Migrantes. El rostro trágico del siglo XXI

Desde la Segunda Guerra Mundial, nunca antes tantas personas se habían visto obligadas a desplazarse, desde todos los puntos del planeta, bajo condiciones de violencia y fragilidad extremas. Una crisis humanitaria que va en aumento y exige respuestas globales

2 de septiembre de 2018  

No importan los muros, el desamparo de la vida clandestina o en campos de refugiados, el rechazo, los insultos, los ataques de los xenófobos en Alemania contra campamentos turcos o en Pacaraima, al norte de Brasil, contra inmigrantes venezolanos. No importa siquiera el riesgo cierto de morir en caravanas que desafían montañas y desiertos, en las aguas del Mediterráneo o colgados de La Bestia, el mítico tren que recorre México de sur a norte y todos los días deja a cientos de pobres diablos a las puertas del sueño americano o del infierno. Aquí o allá. Muros, guardias, fronteras y leyes de mano dura muestran a la vez su eficacia y sus límites: disminuye el ingreso de inmigrantes irregulares en Estados Unidos y Europa -las endurecidas democracias del mundo desarrollado- pero cada vez hay más desplazados en el mundo, amontonados en campamentos fronterizos de países vecinos que son verdaderas bombas de tiempo para los equilibrios regionales e internacionales.

Eso confirman las cifras. Según datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), el desplazamiento poblacional forzado alcanzó un nuevo máximo histórico en 2017: 68,5 millones de personas. Es el quinto año consecutivo en que se alcanza un máximo histórico. Son millones y millones de personas obligadas a dejar atrás casas, pueblos, tías y abuelos, idioma y raíces, hermanos y escuelas (el 53% de los desplazados del mundo son niños y niñas). Huyen de la guerra, de economías devastadas, de desastres naturales, de la violencia tribal o de las garras del narcotráfico. Caminan con la determinación de quienes no tienen mucho más para perder.

¿Por qué se lanzan sin papeles? ¿Por qué no se quedan en sus países?, se escucha y se lee. "Tienes que entender, nadie pone a su hijo en una balsa a menos que el agua sea más segura que la tierra". Los versos de la poeta somalí Warsan Shire, refugiada en el Reino Unido desde su infancia, sugieren un modo de comprender esas decisiones. "Quisiera irme a casa, pero mi casa es la boca de un tiburón" , dice en su poema "Hogar".

Es verdad que nunca en la historia hubo tantos migrantes en situación irregular (solo en Estados Unidos hay 11 millones; en Europa, 6 y en Rusia otros 6 millones) y que esa clandestinidad fomenta la entrada en un mundo clandestino, que favorece delitos. Sin embargo, las estadísticas no muestran un aumento de inmigrantes irregulares fronteras adentro del mundo desarrollado. En rigor, ese número -políticas de tolerancia cero mediante- viene bajando. El colapso está en la periferia pobre: el 85% de los refugiados está en los países en desarrollo. Pero, como enseña el proverbio chino, "el aleteo de las alas de una mariposa pueden provocar un tsunami al otro lado del mundo".

¿Por qué se llegó a esto? Como parte de una intelectualidad cercana a la izquierda, el sociólogo polaco Zygmunt Bauman asociaba el fenómeno de las migraciones con ciertos rasgos del capitalismo financiero. En Extraños llamando a la puerta, describe una dinámica económica global que supone la "producción de ?personas superfluas' (excedentes e inempleables)". Mientras en el extremo desarrollado del planeta vastos sectores de la población temen perder su trabajo, en el otro extremo quienes ya lo perdieron todo no dudan en desplazarse en busca de horizontes más promisorios. Así, los migrantes serán una codiciada mano de obra barata, pero también temidos competidores en el mercado de trabajo. E incómodos mensajeros de una era marcada por la incertidumbre.

Paradojas en tránsito

En sintonía con esa perspectiva, Lelio Mármora, director del Instituto de Políticas de Migraciones y Asilo de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, apunta al creciente grado de desigualdad que trajo la globalización: países cada vez más ricos y otros en la pobreza absoluta. Pero señala otro factor gravitante, la comunicación global: "Hoy, los que están en los países pobres saben que hay lugares con muchas más oportunidades y que la diferencia es sideral. El poder de paridad de compra, que mide cuánto puede comprar una persona de acuerdo a las horas que necesita trabajar para comprarlo, lo pone blanco sobre negro: entre España y Mauritania esa diferencia es de 1 a 40. Los mauritanos trabajan 40 veces más que los españoles para tener el mismo consumo. En México, 5 veces más que en Estados Unidos. Esto ahora se ve, la gente sabe, y los que miran no son los más pobres de los pobres, son los que saben a lo que pueden llegar, saben lo que quieren, tienen aspiraciones de progreso".

América Latina es hoy la tercera región con más desplazados del planeta, después de Medio Oriente y África. A este panorama caliente, se sumó en los últimos años el éxodo venezolano, uno de los movimientos masivos de población más grandes en la historia de la región, según la Acnur. Colombia, México, Guatemala, El Salvador y Honduras son los países más asediados por un entramado letal de economías precarias, instituciones débiles, guerras de carteles narcos, que hicieron que el desplazamiento fuera el último recurso para salvar la vida en comunidades enteras victimizadas y atemorizadas.

Una mujer carga sus cosas en medio de la caravana que camina hacia Perú por la autopista Panamericana en Tulcan, Ecuador, tras cruzar Colombia Fuente: AFP Crédito: LUIS ROBAYO

A su vez, las condiciones del éxodo son tan extremas que los organismos de derechos humanos hablan de más de 70.000 centroamericanos desaparecidos en el intento de atravesar México para llegar a Estados Unidos. Desde hace más de una década la Caravana de Madres Migrantes Centroamericanas recorre pueblos, cárceles, hospitales, en busca de esos hijos de los que no han tenido más noticias. Apenas han logrado reubicar a unos 280. Como si se los hubiera tragado la tierra, o las pandillas o los carteles de la droga o las mafias de trata de personas. "Una madre nunca se cansa de buscar", cantan esas mujeres salidas de los pueblos más pobres de América mientras caminan con las fotos de sus hijos como bandera.

La tapa de la revista Time de julio cifró en una imagen la cacería indiscriminada a la que había dado comienzo la nueva política de tolerancia cero en Estados Unidos. "Bienvenida a América" fue el título de esa edición que tuvo repercusión mundial: fondo rojo alarmante para la imagen recortada de una nena hondureña que llora ante un enorme e impiadoso Donald Trump. Junio había sido el mes en que la política de mano dura había estallado en escándalo cuando la decisión de deportar automáticamente a los sin papeles multiplicó escenas de niños arrancados de los brazos de su padres para ser llevados a instituciones estatales. Desde mayo, el gobierno estadounidense separó a 2300 hijos de 2200 padres y aunque la lluvia de críticas obligó a dejar atrás esa medida, todavía no se sabe dónde están exactamente los niños y cómo se reunirán con sus familias.

La política, acorralada

"¿Por qué los padres migrantes ponen a sus hijos en peligro? En parte, porque el crimen organizado y la violencia de las pandillas, fomentada significativamente por la demanda norteamericana de drogas ilegales, ha diezmado la economía y las instituciones de esos países. Resolvamos el problema". El tuit de un influyente republicano como Roger Noriega, ex secretario de Estado de George Bush, lo dice claramente: si Estados Unidos no quiere más inmigrantes, tendrá que ser parte de la solución y dar ayuda, en lugar de recortar los fondos para la asistencia humanitaria en esos países, como viene haciendo.

A eso aluden, por otro camino, las especialistas mexicanas Laura Rubio Díaz Leal y Brenda Pérez Vázquez en su artículo "Desplazados por la violencia, la tragedia invisible": "El desarraigo involuntario producido por la violencia está rompiendo el tejido social de comunidades enteras a lo largo y ancho del país. [?] Si el costo social y humanitario de esta crisis y el dolor del desarraigo no son suficientes para generar voluntad política para atenderlo? ¿lo serán el costo económico y financiero? ¿Y el político?"

Septiembre de 2015. Una foto inunda las redes, circula por las agencias, sacude redacciones periodísticas donde se discute si publicarla o no. Un niño de tres años, boca abajo sobre una playa de Turquía, como dormido. Muerto. The Independent optó por el más justo y duro de los títulos: "El hijo de alguien".

El niño ahogado se llamaba Aylan Kurdi, era sirio y falleció, junto con su madre y un hermano, mientras intentaba llegar a Grecia. No era novedad, por esos días, la catastrófica situación de la población civil en Siria. Pero la imagen de un bebé ahogado -un niñito con el mismo corte de pelo, la misma remera y pantalón corto que usaría cualquier niño de ese continente al que los padres de Aylan ansiaban llegar- fue demasiado. Reproducida hasta el infinito, la foto del niño sirio fue un punto de inflexión, un gesto colectivo de empatía tan intenso como fugaz. "Los niños siguieron ahogándose al ritmo de dos aylanes al día -escribió el periodista Alberto Rojas en El Mundo, un año después-. Los líderes europeos no se movieron un centímetro por miedo a los eurófobos, los griegos transformaron sus centros de tránsito en prisiones, Macedonia cerró su frontera y Hungría construyó un muro".

Los mil rostros de la crisis migratoria conmueven a la opinión pública global y acorralan a la política. Despiertan oleadas de compasión que obligan a los gobiernos a suavizar cada tanto su trato hacia los migrantes, pero también olas de temor que le dan triunfos electorales a la retórica de la xenofobia. "Para una Europa que se planta como potencia normativa en derechos humanos a nivel internacional, la crisis migratoria es un dilema ético -dice Elsa Llenderrozas, directora de la carrera de Ciencia Política de la UBA-. Crece la xenofobia y nadie lo puede revertir; es una ola que está arrasando con los partidos tradicionales del progresismo".

Es el efecto residual del ataque a las Torres Gemelas, un verdadero cambio de paradigma en el modo en que los Estados gestionan los flujos migratorios. Si antes se regulaba en función de la lógica económica y el mercado de trabajo, razona Llenderrozas, hoy rigen criterios de securitización y la acción de las agencias de seguridad e inteligencia.

Existe, además, un factor que la especialista Claire Rodier llamó, en el libro homónimo, "el negocio de la xenofobia". Un entramado de intereses bélicos, disputas por recursos naturales, industria armamentista y las ganancias que, para el sector de la construcción, derivan de la creación de centros de detención y vallas fronterizas: se calcula que hoy hay 18.000 kilómetros de muro construidos en distintas partes del mundo.

El negocio de la xenofobia es también electoral, como lo confirman el triunfo de Trump, el ascenso de Le Pen en Francia, y presidentes y primeros ministros en Italia, Hungría y Austria. "Cuanto más rinde en votos, el discurso antiinmigratorio más se profundiza. Cuando hace 70 años se promulgó la declaración de los Derechos Humanos pensamos que la xenofobia y el racismo estaban sepultados, pero hoy son instrumentos utilizados como negocio migratorio electoral", explica Mármora.

En un planeta donde la interdependencia es absoluta pero donde la noción de derechos en lugar de globalizarse ha disminuido o desaparecido para una enorme cantidad de personas, ¿cómo afrontar la crisis migratoria? Son numerosas las voces que reclaman una postura similar a la que exige la crisis ambiental: dado que son problemáticas globales, su solución demanda compromisos también globales.

La inspiración es más lejana de lo que podría suponerse. Hace más de dos siglos, Immanuel Kant previó la posibilidad de que la humanidad creciera hasta el punto de ocupar todas las tierras habitables. Anticipando dificultades parecidas a las que vivimos hoy, Kant desarrolló el concepto de la "hospitalidad universal", que no implicaba anular la distinción entre territorios, sino establecer que "nadie tiene más derecho de estar en un lugar de la Tierra que cualquier otro."

En esta línea se inscribe el "Manifiesto de Saint Malo", que en mayo de este año difundieron los escritores Michel Le Bris y Patrick Chamoiseau, y la jurista Mireille Delmas-Marty. Allí se reclama que se instaure un "principio de hospitalidad" exigible a todos los Estados. Así también se pronunciaron los 30 escritores e intelectuales reunidos en torno a la publicación Osons la fraternité (Atrevámonos a la fraternidad). Entre ellos están el escritor Jean-Marie Le Clézio, el historiador Pascal Blanchard y el escritor Claudio Magris, quien aseguró: "El mundo está perdiendo la cuarta guerra mundial? contra sí mismo".

No solo solidaridad; también se está hablando de codesarrollo: en esta línea, Pedro Sánchez, el presidente español, planteó la necesidad de un nuevo Plan Marshall para África.

Mientras tanto, los discursos del odio y la prédica racista -basta ver el activismo nazi en Alemania o las marchas por la supremacía blanca en los Estados Unidos- crecen. Habrá que apurarse en encontrar una salida. Y anotar lo que recuerda Lelio Mármora: "Todos venimos de África. Nos fuimos destiñendo, pero todos venimos del mismo lugar".

La Argentina, país amigable

País de inmigrantes, crisol de razas (como nos gusta pensarnos, aunque no siempre estemos como sociedad a la altura de ese ideal), la Argentina tiene una fuerte tradición de puertas abiertas hacia los extranjeros, que se vio consolidada con la ley nacional de migraciones 25.871, sancionada a fines de 2003, con el respaldo de todos los partidos políticos y aprobada en el Congreso por unanimidad. Una ley a la que se considera ejemplo en el mundo por su perspectiva anclada en los derechos humanos, por hacer del migrante un sujeto de derecho (y no un mero beneficiario de eventuales dádivas estatales) y por comprometer al Estado en el cumplimiento efectivo de esos derechos; una vara alta que no siempre se cumple pero no deja de ser referencia legítima y aspiración.

La tradición de puertas abiertas se manifiesta en la permanente asimilación de diversas corrientes migratorias, más allá de las oleadas europeas de los comienzos. Hoy todas encuentran una acogida en general amigable, desde las más asentadas -la paraguaya, la boliviana y la peruana- hasta las más recientes, como la diáspora venezolana (solo en dos años, ingresaron 100.000 venezolanos) o la siria (desde 2014 ya llegaron más de 2200 sirios a través de diferentes programas gubernamentales). En el país, los inmigrantes representan el 4,5% de la población y tienen acceso pleno a la salud y la educación.

Sin embargo, cada tanto vuelve a la arena política, y de ahí a la vidriera mediática y de ahí a la mesa familiar, un discurso que pone en duda esos derechos e instala en la opinión pública la idea de vincular a los inmigrantes con el delito y la inseguridad (aunque las estadísticas lo desmientan), o de que "nos invaden", que abusan de los recursos del país, que son competencia en el mercado laboral y hacen uso del sistema público de salud y del educativo sin reciprocidad.

En 2017, el presidente Macri firmó un DNU que estableció un trámite de expulsión rápido para los migrantes acusados de algún delito. La medida está ahora a consideración de la Corte Suprema, tras haber sido declarada inconstitucional en una instancia anterior por vulnerar la garantía del debido proceso y el derecho de defensa de las personas migrantes.

Para Lila García, investigadora del Conicet en el Centro de Investigación y Docencia en Derechos Humanos de la Universidad de Mar del Plata, el aumento en las órdenes de expulsión y los mismos fundamentos del DNU 70/2017 dejan en claro la orientación antiinmigrante del Gobierno: "En 2015 hubo 1908 expulsiones; en 2016, 4565, según datos del Congreso. Con cifras tergiversadas, se transmite alarma para generar un clima favorable a la expulsión de extrajeros", dice.

Lelio Mármora, director del Instituto de Políticas de Migraciones y Asilo de la Untref y ferviente defensor de la ley de migraciones sancionada en 2003, no se alarma. Ve un esfuerzo gubernamental por regularizar la situación de los extranjeros, facilitando trámites pendientes y radicaciones. Y, aunque cree que el DNU fue un error porque vulnera derechos, lo ve solo como una estrategia electoral: mostrarse firmes en el control de las migraciones. "La xenofobia se ha transformado en un arma política caza votos en todo el mundo -explica-. Sectores del Gobierno y de la oposición usan al migrante para ganar votos. Acá no han tenido éxito y espero que no lo tengan".

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