River liquidó la serie con un 3-0 ante Racing en un típico partido caliente de Copa

Copa Libertadores Ronda de 16
  • 3
River Plate

River Plate

  • Lucas Pratto /
  • Exequiel Palacios /
  • Rafael Santos Borré
  • 0
Racing Club

Racing Club

Andrés Eliceche
(0)
29 de agosto de 2018  • 18:25

No necesitó esta vez River desplegar el aura de equipo copero, un sello de la era Gallardo, para ganar un viejo clásico del fútbol argentino, esta vez revestido con los colores de la Libertadores , y agregarle un pequeño capítulo más a ese idilio que sus hinchas mantienen con el entrenador. Discutida en los escritorios hasta el aburrimiento en los días previos, al final la serie más histérica de los octavos de la Copa se resolvió con un 3-0 exagerado en el número pero no en el merecimiento. Sin haber desarrollado un ejercicio de fútbol de alto vuelo, pero mejor en todos los aspectos del juego, River se quedó con el pase para enfrentar a Independiente después de abrir el arco rival, eso que no le salió en los cuatro partidos anteriores y que tanta falta le hacía. Rota esa barrera, otra vez se anota en la carrera internacional, la que más lo atrae en los tiempos modernos. Así lo expresó el estadio en ese rugir del final.

Los estados emocionales impactan decisivamente en el desarrollo de este juego. Según avanza el guion se va dibujando un electrocardiograma, con las subidas y bajadas que reflejan el andar del partido. Aunque hay excepciones: el Monumental describió una parábola riverplatense que fue en ascenso durante todo el primer tiempo al compás de un equipo que se hizo dueño del resultado y el juego, en ese orden de aparición. Los baches hacia abajo en toda esa etapa llevaron la camiseta de Racing, tímido desde el arranque, pesado en sus movimientos y aturdido a partir del gol de Pratto, consecuencia de la mejor jugada de la noche.

Escena del segundo gol de River
Escena del segundo gol de River Fuente: LA NACION - Crédito: Daniel Jayo

Cualquier especulación naufragó con ese derechazo redentor del delantero a la red de Arias: debido al 0-0 de la ida, se eliminaba la posibilidad de una definición por penales, así que no había nada que cuidar. Ordenado a partir de Enzo Pérez como un 5 de posición, River fue a partir de la ventaja una amenaza latente, una formación concentrada en aprovechar las flaquezas defensivas del rival. La enjundia de Borré -mal canalizada tantas noches- tenía en Pratto quien lo sirviera; el talento de Quintero -aun con su empeño estéril de pretender que cada pase suyo sea de gol- y la vitalidad de Nacho Fernández conformaban un combo sobrio pero demasiado consistente para un Racing que nunca arrancaba.

¿Qué proponía Coudet? Ser ancho con Centurión -siempre en el centro de las miradas, empleó más energías en discutir que en jugar hasta irse expulsado- y cadencioso con Neri Cardoso; tener control con Domínguez, vértigo con Zaracho y potencia con Lisandro López y Bou. Tan poco cosechó de todo eso que desnudó otra cosa: con el plan A desactivado por el gol de Pratto, lo que fallaba (o le faltaba) era la convicción para ponerse a la altura de su necesidad. Tan mal pisado andaba que la tormenta que amenzaba la zona del estadio se desató solo sobre sí mismo: un tiro libre mal gestionado en ataque terminó, diez segundos después, en el gol de Palacios en el otro arco.

El entrenador -muy aplaudido antes del comienzo- buscó mejores ideas en Pol Fernández en el arranque del segundo tiempo, mientras River ya acomodaba su cuerpo para estacionarse más cerca de Armani: Quintero era volante decidido y no enganche, y Pérez cada vez más patrón del medio. Debía Racing salir a remolcar una serie con todo en contra, incluso sus fantasmas: los golpes sucesivos que sufrió en el final del semestre pasado -quedar fuera de la Copa Argentina y regalar la clasificación a la próxima Libertadores- entraban a jugar también. Tantos kilos en la mochila, al final, fueron imposibles de convertirse en soluciones para un problema de difícil resolución a esa altura. No tuvo tampoco el envión de encontrar un gol que lo reavivara, ni siquiera en las tres ocasiones que lo merodeó: claro, estaba Armani.

Centurion señala con sus dedos el Cuarto gol con Boca
Centurion señala con sus dedos el Cuarto gol con Boca Fuente: LA NACION - Crédito: Daniel Jayo

Ese final de remolinos, empujones y algún golpe de más -que les valió la roja a Enzo Pérez y Centurión- fue un fogonazo que no cambió la perspectiva del asunto. Todo había sido resuelto demasiado tiempo antes. Gallardo, el más ovacionado de la noche, disfrutaba esta vez camuflado en un palco por la sanción que le impidió salir a escena. El acto había concluido con la sonrisa de River, otra vez.

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