Pity Álvarez y el día que comenzó su conflicto con Cristian Díaz

Pity Álvarez junto a la víctima, Cristian Díaz Crédito: Ilustración Diego Orellano

Un remís, una mochila con dinero y un viaje a la villa: la historia del cantante de Viejas Locas y su víctima comenzó varios meses antes del homicidio

31 de agosto de 2018  • 15:40

Las cosas pasan porque sí. Destino, azar, energía. Pero las cosas pasan.

Esa tarde –como tantas tardes– Cristian Gabriel Álvarez Congiú, alias Pity , 46 años, tenía plata y ganas de pegar otra vez. Entonces bajó de su departamento de la Torre 12 del barrio Samoré y caminó hacia la remisería de la calle Castañares.

En esos 300 metros se cruzó con un amigo del barrio. Lo saludó, abrió su mochila, le mostró los billetes y separó una parte, que dejó a su cuidado. Era una de las pocas personas en las que confiaba; el único al que se animaba a dejarle dinero. Varios pibes lo habían dormido: decían tener contactos con nuevos transas, le sacaban los billetes y desaparecían. O volvían y le aseguraban que la policía les había quitado la plata y la droga a cambio de no detenerlos.

Por eso solía pedir droga a domicilio. O iba directamente a comprarla.

–¿Con todo eso te vas a ir? –le dijo su amigo, por el resto–. Dejame un poco más. ¡Te la vas a gastar toda! ¡Si con lo que tenés en el bolsillo te alcanza!

Pity no le hizo caso. En el estado en que estaba, los consejos se le hicieron molestos. Algo enojado, encaró hacia la remisería de siempre para hacer el viaje de siempre. Cruzó Castañares, abrió la puerta, saludó a la recepcionista, preguntó si había autos disponibles, le dijeron que no.

El destino, el azar hacía su primera movida aquella tarde de fines de 2017 en Villa Lugano. Porque en la remisería de siempre, siempre había autos para hacer el viaje de siempre, a la villa. Pero esa tarde no.

A esa misma hora, en ese mismo instante, Cristian Maximiliano Díaz , alias el Gringo o el Gordo, 36 años, miraba su celular sentado en una de las banquetas de la remisería del otro lado de la Autopista, cruzando el barrio Copello. No imaginaba que su próximo pasajero estaba en camino y que no necesitaba “código” para poder subirse a uno de los autos. Un pasajero que no los había cambiado por Uber.

El viaje era corto, y bueno. Los choferes de las agencias de la zona no tenían problemas de llevar a Pity a la villa. Sabían que pagaba el doble o el triple del valor real. Además, mientras Pity caminaba hasta al rancho, cuatro o cinco pibes de la villa se quedaban al cuidado del auto. Los destinos solían ser Carrillo, en Soldati, o la 1-11-14, en Bajo Flores. A Cildañez no iba más. Allí había recibido un disparo en una de sus piernas, hacía unos diez años. Su atacante fue un transa. “No lo traigan más al Pity. Va a terminar mal”, les pedían los policías a algunos remiseros, cuando los paraban al salir de la villa.

Los dos Cristian se conocían del barrio: cada tanto consumían juntos, en los banquitos de la Torre 12. Díaz era del grupito de pibes que se le acercaban a pedirle un par de billetes cada vez que lo veía, para la cerveza o la falopa de la noche. Si había fechas en Buenos Aires, Pity les regalaba entradas. Dos veces, Díaz le había pedido sacarse una fotos juntos, para una sobrina fanática de Viejas Locas. Nunca fueron amigos. Solo eran conocidos del barrio.

Aquella tarde, llegaron al pasillo indicado, Pity bajó y encaró hacia el rancho de los paraguayos. Mientras tanto, Díaz le habría abierto la mochila, y se habría guardado algunos billetes. O todos. Pity volvió y ni miró la mochila. Díaz lo dejó en Samoré y volvió a la agencia.

Una hora más tarde, Pity y el amigo que le había guardado una parte del dinero se presentaron en la puerta de la remisería. Preguntaron por Díaz y la recepcionista les comentó que se había ido a su casa, tras salir con su último viaje.

Desde ese día, a Díaz se lo dejó de ver en Samoré.

Y desde ese día, cada tanto, Pity repetía en el barrio:

–¡A ese gordo le voy a poner un tiro, por rastrero!

Esos comentarios llegarían a oídos del Gordo. Porque los barrios están llenos de personas que llevan y traen. Que dicen lo que andan diciendo otros. El destino decidió que unos meses después se volvieran a cruzar.

* * *

Es la madrugada del jueves 12 de julio y Pity baja de su departamento acompañado por su novia. A la altura de la puerta de acceso a la Torre 12B escucha que alguien lo llama, a los gritos.

Si fuera una serie de Netflix, entre el capítulo del viaje en remís y el del reencuentro de esta madrugada habría una serie de imágenes de lugares en los que estuvieron a nada de cruzarse: uno saliendo de lo de un transa, el otro entrando a los pocos minutos. Uno cargando nafta en la YPF de atrás del barrio, el otro dándole aire a una cubierta. Otro comprando en el kiosco de la esquina de Castañares y Escalada, otro parado en el semáforo de esa esquina.

Pero esto no es Netflix. Esto es Villa Lugano, es Samoré.

Cristian Maximiliano Díaz está junto a un amigo y junto a sus berretines. Esos berretines –más adelante se intentará explicar el significado de la palabra– son los que lo hacen actuar. Los que hacen que se le acerque y lo increpe a los gritos, golpeándose el pecho con ademanes tumberos. Habla y se mueve como si fuera un actor de El marginal. Pero es de verdad. Aprendió los modos en un pabellón de la cárcel de Ezeiza.

–Vos sabés quién soy, te acordás de mí, te acordás cuándo yo te llevé a la villa. Vos dijiste que te faltaban cosas en la mochila y yo no soy rastrero…

Es la 1:30 y hace mucho frío. Samoré duerme. Afuera solo están los que vuelven de trabajar y bajan del 47, del 7, del 114 y los otros colectivos que bordean el barrio. Y los pibes que se pasan más tiempo en los banquitos de abajo que en sus departamentos, sin francos. Al alcanzarlo, ya sobre la misma baldosa, Díaz y sus casi 120 kilos empujan al Pity y lo invitan a pelear.

–Vos una vez dijiste que me ibas a pegar un tiro, cuando te faltaron cosas en la mochila. ¡Si vas a tirar, tirá!

Díaz no habla; larga sus berretines, que es algo muy distinto. Porque en la lógica de la calle, de los berretines, un laburante es gil, un gato, un mulo. Nada que hacer al lado de un pibe que estuvo en cana, que tiene una causa por robo, que hace movidas como él. Y en esa lógica, un gil no puede andar diciendo por ahí que le va a poner un tiro a un supuesto turro. Por eso, porque se creía un turro, y por sus berretines, Cristian Maximiliano Díaz le pide a Pity que dispare. A los gritos, agitándosela.

No imagina que el otro lleva una 7.65 en el bolsillo de su campera.

Entonces, cuando Díaz le da un manotazo a la visera de la gorra blanca de Pity, y con su cabeza lo torea y repite “¡si vas a tirar, tirá, gato!”, Pity le hace caso: saca su pistola y le dispara a la cara.

Díaz cae de espaldas. Y Pity sigue.

Delante de los testigos que habían intentado separarlos –y que declararon frente al juez Martín Yadarola–, aprieta el gatillo tres veces más, siempre contra la cara del Gordo (en el lugar se encontraría una vaina más, pero el cuerpo recibió 4 disparos), que está en el piso.

La escena del crimen en el Barrio Samoré Fuente: LA NACION Crédito: Ricardo Pristupluk

Después de eso, lo que consignaron todas las crónicas de aquellas horas: que descartó el arma en una alcantarilla, que tiró su celular, que se subió a un Polo verde junto a su novia, que condujo hasta Pinar de Rocha, que entró pero que no le dejaron ingresar al camarín de Ulises Bueno, que se fue, que abandonó ese auto, que estuvo 20 horas prófugo, que se entregó en la Comisaría 52 y dijo, ante los periodistas: “Ese pibe choreaba, era él o yo. Cualquiera hubiese hecho lo mismo”.

Luego sería trasladado al Complejo 1 de Ezeiza, acusado de homicidio agravado por el uso de un arma de fuego.

El barrio lo había visto hacer muchas cosas. Lo había visto donar 50 camisetas y 50 shorts para los nenes del club. Lo había visto comprar un coche viejo para que los gatos y perros callejeros durmieran bajo techo en los inviernos. Lo había visto, de madrugada, hacer mini recitales con su guitarra, para los pibes que paraban y fumaban en los banquitos. Lo había visto dormir en el piso a cualquier hora del día. Varias veces, al no poder despertarlo, los vecinos llamaron a la policía, creyendo que estaba muerto. También, por sus paranoias, lo había visto disparar por la ventana de su departamento del séptimo piso. Al aire, a rivales imaginarios. Y tirarle, desde allí mismo, billetes de 50 y 100 pesos a los pibes que lo mangaban desde abajo. “¡No la gasten en falopa, eh!”, les gritaba después.

El barrio lo había visto hacer de todo. Pero nunca lo de la madrugada del 12 de julio.

* * *

Díaz volvía cada tanto a Samoré. Lo hacía para visitar a una parte de su familia, a sus hijas y a los pibes con los que paraba. Como sus padres fallecieron durante su niñez, lo crio una de sus hermanas. Su última dirección fue registrada en la zona de Villa Fiorito. Viviendo en la Torre 11B de Samoré, había sido detenido por efectivos de la Comisaría 48, acusado de apretar a una víctima para robarle un bolso en su propio barrio, Lugano. En la cintura llevaba un alicate a modo de arma. Fue el 9 de febrero de 2008. De ahí, lo trasladaron a la cárcel de Ezeiza. El 3 de julio de 2008, el Tribunal Oral Criminal 29 lo condenó como autor del robo calificado por el uso de armas en grado de tentativa a la pena de 2 años y 6 meses de prisión en suspenso. Ese día, después de 144 días, recuperó la libertad.

Varios vecinos consultados por Rolling Stone aseguran que Díaz vendió droga en Samoré durante un tiempo. Al menudeo, después de lo de Ezeiza. Habría dejado de hacerlo a partir de las amenazas de los transas locales, los que aun viven en el complejo.

El día que murió, los periodistas le preguntaron a la madre de una de sus hijas por su ocupación. Luego de negar que vendiera droga, dijo: “No sé… Creo que vive de changas”.

La familia de Díaz no quiso hablar para esta nota. “Te agradezco, pero no puedo superar todo esto”, dijo su ex mujer, también vecina del Samoré. Marita, su hermana, tampoco aceptó la propuesta: “Dios hace como quiere todo a su forma”, dijo, y un par de días después agregó: “No quiero hablar de mi hermano porque él ya no está, sé quién era y eso me basta, lo demás me tiene sin cuidado. Sé que todo la familia se va a poner de pie porque hay un Dios que lo está haciendo. Dejemos a la justicia que investigue”. Y después compartió una canción que había estado escuchando desde que mataron a su hermano, un tema de Tercer Cielo llamado “Yo te extrañaré”, que dice: “...comprendo que llegó tu tiempo/ Que Dios te ha llamado para estar a su lado/ así él lo quiso...”.

Para Marita, la muerte fue un pedido de Dios, o algo así. Cree en la justicia divina. Pero para el que anda en la calle, la muerte fue consecuencia de un berretín.

–Ese gordo tenía berretines –dicen los que lo conocieron.

En esta historia, los berretines hicieron que Díaz invitara a pelear al Pity, que lo tumbee. Todo por lo que le dijeron que había dicho, eso de que le iba a poner un tiro en cualquier momento.

Díaz llevó en remís al cantante a fines de 2017. Allí habría ocurrido un robo que originó la pelea Crédito: Twitter

“El problema que tenemos las personas que andamos en la calle es que somos orgullosos y testarudos”, dice alguien con 20 años adentro que está a punto de recibirse de sociólogo, y que prefiere no dar su nombre. “Un berretín viene a ser algo interno, un ideal, un orgullo que vos no querés que te pisoteen. Hay pibes que por esos ideales, por esos berretines, están dispuestos a morir. Una persona con buena educación se pasa por las bolas un ideal. Prefiere ceder. En cambio, en nuestro mundo, eso es todo. Te cito un ejemplo: conocí pibes a los que les faltaba tres, cuatro días, una semana para irse en libertad. Los invitaban a pelear y peleaban por los berretines. Por más que esa pelea podía posponerles su libertad. Tenés que reaccionar. Los berretines son esa reacción. Si no reaccionás, quebrás. Y en el mundo de la calle y de la cárcel, quebrar es lo peor que te puede pasar.”

* * *

A 40 días de la muerte de Cristian Díaz, no hay un mural en el Samoré que lo recuerde. No se lo lloró públicamente, como si no se lo sintiera parte del barrio. El complejo siguió su vida como si nada. Pocos vecinos estuvieron en su último adiós.

El barrio Cardenal Antonio Samoré fue inaugurado en 1989. Es un complejo en Villa Lugano con 1232 departamentos antisísmicos, divididos en 14 torres y con forma de triángulo isósceles: Castañares y Dellepiane serían los lados iguales; la avenida Escalada es el otro. Sus primeros vecinos llegaron a las torres 1 y 2. Mientras se construían las restantes, hubo varios intentos de usurpación.

Adentro hay dos canchas de fútbol, una escuela pública, un centro de jubilados, una asociación vecinal, algunos comercios, una amplia plaza de estacionamiento. El precio del metro cuadrado debe ser el más caro de los barrios que construyó el FONAVI, en el marco de un plan de viviendas a pagar en 20 años. En la actualidad, un departamento de tres ambientes puede costar unos 80.000 dólares. Algunos tienen dos baños. La calle Castañares, una de las que rodea el barrio, está poblada de negocios de todo tipo, a lo largo de los casi 400 metros del complejo.

Pity recién se instalaría en 2009, al salir de un tratamiento por sus adicciones. “Fue la mejor época de su vida”, recuerda un amigo. “Su mujer estaba embarazada y Pity solo fumaba marihuana. Estaba feliz, se la pasaba componiendo. Andaba con la guitarra de acá para allá. Por las noches bajaba a pasear al perro y se ponía a cantar y a tocar para los pibes, que empezaban a conocerlo.”

Después, ese departamento sería ocupado por una de sus sobrinas. La buena vida había durado poco, como todo lo bueno. Ya separados, Pity se mudó a La Paternal primero y a Chacarita después, a la sala de ensayo que está a nombre de su hermana. En 2015 conversó con Clarín sobre el cambio de barrio: “No me tendría que haber ido nunca de ahí, la pasaba re bien. Acá te invaden, ves caras que no conocés. En Lugano conocés a todos y cuando te encontrás con una cara extraña, empezás a cacarear”.

Regresó a Samoré en 2016 después de meses de renegar con su sobrina, que no quería abandonar el departamento del séptimo piso. Su puerta es la única que tiene rejas. En una reforma, hizo tirar una pared que dividía dos ambientes y armó su estudio de grabación. Sobre un televisor colocó una grabadora que siempre estaba encendida. Pity vivía tan perseguido que grababa hasta a sus íntimos. Desconfiaba de todos. En esas grabaciones guarda la imagen de una vecina con problemas psiquiátricos que lo atacó con una cuchilla, en una supuesta discusión por drogas.

Cuando consumía, podía llegar a entrar con gente que acababa de conocer. Algunos de sus amigos de consumo vivían en situación de calle. Les regalaba ropa o lo que encontrara en su casa. Pero así como venía siendo buen anfitrión, podía cambiar de opinión en un segundo y echarlos como si nada. A sus vecinos también los ayudaba. Pagó boletas de servicios de los que andaban en épocas malas, repartió comida y hasta le había dado trabajo a un pibe del barrio ni bien salió de la cárcel.

Para la gente del barrio, su presencia pasó a formar parte del paisaje: entre las torres, entre las palmeras, entre los juegos, entre los banquitos, podía aparecer Pity junto a sus perros. Muchos lo esquivaban, por el olor de sus animales. No solía registrar a sus vecinos. Y para sus vecinos, él ya era uno más. Los que comenzarían a molestarlo eran los pibes más jóvenes, las nuevas camadas del Samoré. Por eso pasaba mucho tiempo adentro y poco afuera. Sentía algo parecido a lo que contó padecer Ricardo Centurión, el ídolo de Racing criado en el asentamiento Villa Luján: “En el barrio me ven como un signo pesos. Voy y todos me quieren pedir plata”.

Ya en el año 2008 se refiría al tema en una entrevista con RS: “Es que la gente de mi barrio se cree que yo tengo mucha plata, ¿no? Porque salgo en la tele. Creen que te pagan por todo eso. Entonces me ven que no laburo, que ando de chacoteo todo el día”.

En la siguiente respuesta aludía precisamente a los remiseros de la zona: que hablaba mucho con ellos sobre la situación en el barrio, sobre los nuevos pibes. “Es que cambió la generación de cuando yo llegué al barrio, a Samoré”, decía. “Más vale que en Piedrabuena también cambió la generación y ahora son mucho peor... son todos... son todos Damas Gratis. Y se come la película la gente.”

Así, armado, entre 2006 y 2016 había sido detenido siete veces. La primera, por robarle el auto a un remisero en Federación, Entre Ríos. En agosto de 2010, le disparó a su representante en una de sus piernas. Ese mismo año, había robado una cámara de televisión y un juego de llaves de un auto. Las últimas detenciones fueron por tenencia de armas, de drogas y por amenazas y agresiones a dos productoras.

El traslado del Pity Álvarez al penal de Ezeiza, el 13 de julio Crédito: Gentileza Fernando Pérez/Diario Crónica

En cuanto a lo laboral, Samoré siempre fue un barrio de municipales. Y en cuanto a la delincuencia, siempre fue un barrio de ladrones: salideras bancarias, joyerías, con una familia histórica de piratas del asfalto que mejor no nombrar, de pibes cañeros, de alguna que otra pareja de descuidistas que merodeaba los bares de la zona del Congreso buscando maletines de diputados, de un par de grupitos de estafadores. Pero nunca de rastreros, ni de transas.

Algunas cosas cambiaron en los últimos años. En Samoré se escucha la frase típica de los barrios que ya no son como antes:

--Los pibes que robaban pero nos cuidaban están presos, muertos o se fueron a vivir a otro lado.

Las camadas nuevas no son las de antes. Los ejemplos también son los típicos que cuentan con nostalgia los vecinos de los barrios, que extrañan al vecino que cuidaba su cuadra. Que era ladrón pero a la vez era su seguridad. El Estado paralelo en el barrio. “Robar en nuestro barrio estaba prohibido”, dice un vecino que vivió 20 años en las torres del fondo.

Hacia fines de la década del 90 llegó gente nueva a Samoré. Se trató de ladrones de villas de La Matanza y del sur porteño, que compraron departamentos con botines de sus grandes robos. Se instalaron en el sector más conflictivo del barrio: entre las torres 6 y la 14. Con el tiempo tentaron a sus compañeros, que también comprarían. Así se instalaron. Los más afortunados se dieron el lujo de comprar, después, el departamento de al lado. Tiraron la pared que hacía de separación entre viviendas y disfrutaron de un departamento del tamaño de una casa.

Algunos de los hijos de esos ladrones, cuentan los vecinos, son los que cambiaron la vida del barrio. Ahora hay robos de madrugada. De ruedas, de estéreos, de baterías, de espejos. Si llega un vecino nuevo, desconocido para quienes viven en los otros departamentos de la torre, puede que lo asalten. Tampoco es que Samoré sea el peor barrio de Lugano, ni mucho menos. Se puede entrar y caminar como si nada. Solo que no es lo de antes.

“A Pity lo volvían loco”, recuerda un amigo de su entorno laboral. “Esta camada de pibes lo cruzaba, lo molestaba y le metía las manos en los bolsillos. Le pedían plata cada vez que lo veía. A otros vecinos también les piden monedas, para cuidar sus autos de madrugada. Y hubo casos de vecinos asaltados en el puente que cruza la autopista Dellepiane. Los pibes grandes de antes jamás hubieran permitido esto”.

La tentativa de robo que llevó a Díaz a la cárcel de Ezeiza tiene las mismas características de los ladrones de las nuevas camadas. Usó un alicate para intentar robarle un bolso a una persona, en Lugano. Lo mismo con el supuesto episodio del viaje en remís a la villa, donde le habría robado plata a Pity, un vecino del barrio. Algo terminantemente prohibido en las leyes de los barrios.

Los amigos de Pity tampoco aceptaron hablar para esta nota, después de consultarlo con el músico, que los llama diariamente desde el pabellón de Ezeiza. No hablan los familiares de la víctima ni los amigos del acusado. Habla el barrio y habla el expediente. Y el expediente cuenta, aun con menos detalles, la versión de la mochila. Que el conflicto “comenzó por el robo de una mochila o de las pertenencias de una mochila”, tal como describieron testigos de identidad reservada.

La novia de Pity, quien lo acompañó en lo que serían sus últimas horas en libertad, declaró que el músico solía andar armado. “Decía que tenía el arma porque el barrio estaba complicado”, explicó ante el juez. Álvarez se había referido al tema en distintas entrevistas. “Andar solo me llevó a armarme”, confesó. “No me gusta que me zarpen, que venga un guachín y me quiera poner los puntos. Se perdieron los códigos, entonces tomé esta medida. La primera vez que tuve un arma en la mano sentí que no la iba a usar nunca. Yo no quiero matar a nadie.” En 2008 le dijo a RS: “Yo me adapto a los tiempos. Me encantaría cagarme a trompadas, o que me caguen a trompadas. Pero ya pasó eso. Yo ando armado porque los demás andan armados. Con un fierro te cagan, boludo. Yo tengo que tener los mismos entrenamientos”.

Las 48 horas previas al momento en que el destino puso frente a frente a la víctima y al homicida, Pity consumió pasta base, morfina y clonazepam, además de alguna dosis de San Pedro, un alucinógeno.

Con todo eso adentro, y con ganas de seguir consumiendo, compró un teléfono celular, dejó un Fort Escort en un taller mecánico de Aldo Bonzi y se volvió a Samoré en el Polo en el que escaparía tras el crimen. Pero esto fue el 10 de julio. El día terminaría en lo que sería su anteúltima cena en Samoré: con frutas, helado y una botella de champagne que compartió con un amigo. En la madrugada del 11 se dirigió a Hurlingham. Se quedó a dormir con su novia, que lo acompañaría en su último día en libertad.

Juntos regresaron a Samoré a eso de las 9 de la noche. Cenaron, escucharon música y se prepararon para salir hacia Pinar de Rocha. Bajaron, caminaron hasta el Polo y el destino los puso frente a Díaz, con todos sus berretines y sus 120 kilos.

Era la 1:30 de la madrugada del 12 de julio, hacía mucho frío. Y el barrio que lo había visto hacer tantas cosas, lo iba a ver hacer algo que nunca antes había hecho.

Por Nahuel Gallotta