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El enemigo en casa

José Manuel Ortega Fournier
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31 de agosto de 2018  • 01:15

En ese peligroso interregno ente la victoria y la toma del poder efectivo del presidente Macri, las empresas de varios sectores aprovecharon el vacío de poder para elevar los precios de sus productos de una forma brutal y sin justificación lógica, comprometiendo gravemente los objetivos de inflación y las paritarias del primer año de gobierno.

Este incidente debió ser un claro mensaje al Presidente de la actitud y voluntad de un sector del empresariado, de poner en preferencia una rentabilidad propia cortoplacista y obviar la relevancia del cambio de gobierno y de las necesidades de apoyo a la nueva administración.

Dos años atrás planteé que ciertos empresarios locales no estaban a la altura de las circunstancias y que había que ser "menos patriotas de bandera y más de chequera". Esto significaba que debían apostar por el país, sobre todo porque los inversores extranjeros, en su gran mayoría, estaban a la expectativa de las decisiones de inversión de sus pares argentinos.

En los años de la presidencia de Macri, este apoyo empresarial ha dejado que desear en muchos aspectos. A ellos se les presupone inteligencia y conocimiento de la situación económica y política después de la administración de Cristina Kirchner. Aunque el Gobierno tomó la decisión política de minimizar la gravedad de la situación económica, por sugerencia de asesores políticos, los empresarios, más que nadie, debían comprender la realidad desastrosa de la economía, con una inflación en peligroso aumento, con un exiguo nivel de reservas libres en moneda extranjera, con el problema de los holdouts sin solución, con una crisis energética que nos acercaba más a Venezuela que a Chile, entre otras circunstancias negativas. Y añadiendo el problema político de tener que gobernar con una minoría sensible en la Cámara de Diputados y en el Senado.

Una parte del gran empresariado está acostumbrada a realizar negocios en los despachos y no en los mercados. Siempre me ha parecido difícil de comprender la falta de multinacionales argentinas en comparación con el PBI del país, y de países de la región como Brasil, Chile, Colombia o México. Uno puede contarlas casi con los dedos de una mano. Empresas como Arcor, Mercado Libre, Belatrix, IMPSA, son escasos ejemplos de este tipo de multinacionales exitosas. Este hecho demuestra una vagancia intelectual de cierto sector que prefiere invertir sus rentabilidades en activos sin riesgo en el exterior que expandir sus negocios fuera de las fronteras nacionales. En una economía de vaivenes coyunturales, y con un empresariado extremadamente capaz en la gestión de sus compañías, no tiene sentido que no aprovechen esa experiencia para adentrarse en otros países con más estabilidad macroeconómica. De esa forma, cuando la situación local entra en una de las habituales crisis, pueden usar las filiales extranjeras para limitar los riesgos inherentes de la economía argentina con las ganancias en el exterior.

El siglo XXI va a ser el siglo del emprendedor, el de la tecnología. Y la Argentina tiene la capacidad para ser una potencia mundial en este rubro. Con el desarrollo de start ups locales se eliminan muchos de los problemas del desarrollo de empresas en épocas pasadas, como las grandes necesidades de capital, la falta de financiación bancaria, la corrupción para poder realizar emprendimientos en el país, la capacidad de transferir los productos sin transportarlos de una forma terrestre o pasar por aduanas físicas. No es casualidad que la mayoría de las multinacionales argentinas exitosas pertenezcan al rubro tecnológico. Por esta vía viene el futuro empresarial argentino.

Para que la Argentina pueda prosperar, es fundamental un cambio generacional en el empresariado, pero, sobre todo, un cambio en las formas de hacer negocios en el país. Por eso es tan imperativo que los casos y el método de corrupción que existían en el pasado desaparezcan radicalmente. La corrupción, además de extraer fondos de empresas y del Estado, promueve un empresariado reticente a mejorar la gestión para crecer y la rentabilidad, sustituyéndolo por la vía fácil de arreglarse con el gobierno de turno y poder recibir obra pública, o el cierre de las fronteras a productos importados, o ventajas fiscales para sus industrias.

El estallido judicial de las semanas recientes debería sentar las bases de cómo hacer negocios en la Argentina y eliminar, en gran medida, las prácticas corruptas en las que no solo políticos sino también empresarios están involucrados. Aunque a corto plazo esto pueda tener algún efecto negativo en la economía, las circunstancias actuales ofrecen una oportunidad de oro para modificar estas prácticas y proponer un nuevo esquema empresarial en el país. Esta persecución valiente al status quo será tremendamente beneficiosa para la venida de capitales extranjeros. Cabe recordar, por ejemplo, que el pago de coimas por empresas, o filiales de empresas, norteamericanas fuera de Estados Unidos, es un delito y además, si tiene cotización bursátil, estas prácticas deben ser informadas a la SEC, organismo regulador de los mercados de valores.

El Gobierno actual ha promovido reformas muy significativas para el desarrollo de la economía sobre bases sólidas y sanas. La posibilidad de volver a acudir a los mercados de capitales, a apertura a la competencia del transporte aéreo, el desarrollo de las energías renovables (con inversiones ya realizadas o en proceso por más de 3000 millones de dólares), apoyo a la agroindustria, entre otros, son pilares fundamentales para el desarrollo a largo plazo del país. Hay que reconocer que, con estas minorías en Diputados y el Senado, se complica más la consecución de otras reformas necesarias, no traumáticas, para mantener ese impulso reformista.

El empresariado argentino debe, por principio de búsqueda de rentabilidad capitalista, junto con el apoyo al país en momentos claves, reformarse y modernizarse. Y dejar de ser el enemigo en casa.

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