Que viva la música

Diego Golombek
Diego Golombek LA NACION
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2 de septiembre de 2018  

Crédito: Enríquez

En el maravilloso cuento "Musak", de Mario Benedetti, la música funcional de la oficina enloquece a los empleados hasta que todos terminan diciendo excentricidades como "A la porra. Y gangrena". Este Musak (Muzak en el original) es una marca comercial de música de fondo que fue muy pero muy popular desde los años 60 en adelante. ¿Será verdad? ¿Qué efecto tiene la música que suena en el trabajo, en el supermercado, en la sala de espera del dentista, sobre nosotros, nuestro estado de ánimo y comportamiento. Un par de científicos franceses de la Universidad del Sur de Bretaña, Nicolas Guéguen y Céline Jacob, han dedicado buena parte de su vida a desentrañar este misterio musical.

Así fueron, por ejemplo, a una clínica dental, a investigar si la música que suena en la espera y en el consultorio nos afecta. Sí, y bastante: la presencia de melodías suaves hizo que el tiempo de espera se estimara como más breve y, lo que es más importante, disminuye el nivel de dolor sentido por los pacientes. Ojo: el control es el silencio absoluto; habrá que ver qué sucede si se lo compara con algún dulce tema de Metallica o AC/DC.

Si de espera se trata, qué mejor que analizar -y odiar- la musiquita que nos ponen en el teléfono mientras aguardamos que alguien nos atienda. Nada es casual: la musiquita odiosa funciona, y nos hace estimar el tiempo transcurrido como más corto, y ayuda a que esperemos más antes de cortar (en comparación con el silencio). Ahora ya lo saben.

Pero siguen los conciertos. Guéguen y Jacob analizaron si la música de fondo de un sitio web influye sobre la elección de cuartos de hotel. El resultado fue clarísimo: la música percusiva africana (con instrumentos tipo djembé) favoreció la elección de cabañas en el exterior, mientras que el jazz (instrumental) hizo que los clientes escogieran al hotel central.

A veces el efecto en el comportamiento es aun más evidente. Los franceses realizaron un experimento en un restaurante, con o sin canciones, esta vez con letra, y específicamente con "contenido social". Cuando estas letras sonaban de fondo. ¡los comensales dejaron más propina a los mozos!

Y ahora. el amor. En un trabajo convenientemente llamado Love is in the air, nuestros científicos encontraron que la música romántica hacía gastar más dinero a los clientes de una florería, en comparación con música pop o silencio. Hay algo de congruencia entre el tipo de música y el objetivo (comprar flores) que fomentaba este comportamiento.

¡Hora de visitar el bar! Cuanto más alto el volumen de la música de fondo, los parroquianos tomaron más cerveza (y más rápido). Quizá fuera que, ya que no se podían escuchar, aprovechaban para levantar esos vasos. Y las canciones que se pudieran relacionar con el alcohol -las de crooners, como Tom Waits, o las que explícitamente hablaran de bebidas- lograban retener más tiempo a los clientes en el bar.

Por supuesto que los mercados no pueden quedar afuera de estos estudios biomusicales. Cuando suena música de dibujos animados, los pequeños clientes de los comercios de golosinas se quedan significativamente más tiempo que si suenan los 40 principales. La música popular, por su parte, mejora las chances de que los eventuales compradores se queden y gasten más en un mercado al aire libre.

En definitiva, la música está en todos lados: en una fiesta, en el canto de los pájaros, en un concierto o en cualquier situación en donde se nos quiera inducir a un comportamiento determinado, en general de índole comercial.

Y todo sin que nos demos cuenta. A la porra. Y gangrena.

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