En Rusia no jugamos contra Alemania, pero aún así nos ganaron otra vez

30 de agosto de 2018  • 23:59

¿Es pertinente comparar la situación de la selección argentina con la de su similar alemán? Mejor aún: es menester hacerlo. La pertinencia está garantizada desde hace más de 30 años, cuando el seleccionado nacional cobró envergadura gracias a un verdadero proyecto de competencia y argentinos y alemanes comenzaron a frecuentarse en las finales de la Copa del Mundo. Y es beneficioso hacerlo, porque desde 2006 Alemania se ha vuelto la gran bestia negra de nuestras cándidas ilusiones en los Mundiales. Si no es posible vencerlos y tampoco es factible la unión -como postula el dicho- lo más sensato, entonces, es aprender de ellos.

Alemania se fue de Rusia un rato antes que la Argentina. No es que nos haya ido mucho mejor, pero eso no ocurría desde. ¡1978! La reciente autocrítica de Joachim Löw, el entrenador que vivió la gloria de 2014 y todavía saborea la amargura que se llevó de Rusia, fue feroz. Que lo hayan confirmado en el cargo antes (y después) del Mundial seguramente tiene que ver con esa puesta en escena. Pero a dos meses de su momento más oscuro, la "Mannschaft" ya se puso en marcha. Que es mucho más de lo que se puede decir de la selección argentina.

"Mi mayor error fue pensar que con nuestro estilo dominante pasaríamos la fase de grupos", dijo Löw esta semana, al presentar su planes para la nueva etapa de su selección. "Fue casi arrogante. Debería haber preparado al equipo como lo hice en 2014, cuando había un equilibrio entre los ofensivo y lo defensivo".

Un nivel de asunción de errores de este calibre no se ha visto nunca en entrenadores argentinos al cabo de una Copa del Mundo salvo, quizás, Marcelo Bielsa en 2002. La rescisión de su millonario contrato con la AFA le impidió a Jorge Sampaoli hacer un balance público de su gestión. Sin embargo, cualquier entrenador del seleccionado asume siempre, aún de manera tácita, un compromiso moral con los hinchas, que normalmente debe honrarse con las explicaciones del caso. Lo mismo ocurre con el capitán. Honrarse de alguna forma, de la manera en la que lo permitan los contratos firmados.

"No hay nada que endulzar", insistió Löw en Münich. "Fuimos muy por debajo de nuestras posibilidades y pagamos por eso". El técnico aceptó que le redujeran su staff y -lo más interesante- encaró una renovación parcial del equipo: en la convocatoria para su próximo partido, en diez días y contra el campeón Francia, incluyó a 17 de los 23 jugadores que llevó al Mundial. Dos de los seis que se quedaron afuera (Özil y Gómez) renunciaron. Y Leroy Sané, el chico del Manchester City que dejó afuera del Mundial, fue finalmente convocado. La lectura es transparente: "los jugadores no se equivocaron, la responsabilidad es mía", estaba diciendo con su convocatoria.

En la Argentina, en cambio, un entrenador interino motoriza el recambio con la esperanza de hacerse un lugar, mientras todo lo demás está pendiente. Demasiado poco para lo que supo ser la celeste y blanca.

A diferencia de 1990 o 2014, esta vez no jugamos contra Alemania. Pero, aún así, nos ganaron. De nuevo.

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