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Manuel Borja-Villel: "No todas las instituciones tienen que ser el Pompidou"

Manuel Borja-Villel
Manuel Borja-Villel Crédito: DIEGO SPIVACOW / AFV
Daniel Gigena
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1 de septiembre de 2018  

El director de uno de los museos más concurridos del mundo está de visita en Buenos Aires. Manuel Borja-Villel (Burriana, 1957) llegó como invitado del 15° encuentro Sur Global, organizado por la Universidad Nacional de Tres de Febrero para referirse a la política de las colecciones de esas instituciones culturales. Especializado en historia del arte y en gestión cultural, Manolo Borja, como se lo conoce en el mundo del arte, decidió reordenar la colección permanente del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía e iniciar una serie de exposiciones temporarias originales y audaces de artistas españoles y extranjeros como Elena Asins, Nancy Spero, James Coleman, Deimantas Narkevicius y el gran escultor italiano Luciano Fabro. El Reina Sofía cuenta con un acervo de 27.000 obras.

Antes de arribar al museo madrileño, Borja-Villel había dirigido el de la Fundación Antoni Tàpies de Barcelona, entre 1990 y 1998. Él fue quien ayudó a popularizar las obras de Louise Bourgeois y Lygia Clark en España. Ha escrito sobre Aleksandr Rodchenko, el expresionismo abstracto, Alberto Giacometti y el arte español contemporáneo. En 1995 promovió la creación de una sala fuera de la Fundación para dar a conocer a jóvenes artistas. En 1998, fue nombrado director del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, donde impulsó exposiciones de William Kentridge cuando aún era un artista de culto, Gerhard Richter, Raymond Hains, Martha Rosler, Luis Camnitzer, Michelangelo Pistoletto, Vito Acconci, Peter Fischli & David Weiss y David Goldblatt.

Desde 2001, es miembro del Comité Internacional para Museos y Colecciones de Arte Moderno y del Comité Internacional para Museos y Colecciones de Arte Moderno. "Hay que crear instituciones culturales internacionales sostenibles y solidarias", dice. En la ciudad, visitará a amigos y el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires y el Centro Cultural Recoleta. "Quiero ver la muestra de Cristina Piffer al cuidado de Fernando Davis en Rolf Art", agrega. ¿Se reunirá con funcionarios y ministros de Cultura? "No creo, con los míos ya tengo bastante", responde con humor. Desde Buenos Aires, viajará rumbo a la 33ª edición de la Bienal de Arte de San Pablo, que comienza la semana próxima.

-¿Cómo es dirigir uno de los museos más concurridos del mundo?

-Ya llevo diez años en el Reina Sofía. Es una cuestión de escala, pero te acostumbras. Tiene cosas buenas y malas. Es más complejo, pero para mí lo importante es trabajar en el servicio público. Lo público funciona muy bien. La idea de que lo privado funciona mejor que lo público es algo que promocionan los privados, además de que hay una tendencia general a la privatización. No tengo nada en contra de lo privado pero sí debo destacar que en el área privada lo prioritario es el beneficio, y en la pública la prioridad son las personas. Trabajar en una institución cultural tan grande es un reto importante. Y además se trata de un museo nacional, en una época en que los Estados han quedado reducidos a las tareas de policía o a proteger una supuesta identidad cerrada, cuando el mundo en verdad es un flujo. Los países del norte son más receptivos a los flujos de monedas que a los de personas.

-¿Cuál es el servicio que presta un museo?

-Básicamente son tres. Uno es presentar una memoria, un legado complejo, con traumas; el legado con heridas, el de los que han ganado batallas mayoritarias pero que también deja muchos silencios y heridas de los que no han tenido voz. Es importante preservar ambos legados: el visible y el invisible. El segundo es la educación, en una época de ciudadanos consumidores y obedientes como autómatas, donde las reglas son cada vez más complejas y la burocracia se vuelve espesa. Hay que educar ciudadanos insumisos, que cuestionen las ideas recibidas. Eso nos hace crecer. El tercer punto es crear una institución que se piense a sí misma. En las bienales y los grandes eventos culturales, hay contenidos progresistas o de izquierdas, pero el contenedor a menudo no lo es, porque no hay crítica de la propia institución. Hemos recibido instituciones de otra época. Hay centros culturales locales, regionales y nacionales, pero faltan instituciones internacionales. Solo hay subastas, ferias y bienales, que generan una ficción de homogeneidad e igualdad en un mundo altamente desigual.

-¿Cómo se crean esas instituciones culturales internacionales?

-Para mí hay tres formas de trabajar: lo público, lo privado y lo común. Lo común es aquello que se va haciendo de manera continua. Las instituciones culturales de la Modernidad pensaban al artista como alguien fuera de la sociedad. Hoy se piensa en procesos, en los que actúan agentes diversos: artistas, curadores, público, funcionarios. Y que se hacen con dos componentes fundamentales: la sostenibilidad y la solidaridad, con una visión global. No todas las instituciones tienen que ser el Pompidou. Crear estructuras solidarias en el norte, no por "buenismo", sino porque el sistema del arte es un ecosistema. Si algo no funciona en el sur, tampoco funcionará en el norte. La obsesión neoliberal por la privatización trae perjuicios económicos: no se puede salvar una parte del mundo sin tener en cuenta la otra.

-¿A qué se refiere con sostenibilidad?

-A formas de la cultura que no pasan por las franquicias ni los blockbusters, sino por entender el valor de lo pequeño, museos y espacios que atienden a poco público. Hay una contradicción en algunos elementos, como el turismo, que es un factor económico importante de desarrollo pero también muy destructivo, porque deshace las ciudades. Curiosamente, la cultura es cómplice de modelos no sostenibles.

-En el Reina Sofía cuenta con una colaboradora argentina, ¿verdad?

-Sí, Ana Longoni. Es genial. Sabes que en España tenemos dos creencias: los holandeses y los argentinos, sobre todo cuando los argentinos juegan como los holandeses. Desde hacía mucho quería que Ana trabajara conmigo. Es una de las personas más brillantes, éticas y comprometidas que conozco. Ella está a cargo de un programa público que llamamos "museo situado", una red de museos que conecta lo local con lo internacional.

-¿Qué desafíos tiene para encarar su tercer periodo en el museo?

-Uno es rehistorizar la colección del museo. Toda colección debe tener un elemento contextual y a la vez uno referido al presente. Por ejemplo, tú no puedes entender el Guernica, de los años 30, sin entender la deriva autoritaria del mundo actual. Empezamos a cambiar la colección en 2008 pero nos falta llegar a lo contemporáneo. Además, queremos introducir un elemento que estaba ausente: la arquitectura, el entorno, la ciudad. Y lo que hace Ana, el centro de estudios en red de museos del mundo para desarrollar la idea de lo común y lo instituyente. Recibimos un apoyo de la Comunidad Europea para ese proyecto. En el museo tenemos obras desde 1881, el año de nacimiento de Pablo Picasso, con algunos momentos importantes, como el cubismo posterior a la Primera Guerra Mundial, los años 30, cuando España se convierte en un laboratorio bélico y político; la Guerra Fría y la diáspora; los años 60 y 70, con el ocaso del franquismo, y la época de la transición.

-¿Qué quiere decir cuando afirma que los museos perdieron el poder de mediación?

-Los museos son muy populares, la gente va a museos de arte contemporáneo en todas partes, pero la mediación para negociar instintos básicos u oscuros se ha perdido, porque todo se ha vuelto un goce efímero o está amenazado por la deriva autoritaria. Los museos y los teatros deberían ser lugares donde se pueda debatir todo, y eso no ocurre ahora. La gente pide que se censure a Balthus o a Judith Butler. Si viviera, Demóstenes estaría en la cárcel. La obra de arte tiene una vida propia, que cuestiona el statu quo y también cambia nuestra percepción.

-¿Qué opina del reclamo de los movimientos feministas sobre el cupo femenino en los museos?

-Trabajamos en las colecciones para evitar injusticias. Hay que hacer un esfuerzo por no caer en dinámicas o lógicas heredadas, pero tampoco podemos reinventar la historia. En el siglo XIX había pocas mujeres artistas. Si me preguntaras por diez artistas, ocho serían varones en mi respuesta. Lo digo de manera autocrítica; son mecanismos. El feminismo no es una cuestión de cupos o de ocupar el poder, sino de transformar las relaciones de poder.

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