Heredé el desinterés paterno por los autos

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
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30 de agosto de 2018  • 00:00

A diferencia de sus hermanos mayores y menores, mi padre no manejaba vehículos de ninguna clase. Excepto aquellas tardes en que lo vi arriba de un tractor, en Río Seco, nunca ocupó el asiento del conductor en la Ford cremita (llamada la "ñata" porque no tenía trompa, me dijeron), ni el Citroën de Alfredo, ni una de las motos de Nicolás, dos de sus hermanos. También a diferencia de ellos, mi padre sabía nadar. Entraba al lago del Embalse Río III sin grandilocuencia; no se arrojaba al agua desde el murallón ni de los espigones. Caminaba y, cuando ya no hacía pie, empezaba a nadar crol. Con él cruzamos una vez el lago desde el balneario hasta los fondos de la casa del Pato Carret en un barrio llamado Embalsina. Incluso en los veranos, Carret actuaba como un personaje del Pato Carret. Nos hablaba a los chicos que le pedíamos autógrafos con voz de pato. Manejaba un auto larguísimo que tenía siempre el aspecto de haber sido recién lustrado.

Toda la mitología automovilística, que imagino que muchas familias comparten, para mi padre era una materia aburrida e insulsa, que lo hacía levantarse de la mesa como si siguiera un instinto o como si hubiera escuchado un llamado inaudible para el resto de los presentes. No se dejaba impresionar por las marcas de los autos que, como sucede incluso entre las personas todavía hoy, tenían estatus diferentes. Aunque tíos y sobrinos trataban de interesarlo, de fascinarlo con anécdotas de corridas, visiones en la ruta y desperfectos solucionados de manera casi milagrosa (con la rama de un espinillo o la pluma de una perdiz o la piedra lisa de un arroyo, siempre en medio de la nada), él tomaba su radio o el diario vespertino del día anterior y se iba caminando hacia atrás. Los diarios llegaban al mediodía a Río Cuarto y recién a la mañana del día siguiente al almacén del cruce de caminos.

Heredé ese desinterés paterno por los autos. Siempre como pasajero más o menos enterado de los problemas que pueden afectar a ese símbolo (de tantas cosas: prestigio, poder, dinamismo y aventura), presté atención a las historias de los dueños de autos. Para muchos era una indispensable herramienta de trabajo y para algunos, un instrumento de seducción y entretenimiento. De búsqueda y exploración, para otros.

En muchas novelas y cuentos los autos son un personaje más. En Christine, la novela de Stephen King, un Chrysler Plymouth Fury de 1958 es el protagonista absoluto, un vengador de las humillaciones padecidas por responsable a cargo del volante. Una novela de Walter Kappacher, Flechas de plata, deja entrever una trama de decepción a través del relato sostenido de carreras automovilísticas. Y hace unos años, Ediciones en Danza le encargó a Maximiliano Legnani (un apellido célebre en el periodismo automovilístico argentino) una antología de poemas sobre autos. Edgar Bayley, Alicia Genovese y María del Carmen Colombo, por mencionar solo a poetas argentinos, encontraron en los autos un motor de la lírica.

Hace poco, la editorial Barnacle publicó el libro de un poeta argentino, Diego Colomba, en cuyo título asoma la trompa de un auto. En Papá trajo a casa un cuatro ele conviven el padre, el auto y la escritura. El libro toma el nombre del primer poema, "Papá trajo a casa un cuatro ele que le dieron como forma de pago". Si bien la escritura y el padre vuelven a aparecer como motivos en otros poemas, el libro "arranca" con el auto. Se puede inferir que al haber sido dado como forma de pago el valor del cuatro ele no podía ser muy grande, ¿pero cómo se mide el valor que damos a las cosas?

Este el hermoso primer poema del libro de Colomba: "Y qué si enchispara esta ruina de motor/ que enchastra el porlan/y explotara ilusionada en la íntima demolición de la tarde/ se pregunta con menos lirismo un hombre vacío/ que ensaya en la palanca de cambios/ disparos sin consecuencias:/ seguramente sentiría en la punta de los dedos/ el ritmo alternante de una realidad que falla/ desaparece y se reanima/ en otra parte".

¿Enchispar, enchastrar, demoler, ensayar y fallar pueden considerarse formas alternativas de designar la escritura (y la lectura) poética? Algo se pone en movimiento cuando leemos el poema; pasajeros de autos hechos con palabras (y ritmo), viajamos al corazón de una intimidad ilusionada con un objetivo común y universal: llegar por fin a otro lugar donde la realidad ha cambiado o, al menos, no insiste en fracasar.

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