Cómo hacer para no contagiar a los chicos con nuestro estrés

En un contexto difícil y con la velocidad de cada día, podemos afectar más de lo que creemos el bienestar de nuestros hijos
En un contexto difícil y con la velocidad de cada día, podemos afectar más de lo que creemos el bienestar de nuestros hijos Crédito: Shutterstock
Lic. Marina Lisenberg
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30 de agosto de 2018  • 18:20

La actualidad política y económica nacional, la situación crítica global y el desequilibrio del ecosistema planetario nos cargan en la vida cotidiana con preocupaciones, incertidumbre, angustia. Bajo tensión todos vemos disminuidos nuestros recursos: desde el desgano al dolor.

¿Cómo no afectar a quienes nos siguen con el impacto que nosotros padecemos? ¿Cómo preservarlos?

En tanto padres y educadores , con los desafíos que se multiplican en nuestras casas y escuelas, podemos considerar que prestar atención, en lo individual y colectivo, tiene el potencial de producir impacto en el modo de cuidarnos, en nuestras relaciones y cómo habitamos nuestro mundo. Cada uno de nosotros habita sistemas humanos (familia, aula, vínculo asistencial) con una forma propia de restaurar nuestro equilibrio y cultivar bienestar . Somos interdependientes.

Aunque la situación sea desagradable y sobre todo por eso: en vez de huir de los desafíos y distraernos con pantallas, con consumos, aislándonos o enfermándonos, podemos pausar, conectar y ejercer un rol activo y transformador en relación con la realidad interna de cada uno y con los demás.

Los padres, los profesionales de la salud y por supuesto los docentes pueden usar cada momento como una oportunidad: una comida, un recreo, un traslado, una tarea o cuidar una mascota. ¡Son microsituaciones y la práctica es portátil!

Podemos enseñarles a los chicos o adolescentes cómo responder bien en vez de reaccionar impulsivamente. Pausando y respirando un par de veces en una situación de conflicto, atajando el trato hostil y desmesurado; disponiendo a reconocer y aceptar lo que sucede en cada momento; no apurándonos y respetando los tiempos de cada uno. Porque hay que entender que los chicos tienen otra manera de reaccionar y otro ritmo.Podemos darles permiso para sentir si algo les agrada o no. Validar que son las señales del cuerpo las mensajeras y aceptarlas. Captar las emociones que experimentamos con más nitidez y descubrir opciones para manejarlas mientras las sentimos.

Básicamente: reconocer nuestra vulnerabilidad cuando algo nos desafía y descubrir cómo pausar cuando lo necesitamos en vez de contagiar automatismos. De eso se trata estar plenamente presentes.

Pasos para practicar

  • Encontrar momentos al despertarnos o acostarnos para sentir el cuerpo, antes de tocar el teléfono móvil o cualquier otro dispositivo electrónico. Puede ser un breve recorrido por nuestro cuerpo con atención plena que nos permita arrancar el día, o terminarlo, más conectados y presentes.
  • Respirar con atención plena antes de responder a un timbre, un mensaje de texto o una llamada telefónica. O mientras el agua está en ebullición para prepararnos una infusión o el pan en la tostadora o algo se calienta en el microondas.
  • Probar los primeros mordiscos de comida o tragos de líquido, con atención, saboreando.
  • Aprovechar para respirar con atención mientras se enciende algún aparato electrónico o se carga un juego o una película. O estamos esperando un ascensor.
  • Al caminar hacia el colegio o el club o la parada de ómnibus, elegimos detenernos a inhalar y exhalar al parar en un semáforo o cruzar una calle o leer una señal vial.
  • Hacer filas con atención plena en la postura, la respiración y todo lo que nos rodea.
  • Cuando nos damos cuenta de que estamos en una situación estresante, podemos tomar en cuenta la presencia de tal dificultad y reconocer: "Es complicado para mí". Luego, preguntarnos: "¿Qué necesito?"

Podemos tener en cuenta al chico o adolescente con el que existe un conflicto, para prestarle atención plena. Llevamos nuestra atención a su postura y respiración. Conectamos en silencio con su lenguaje corporal: ¿Cómo habla cuando habla?, ¿Cómo anda por la vida en estos tiempos? ¿Qué es lo que rescata para compartir? ¿Cómo y qué dice o dibuja? ¿Qué ve del mundo? ¿Qué necesita ahora? ¿Cómo se mueve? ¿Cómo se comporta? ¿Cuáles son sus necesidades en este momento de su vida?

Lic Marina Lisenberg . Autora de "El secreto de Emilia" Ed. Sudamericana y de "Atención Plena para niños y adolescentes. Prácticas de Mindfulness en la crianza, la salud y la educación" Ed. Grijalbo.

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