El problema es político

Sergio Berensztein
Sergio Berensztein PARA LA NACION
Para revertir la situación y recuperar la confianza, el Gobierno debe salir de su encierro en busca del apoyo de los gobernadores y de todo el peronismo moderado
Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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31 de agosto de 2018  

Los manuales de crisis políticas enseñan que uno de los riesgos más importantes que corren los gobiernos es equivocar el diagnóstico, situación que se profundiza cuando se persiste en el error. El manejo de los tiempos y las señales que se envían a las audiencias claves (el mercado, los ahorristas, los votantes) constituyen dos elementos cruciales para recuperar la iniciativa y revertir la situación. Este episodio lleva cuatro meses y es notorio que las cosas están cada vez peor. Comenzó como una crisis cambiaria, pero en mayo ya era evidente que el problema era mucho más complejo: las dudas abarcaban los ejes centrales de la política económica ("los qué"); el método de gestión, en particular de toma de decisiones ("los cómo"), y a los principales colaboradores del Presidente ("los quiénes").

El presidente Macri dispuso cambios en las tres dimensiones: profundizó el ajuste fiscal y recurrió al FMI, decidió cambios puntuales en su gabinete y amagó, al menos, ampliar de manera sutil la mesa chica con la que maneja el día a día. Lamentablemente, los resultados no fueron los esperados: ninguna de estas acciones fue suficiente para frenar la hemorragia, en parte porque fueron muy parciales. Ayer fue un día de furia y el riesgo de que la corrida del tipo de cambio contagie al sistema financiero está latente y aumenta en la medida en que siga la hemorragia de reservas.

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Las últimas señales del Gobierno fueron todas equivocadas. En particular, ayer Marcos Peña afirmó que la senda elegida era la correcta, que nos encontramos en un pozo de alta volatilidad, que el tiempo le daría la razón al Gobierno y que la economía no había fracasado. Desde que comenzó la crisis el peso se devaluó más de 100%, el riesgo país está en niveles más altos que cuando gobernaba CFK y el consumo se ha desplomado. Ayer algunas de las principales empresas habían suspendido las ventas como resultado de la alta incertidumbre y la falta de precios. Sería injusto desconocer que aparecen algunas noticias positivas: la Argentina reducirá (no tiene más opción) su déficit fiscal; las exportaciones ayudarán a corregir el rojo comercial; estamos de a poco revirtiendo el desastre energético de los años K, en particular gracias a Vaca Muerta; el turismo doméstico se beneficia con el nuevo tipo de cambio.

Pero estas islas de buenas nuevas no calman a los mercados ni alcanzan para mitigar el miedo que avanza y atenaza a buena parte de la sociedad: tendemos a mirar esta crisis en el espejo de 2001. Una pulsión incorrecta, ya que son situaciones absolutamente diferentes. Pero es entendible que luego del trauma que implicó esa gran caída y de la desoladora experiencia de las administraciones kirchneristas, que fueron precisamente las que llenaron el vacío de poder producido por aquel desbarranco, los argentinos escuchemos una alarma ante episodios de esta naturaleza.

Para revertir esta situación crítica es necesario atacar varios frentes cruciales y de forma coordinada, contundente y simultánea. En primer lugar, el Gobierno tiene un problema comunicacional preocupante. El miércoles pasado malgastó una bala de plata muy importante cuando montó un incomprensible spot publicitario y sobreexpuso al Presidente para anunciar un nuevo acuerdo con el FMI (que no estaba aún cerrado), por el cual el organismo de crédito se comprometía a adelantar los fondos necesarios para el año próximo. Su mensaje duró solo un minuto y 37 segundos, tiempo absolutamente insuficiente para explicarle a la sociedad, y mucho menos a los inversores, el rumbo futuro del país. Ningún funcionario llenó ese vacío hasta última hora y los rumores fueron en algunos casos desatinados, incluida toda clase de teorías conspirativas.

En segundo lugar, urge que se presente un programa integral de política económica que asegure una coordinación efectiva de todas las áreas y cuyos principales objetivos sean estabilizar la economía y generar confianza. Eso no se logra con un avisito hueco y ramplón por parte del Presidente, sino con un giro inmediato de la estrategia política que, hasta ahora, el Gobierno, inexplicablemente, se ha negado a implementar. Por último, es requisito inminente un cambio en el método de toma de decisiones. Queda claro frente al desbarranco del gradualismo y el caos económico de los últimos meses que al menos en la Argentina no se puede hacer política económica sin un ministro de Economía. Es como que un tenista pretenda jugar sin raqueta.

A esta altura de la crisis, el Gobierno debe reconocer que ha licuado su capacidad de influir en las conductas de los principales agentes económicos: puede que sea injusto y exagerado, pero no le creen nada, y tengamos en cuenta que Macri es el presidente más promercado que tuvo el país en muchos años. Tampoco puede terminar de cerrar un acuerdo con los gobernadores, que resulta vital para reducir el déficit fiscal: la desconfianza abarca a los mandatarios provinciales, que entre otras cosas exigen que la maquinaria publicitaria del oficialismo sea también objeto de recortes reales. "Me piden que ajuste mi gasto y mientras me agreden por las redes sociales y siguen financiando a su principal candidata [por María Eugenia Vidal]... b... no soy", refunfuñaba ayer un gobernador peronista con clara vocación acuerdista.

¿Saldrá el Gobierno de su encierro para buscar finalmente el apoyo de los gobernadores y de todo el espectro moderado del peronismo no K que entiende que lo peor para la Argentina es que la situación de caída libre actual perdure? No lo hizo desde una posición de fuerza, luego de las elecciones de mitad de mandato, deberá hacerlo ahora desde la debilidad. Idealmente, la ampliación de las bases de sustentación de un acuerdo de gobernabilidad, estabilidad y crecimiento debería comprender otros factores de poder claves, incluyendo partidos con representación parlamentaria, empresarios, sindicatos y hasta movimientos sociales. El Gobierno siempre descartó esta clase de acuerdos para priorizar negociaciones sectoriales, parciales, puntuales y poco significativas. Los resultados están a la vista.

El escenario de crisis se vuelve más incierto por la dinámica electoral, que genera aún más imprevisibilidad. Por un lado, la alternativa de un retorno de CFK genera, más que temor, desesperación en los mercados. Y aunque sus chances parecen sumamente limitadas, el propio Gobierno es responsable de haber convencido a muchos referentes de que la polarización no era un capricho, sino de que el kirchnerismo en efecto mantenía una influencia relevante. Si esto en verdad es así, ¿qué sostenibilidad tiene el programa de austeridad fiscal al que se aferra el Presidente? En otras palabras, la gestión del Gobierno y el liderazgo de Mauricio Macri son las principales víctimas de su estrategia electoral.

Este debe ser uno de los pocos gobiernos en la historia de la democracia que detesta hacer política, que supone que la gestión, las redes sociales y el contacto del Presidente y algunos funcionarios en los timbreos pueden reemplazar los mecanismos de negociación. Se trata de una peculiar concepción de la política, absolutamente light y, a esta altura, irresponsable. Son esos prejuicios y preconceptos los que explican buena parte de esta crisis.

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