Historias a la deriva

Diana Fernández Irusta
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28 de agosto de 2018  

La vi desde el auto; era como un aguijón de dolor. Una mujer de unos 60 años, el pelo corto y canoso, un cartel en la mano. "Ayúdeme -decía el mensaje escrito a mano-, necesito volver a mi país".

Pasé otra vez, a pie, por el mismo lugar. No la encontré ni pude, en el vértigo anónimo de una esquina porteña, descubrir quién era o qué había sido de ella.

Inevitablemente, pensé en mi madre y el año riguroso -noche tras noche, llanto tras llanto- que le llevó aceptar que había llegado a un país llamado Argentina y que España quedaba, definitivamente, muy lejos. Pensé también en mi padre y en el tramo de sus recuerdos que menos solía frecuentar: la Retirada, filas interminables de derrotados en la Guerra Civil Española pisando la nieve cruda de los Pirineos, rumbo a la frontera con Francia. Y él, un niño entre tantos, aprendiendo a decir las palabras de un primer destierro.

Quienes desean vivir experiencias, viajan; quienes, por las razones que sean, descubren que su lugar de origen se tornó irrespirable, migran. Algunos, cuando pueden, regresan. Otros echan raíces en algún nuevo lugar y guardan la memoria de aquella tierra a la que nunca hubieran querido dejar como un secreto hondo, triste, acariciado. Pero también están los que no encuentran reparo en el lugar hacia donde huyeron, ni brazos que los reciban allí de donde partieron; difícil medir la dimensión de su soledad, lo abismal de su desamparo.

Quizá la mujer del cartel perteneciera a este último grupo. Se me desdibujan el rostro, la voz que nunca escuché, las palabras que hubieran delatado parte de su historia: ¿habrá venido de Venezuela? ¿Colombia, quizá Paraguay? ¿Europa del Este? Allá quedó su relato, naufragando en el apuro que me impidió conocerlo. A la deriva.

Y ocurre que más que su rostro, fue su cartel lo que se me volvió a aparecer de improviso, mientras miraba publicaciones periodísticas, hace unos días. Diario El País, una foto, un título ( La hora azul), un pequeño texto. A primera vista, la imagen de unas cuantas barcazas arrumbadas en una playa. La periodista Naiara Galarraga Gortázar aclara: se trata de un cementerio de pateras, utilizadas para trasladar migrantes a través del Mediterráneo y ahora amontonadas en el puerto de Cádiz. Embarcaciones más bien desvencijadas que, uno sospecha, no deben haber estado en mucho mejor estado a la hora de portar su doliente carga humana.

"Fueron construidas a conciencia -escribe Galarraga Gortázar-, como diseñadas para cruzar esa línea donde los dos continentes casi se tocan". Construidas para salvar la distancia entre África y Europa; ni demasiado veloces ni aptas para sostener largas jornadas; apenas "suficientemente sólidas para transportar a un centenar de migrantes hacinados". Los nuevos condenados de la tierra. Los que -¿hay que volver a decirlo?- no dejan sus países ni exponen sus vidas, a veces junto a las de sus hijos, porque lo deseen, sino porque permanecer donde están es aún peor que todo lo que les pueda esperar del lado de lo desconocido. Condenados por las tragedias (políticas, ambientales, bélicas) que hicieron añicos sus proyectos de vida. Condenados por quienes -y son legión- descubrieron la mina de oro que yace bajo mayor tragedia del siglo XXI. Porque los actuales refugiados y migrantes no solo son parte de la más descomunal ola de desplazamientos que haya conocido la humanidad; son también víctimas de quienes lucran con la promesa de un traslado, una frontera; alguna mínima, escuálida y carísima facilidad. Condenados, en fin, por miles y miles de personas que, de diversos modos y en distintas partes del mundo, no ven en ellos desesperación, sino amenaza.

Hace mucho, mucho tiempo, un señor llamado Immanuel Kant previó alguna que otra cosa y habló de la "hospitalidad universal". Derecho de todos y deber para todos. Siempre es bueno, dicen, volver a las fuentes.

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