¿Qué es el Mommy Brain y por qué hace que crezca nuestra materia gris?

Al convertirnos en madres, se prenden y apagan ciertas luces de nuestro cerebro. Sabé qué nos pasa, por qué y cómo nos pega Crédito: Ilustración de Flopa
29 de agosto de 2018  • 16:25

No recordamos los nombres de nadie, siempre estamos con las palabras "en la punta de la lengua" (pero no nos salen), guardamos el control remoto en la heladera y perdemos las llaves de casa tres veces por semana. La mente está como "desaparecida en acción", falla, no podemos concentrarnos o simplemente se nos corta el wifi en plena conversación. Esta rareza, que los expertos bautizaron como "mommy brain" o "baby brain" y sucede durante el embarazo y hasta un año después de ser madres, se da por cambios a nivel físico y cerebral. Es que el cerebro se expande, crece en materia gris, para poder recopilar y manejar toda la información nueva que está viviendo, al mismo tiempo que se encuentra muy ocupado y con la atención puesta en el bebé.

¿Por qué nos pasa?

La llegada de un hijo implica una revolución para nuestra vida, nuestras hormonas y, también, para nuestro cerebro. El cerebro siempre cambia cuando aprendés algo, y tener un bebé es uno de los aprendizajes más intensivos de la vida. Pero entonces, si tiene que ver con algo vital y no de género, ¿también le pasa al hombre? La química de su cerebro también cambia, aunque en menor medida, ya que el desbalance hormonal juega un papel importantísimo en nuestro caso. Por ejemplo, el exceso de progesterona y estrógeno afecta directamente las neuronas y las funciones cognitivas y eso impacta directamente en nuestra memoria de corto plazo y en nuestras capacidades intelectuales.

¿Se agranda o se achica?

Ciertas áreas de materia gris disminuyen (se pulen y pierden ciertas capacidades que no "necesitamos" y están ocupando lugar que hay que redistribuir) y otras crecen para ayudarnos a transitar nuestra nueva realidad. En una mirada más general, si bien el primer año "se apagan" algunas luces que repercuten en nuestra memoria o concentración, "se prenden" otras que fortalecen el vínculo con el bebé y su supervivencia. Es un proceso plástico en el que la mente se reorganiza y que, aunque al principio pierda cierta agudeza, en el mediano y largo plazo siempre gana (¡y crece, obvio!).

¿Qué luces se prenden?

Nos volvemos expertas a la hora de detectar miedo, enojo y asco en las caras de nuestros hijos. Todo es puro beneficio evolutivo y fortalece la comunicación entre la mamá y su bebé. Además, el olfato, el oído y el tacto nos ponen en perfecta sintonía con el mundo exterior y en alerta máxima también. Y el duro training que supone ser mamás nos suma a la hora de ser multitasking, cumplir plazos, manejar interrupciones o simplemente permanecer calmas en plena crisis. Y como ya todo esto es un montón, para todo lo demás está Google Calendar o las notas de voz del celular. Las madres mejoramos, no hay duda, solo que nuestro cerebro está más ocupado en cosas de vital importancia. Sepan disculpar.

¿Cuáles se apagan?

Es difícil negar que un hijo pone en jaque ciertos espacios personales que antes disfrutábamos plácidamente. La falta de sueño, los jefes que no colaboran, las tareas cotidianas repetitivas y una cantidad considerable de óleo calcáreo son parte del paisaje actual.

¿Volvemos a ser las mismas?

Las investigaciones muestran que el cambio en la estructura de las regiones involucradas puede ser permanente para facilitar el camino hacia un próximo hijo. Sin embargo, la alteración hormonal que nos tiene más dispersas y renueva nuestro olfato, gusto, apariencia y sensaciones es temporal (aproximadamente un año).

En qué cambiamos

1. INGENIERAS DEL TIEMPO. Nos volvemos expertas en el manejo del tiempo. No necesitamos reloj para saber que ya pasaron tres horas y el bebé tiene que volver a comer. Además, somos más sinceras con lo que queremos y lo que no queremos. Elegimos mejor, y a conciencia, en dónde invertir nuestro tiempo.

2. FLEXIBLES. Ganamos en capacidad de adaptación y en el manejo de situaciones de crisis.

3. EXPERTAS EN GADGETS. Podés usar el saca-leche con los ojos cerrados, sos capaz de esterilizar 6 mamaderas en 3 minutos, le encontraste la vuelta al bendito termómetro electrónico y podés diferenciar las distintas texturas de los chupetes.

4. MÁS EMPÁTICAS. Mejoramos nuestra capacidad empática para detectar miedos, enojos o asco. Si bien no podemos leer tal cual lo que les pasa (¡ojalá pudiéramos!), somos las que mejor los entendemos.

5. BAJA AUTOESTIMA. En lo académico o profesional, sentimos (y muchas veces es real) que no rendimos como antes. También, hay un bajón de autoestima en cuanto a nuestra imagen corporal y sexual.

6. SIEMPRE ALERTAS. Agudizamos los sentidos (sobre todo el olfato, oído y tacto) y tenemos menos tolerancia al llanto de un bebé (para responder más rápido, incluso dormidas).

7. SIN MEMORIA. No nos salen las palabras (¡olvidate de hacer un crucigrama!) y perdemos la memoria a corto plazo.

8. DESCONCENTRADAS. Afecta también nuestras capacidades cognitivas: nos cuesta concentrarnos (en cualquier cosa que no sea el bebé), estamos más dispersas y distraídas.

9. SIN FILTRO. En todo sentido. Decimos lo que se nos canta (a nuestra pareja, a nuestras amigas y ¡a nuestra suegra!). Además, al sacar el foco de nosotras, también perdemos un poco la vergüenza. No nos importa que se nos escape el protector mamario por el escote ni llamar a la pediatra a las 3 de la mañana .

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Experta consultada: Katherine Ellison, excorresponsal extranjera ganadora del Premio Pulitzer por su trabajo como investigadora y autora del libro El cerebro de mamá. Cómo la maternidad estimula la inteligencia.