien la gobernabilidad. "Se trata de no estar en el medio de la grieta, sino de desarrollar una lógica superadora", explica.

Del laberinto pretende salir por arriba, con mucho voluntarismo y todavía no demasiado acompañamiento. Por eso mismo, el salteño tiene una relación directa con Mauricio Macri, quien evita involucrarse en el diálogo con el resto del peronismo no kirchnerista, al que le desconfía, no entiende y, a veces, maltrata. La compleja realidad peronista refuerza prejuicios y aversiones presidenciales, y debilita, al mismo tiempo, a los exploradores oficialistas que buscan algún sendero que los lleve a lograr los votos y el apoyo que necesita el Gobierno para sacar leyes y para legitimar medidas cuyo éxito está inhibido de asegurar, dada la performance mostrada en las más de dos terceras partes de mandato consumidas.

En el peronismo moderado, que excede la singularidad de Urtubey, asumen que Rogelio Frigerio, Horacio Rodríguez Larreta, María Eugenia Vidal y Emilio Monzó cuentan con el permiso del Presidente y de su alter ego, Marcos Peña, para dialogar, pero también dan por hecho que no tienen mandato para cerrar ningún acuerdo que se aparte de un contrato de adhesión a los objetivos que busca el Gobierno. Un problema tanto para la oposición racional como para el oficialismo, en que las grietas, los recelos y las demandas de cambio (de modos, de tácticas y también de nombres) crecen al compás de la suba del dólar y del riesgo país y alientan rumores y especulaciones.

En el sector en el que recala buena parte del Peronismo Federal y el massismo hay una coincidencia básica en busca de un difícil equilibrio: están decididos a permitir que se apruebe el presupuesto, lo que los aleja del todo del kirchnerismo, al mismo tiempo que se ven obligados a reforzar algunas expresiones más claramente opositoras.

La desconfianza está intacta. Quizá sea a un lujo caro que se está permitiendo la política frente a esta pobre realidad económica y social. Lo peor es que siempre puede haber algún responsable que diga que no tiene nada de qué arrepentirse.

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