Charly García volvió a encantar a su público con La Torre de Tesla (y sus picantes observaciones)

Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri
Dolores Moreno
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29 de agosto de 2018  • 01:58

Charly García volvió a ser Charly García. Sus temas no pasaron uno a uno sin intervalos, su banda no tocó sin que él decidiera cuándo debía hacerlo, en sus canciones no se escucharon más otras voces que su propia voz. Pero principalmente, Charly volvió a ser irreverente, a referirse a sus temas con impertinencia, a reírse de sus intentos para probar suerte en "la industria anglosajona", a hacerle un "ojo" a un hombre que estaba cerca de Mecha, su novia. Así se lo vio sobre el escenario al dueño del bigote bicolor, que rompió su propio récord de los últimos años: tocó casi dos horas en el Gran Rex.

Lejos queda la imagen de esos conciertos donde parecía deslucido y solo se concentraba en seguir como un soldado las partituras sin interrupciones. En su quinto show "sorpresa" del año -el último había sido hace un mes en Córdoba-, Charly, sentado en su trono y rodeado de teclados y sintetizadores, se mostró firme, centrado y al mando. "Hoy es el día en que muere el rock", anunciaba a poco de comenzado el show y, más tarde, haría parar la intro de "Asesíname" al son de "qué músicos independientes... ¡nadie me mandó una carta documento para avisar que empezaba el tema!".

Con un setlist de 25 canciones, en la cual hizo hincapié en su carrera de solista -salvo por algunas excepciones, entre ellas, "Instituciones", de Sui Generis-, García paseó cómodo por diferentes etapas de su vida, pero hubo una en la que parece haber puesto más atención. Mientras que de su último y reconocido disco, Random, eligió hacer cuatro canciones "La máquina de ser feliz", "Otro", "Lluvia" y "Rivalidad", también recorrió algunos temas que no llegaron a convertirse en himnos y que datan de sus tiempos más oscuros como "Cuchillos" -que se lo dedicó a Mercedes Sosa, que podía verse en las pantallas- de Say No More, "In The City That Never Sleeps" y "King King", de Kill Gil, e incluso la canción con la que se despidió del escenario, "Shisyastawuman", de Cómo conseguir chicas, siguió esa lógica.

Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri

Desde temprano el Gran Rex se llenó de miles de fanáticos del hombre del oído absoluto. Con los clásicos brazaletes de Say No More y remeras con la cara de García, hacían fila para ingresar al teatro. Algunos se acercaron a la puerta para ver si conseguían un ticket. Al haberse anunciado el show con tan solo cuatro días de antelación, muchos se quedaron sin entradas.

Los primeros acordes de "El Aguante" se empezaron a oír casi una hora después de las 20:30, hora en que iba a arrancar el recital. Sentado en el costado derecho del recinto, García se imponía con un traje brillante y azul eléctrico. Cerca, Rosario Ortega, en voz, y Zorrito Von Quintieros, en teclados, sus escuderos, y en la segunda línea, los tres chilenos: el guitarrista Kiuge Hayashida, el baterista Toño Silva y el bajista Carlos González. De fondo, la Torre Tesla funcionaba como centro visual. Por momentos, el teatro se convertía en un lienzo apocalíptico, con rayos intermitentes en un cielo rojo, violeta, azul. En otros, imágenes de películas clásicas como King Kong, Psicosis o Toro salvaje complementaban la puesta. También algunos videos viejos del músico tocando e incluso un boomerang con su caída del noveno piso del hotel mendocino.

Si bien el show siguió la línea de lo que venía haciendo el músico desde febrero pasado cuando se presentó en el Coliseo, hubo algunas sorpresas. Una de ellas, la presencia de David Lebón, ex Serú Girán, con quien hicieron, primero, "No llores por mí Argentina" y, después, el tema pedido por el Zorrito, "Peperina" ("una historia de una gruppie", explicaba Charly minutos antes). "Estoy feliz de estar acá, aunque nos veamos poco, te amo siempre", le dijo Lebón a García y comenzaron a tocar. El solo del guitarrista se expandió por todo el teatro, donde las generaciones convivían con la misma actitud de escucha, desde los centennials, que solo pueden soñar con ver en vivo a Serú, a los sexagenarios, que fueron contemporáneos.

Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri

Una tormenta eléctrica, que cobraba vida en la Torre de Tesla, parecía el mejor fondo de pantalla para el cowboy de traje azul, la corista -de dorado-, que por momentos elegía sentarse en un sillón, y el tecladista, Von Quintieros, que, cada tanto, se dejaba poseer por los sonidos eléctricos de los sintetizadores. Así pasaron "Cerca de la revolución", en la que García pedía más rock ("Vamos que esto no es cumbia"); "Rezo por vos" ("Un brindis ¿por quién...? por el Flaco Spinetta. La gente decía que nos odiábamos...", se burló el Charly charlatán); "Fax U"; "Reloj de plastilina" (donde García, que en más de una oportunidad se lució con solos de piano, explicó que él solo quiere jugar). Tras preguntarle al Zorrito qué seguía: llegaron "Influencia", donde hubo un apagón en el escenario, y "Promesas sobre el bidet", canción elegida para despedirse. Una bola de boliche lanzaba haces de luz, el público saltaba eufórico y García parecía extasiado. Podía seguir, como en esos tiempos en que tocaba cinco horas sin parar, pero tampoco para tanto...

Los bises

Tras 20 minutos de espera, Charly volvió a salir al escenario para ofrecerle un set de bises a su entusiasta audiencia
Tras 20 minutos de espera, Charly volvió a salir al escenario para ofrecerle un set de bises a su entusiasta audiencia Crédito: Gerardo Viercovich

García se fue del escenario y su gente quedó enardecida. Después de los primeros minutos de espera, en total fueron 20, empezaron los primeros cánticos con tintes políticos que derivaron en un pedido por el "aborto legal en el hospital". Después, el mismo público entonó "Inconsciente colectivo" y "Rasguña las piedras" a cappella hasta que, finalmente, un sonido distorsionado volvió e encender la adrenalina: "Los dinosaurios" y, un tema que no venía haciendo, "Pasajera en trance". Cual director de orquesta, García manejaba los sonidos con sus manos. "Qué temazo", dijo antes de cambiar nuevamente el clima. Pasadas las 23, Charly se paró de su trono por primera vez y, escoltado por Ortega, se esfumó por el costado del escenario, segundos antes de que se cerrara el telón.

De menor a mayor, así va García en los escenarios. Desde que volvió a tocar parece ir tomando confianza y sintiéndose más a gusto show a show . Este in crescendo se siente tanto en la potencia de su voz como en sus elocuentes observaciones. Esto y la ya instalada sinergia con su banda, donde cada uno sabe perfectamente cómo amoldarse a él y cuidarlo -sea Rosario Ortega con los agudos en muchas de las canciones, o el resto de los músicos, que conocen cada tema a la perfección y pueden hacer magia ante cualquier desliz. Esto da como resultado una comunión que muchos creían imposible.

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