Todos somos el otro de otro

29 de agosto de 2018  

Existe un adagio tan aceptado como poco comprendido. Se lo ve por doquier. En cualquiera de los supuestos manuales de usuario de la existencia -mejor conocidos como libros de autoayuda- y también en los consejos de un anciano a quien ya no le quedan más lecciones por aprender, excepto la postrera. Algunos abjuran de esta máxima, es cierto, y otros declaran que, simplemente, es impracticable. El escepticismo inquebrantable siempre ha sido una madriguera de lo más acogedora.

Pero ¿qué significa que la verdadera felicidad es hacer felices a los otros? ¿Es un eslogan políticamente correcto? ¿O contiene, acaso, una de las pocas simientes de verdad en las que podemos confiar?

Me encontré por casualidad con Daniel López Rosetti en un pasillo, aquí en el diario, hará un mes. Le agradecí su último libro, Emoción y sentimientos, cuyo subtítulo es tan brillante que lo cito toda vez que puedo. A mi juicio, explica en dos líneas casi todas nuestras conductas. Dice: "No somos seres racionales, somos seres emocionales que razonan".

En esa charla, que no duró más de cinco minutos, volvió a iluminarme y, por fin, luego de años de presentir que aquel adagio es cierto, que buena parte de nuestra dicha está en hacer felices a los otros, López Rosetti me proporcionó un dato clave, la pieza que cerraba un complejo e insondable rompecabezas.

Nos pusimos a hablar de las emociones humanas más básicas, las que están al mando en la mayor parte de las nuestras decisiones, y resulta que todas ellas tienen una explicación evolutiva. La emoción más primigenia es el miedo, lo que es bastante lógico.

La siguiente tiene que ver con la enormidad de tiempo que nos lleva dejar de ser unas criaturas indefensas y convertirnos en adultos independientes. Esa emoción es el amor, y al ser fundamental, impensada, ciega e indiscutible, cimenta la familia humana.

Miedo y amor. Tiene sentido. Pero entonces López Rosetti me dijo cuál era la otra emoción básica que completa la trinidad de nuestra naturaleza. "Tiene que ver con la tribu, con el grupo humano -explicó-. Esa emoción es el altruismo".

La palabra altruismo tiene, como muchas de nuestro idioma, una sutileza guardada en uno de sus pliegues semánticos. El altruismo es procurar el bien ajeno, cierto, pero es hacerlo aun a costa del propio. No llega a ser un sacrificio, pero podría serlo. Supone poner al otro primero, cuando menos.

Hay aquí algo del imperativo categórico kantiano. Si el altruismo no fuera una emoción básica o si su lugar lo ocupara el egoísmo, como cree el cínico de fuste, hace rato que el mundo hostil en el que dimos nuestros primeros pasos nos habría devorado.

El altruismo suena como algo raro. No lo es. Es una de las leyes de nuestra psiquis, y es tal vez la más interesante, porque es contraintuitiva. No es hacer el bien al prójimo porque nos sobra; es hacer el bien al prójimo incluso cuando nos falta, cuando no podemos, cuando estamos atravesando una mala racha. Constituye una de las deliciosas paradojas de nuestra condición, y es, como la mayoría de ellas, un inagotable juego de reflejos. Nos hace bien hacerle el bien a otro, incluso a costa del nuestro; al hacerlo salimos de una angustia que nos cierra la garganta y de esa suerte conseguimos el ánimo para doblegar nuestra propia adversidad.

Cada acto de altruismo, pequeño o grande, es un punto en el tejido de la humanidad. Cada acto de altruismo confirma una verdad inmemorial, esa que dice que el otro es inaccesible, que es un misterio, pero que es, al mismo tiempo, uno mismo. Dar parte de tu tiempo a tu comunidad, ayudar a resolver un problema al vecino, donar sangre, no importa lo que hagas por los demás, el altruismo está por todas partes, todo el tiempo. Porque todos somos el otro de otro.

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