Del Nunca Más al ¿nunca más?

Sergio Suppo
Sergio Suppo LA NACION
(0)
2 de septiembre de 2018  

"Sin plata no se hace política", dicen desde hace décadas hasta en el local partidario más recóndito de la Argentina. "Sin pagar coimas es imposible trabajar", repiten con los micrófonos apagados los contratistas del Estado. "Roba, pero hace", celebraron los votantes de los ganadores de turno, allá por los años noventa.

La aceptación de la corrupción fue mantenida en la década pasada, con el añadido de la negación de lo evidente.

En esas tres frases puede resumirse la explicación del crecimiento de un sistema disfrutado en el poder y aceptado por quienes validan con sus opciones electorales a los gobernantes de todos los niveles. La corrupción nunca vino sola. Un aceitado sistema de sobres y bolsos también alimentó a los tribunales para garantizar impunidad.

Todo fue tan usual que la naturalización del fenómeno lo convirtió en poco menos que inamovible y rompió la posibilidad de ver lo obvio. Las coimas son, en gran parte, la infraestructura y los servicios públicos que faltan y se pagan inflando el verdadero costo en porcentajes que también fueron creciendo.

¿Hace falta decirlo? Es dinero que sale del bolsillo de los ciudadanos. El Estado se lo entrega a una empresa, que en un alto porcentaje regresa en un bolso o una transferencia a un paraíso fiscal al funcionario que articuló el contrato. El kirchnerismo perfeccionó este esquema con una fuerte centralización de la recaudación. Con la excusa de "hacer política" y de "poder trabajar", formaron una sociedad dinámica y con mutuos beneficios. En paralelo, unos y otros pronunciaban discursos con supuestas críticas cruzadas contra la "oligarquía empresaria" y en favor de "la seguridad jurídica". Un éxito rotundo en la decadencia del país.

Paradoja: Horacio Verbitsky, uno de los sostenes intelectuales del kirchnerismo, escribió durante el menemismo un libro cuyo título anticipa el esquema que engrandeció a la familia presidencial. Robo para la corona no tiene, sin embargo, una segunda parte sobre la década ganada.

¿Los argentinos tomaron conciencia y están en condiciones de convertir en inaceptable lo que toleraron? Con las pruebas ante los ojos, sin embargo el cambio no está garantizado. Y mucho menos ahora, cuando predomina a escala global un desprecio por lo tangible.

Un nuevo estado de conciencia colectivo requiere de un compromiso similar al que los argentinos asumieron cuando por fin se restableció la democracia, en 1983. La idea del Nunca Más superó al informe que con ese nombre llevó la Conadep sobre las violaciones a los derechos humanos en la dictadura. Nunca más hubo un quiebre al sistema democrático porque un consenso implícito hizo imposible salir de un sistema básico de libertades. Todo, a pesar de una y mil crisis económicas y hasta institucionales, y de los intentos interesados en malversar el pasado en beneficio propio.

Tal vez un cierto pesimismo sobre el destierro de la corrupción sea un primer paso para hacer posible el cambio. Es un pesimismo alimentado por las primeras reacciones de los actores del presente. Votantes que generalizan la desgracia para evitar asumir que sus dirigentes robaron; dirigentes que con cierta sorna celebran la desgracia ajena, y empresarios que alertan por el "mal clima para los negocios" que generan las investigaciones.

Tampoco es todavía posible saber si los jueces y fiscales actúan porque ya no tienen presiones o si lo hacen para contentar al poder de turno. Pero una cierta esperanza sobrevive entre esas dudas. No es poco.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.