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Hiperchequeados: ¿vivimos obsesionados por la salud?

Tamara Tenenbaum
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1 de septiembre de 2018  • 00:50

"Me cayó la ficha un día que me esguincé entrenando, en realidad la segunda vez, porque la primera descansé apenas una semana y a los dos meses me volví a lastimar, y ahí sí tuve un mes de reposo y me di cuenta de mil cosas. Que me ponía nervioso no ir, que me había vuelto dependiente del crossfit, que solo hablaba de eso, que había abandonado casi todo lo demás". Ramiro, abogado, de 33 años, cuenta su historia con la actividad física como si hablara de una droga, algo que empezó siendo una buena adición a su vida y se terminó volviendo una obsesión.

"La salud pasó de ser un tema que nos preocupa cuando no nos sentimos bien a una obsesión cotidiana", explica Celia Iriart, socióloga doctorada en Salud Colectiva por la Universidad de Campinas, en Brasil: "Comer sano eligiendo minuciosamente lo que ingerimos, hacer actividad física intensa, usar productos que nos dan energía y aun las actividades alternativas, como meditación, constituyen una larga lista de 'lo que debemos hacer'''.

Esta idea de los imperativos de la vida sana entendidos casi como "deberes morales" explica que, entre quienes se obsesionan con la alimentación, el ejercicio o los chequeos de rutina y no tanto, aparezca tantas veces la palabra "culpa". Candelaria, comunicadora de 27, cambió radicalmente su estilo de vida: empezó a hacer la dieta del metabolismo acelerado, hizo terapia colónica y dice que aunque no se definiría como obsesionada todos los días lee algo sobre salud, o ese terreno más difuso que el mercado suele llamar wellness. "Me siento mejor desde que como más sano, pero si en una situación social me como una porción de pizza, al día siguiente paso un buen rato pensando en lo pésima que es".

Entre las preocupaciones más comunes se encuentran las que mencionan Candelaria y Ramiro, vinculadas a la alimentación y el ejercicio; no es casual que estos dos temas se encuentren íntimamente relacionados no solamente con un ideal sanitario, sino también con un paradigma estético, el del cuerpo delgado o musculoso. Sin embargo, las obsesiones no terminan ahí: la práctica de googlear síntomas e incluso "autodiagnosticarse" se ha extendido a lo largo y a lo ancho entre los usuarios de internet, y son cada vez más quienes concurren al médico no a contar cómo se sienten, sino a pedirle que les recete un análisis o medicamento puntual que están seguros de necesitar. "Filas y filas de pacientes tengo atendidos en la guardia por ansiedad por algún síntoma inespecífico, o gente que exige estudios según una patología famosa prevalente (cefaleas cuando se murió esa soprano por un aneurisma roto hace unos años, el cáncer del hijo de Luisana Lopilato o exigencias de hacer diez mil estudios por una fiebre cualquiera)", cuenta Mercedes Margan, médica clínica: "Creo que tiene que ver con un problema de clase media y media alta. Trato de explicarles que hacer estudios no necesariamente ayuda a tener salud; les cuento el ejemplo del chico sano que se hizo un ecocardiograma para ir al gimnasio, le encontraron la válvula aórtica bicúspide y terminó con cirugía a corazón abierto para reemplazo, y ahora tiene que cambiarla cada 10 años, más medicación diaria y controles rutinarios cuando era un chico que probablemente por 20 años más iba a seguir sano".

Casi como un bien de consumo

Margan habla de su práctica, pero sus intuiciones están muy alineadas con las conclusiones de quienes, como Iriart, se dedican a estudiar el modo en que cambiaron nuestras concepciones de la salud en las últimas décadas. Desde los 90, la industria médica empezó a pensar que venderles solo a los enfermos no era negocio: había que venderles salud a los sanos. "Esto se acompaña de un proceso de transformación de la idea de la salud a nivel poblacional", explica Iriart: "Se generaliza en el discurso público que el sector salud es un mercado. Se va convirtiendo al paciente en un cliente que tiene derecho a defender su poder de compra. Todo bajo la ideología de asimilar los bienes y servicios sanitarios con cualquier otro producto".

No es extraño que las personas empecemos a demandar estudios como si se fueran zapatos: "Vivimos en una sociedad muy consumista que piensa que todo, cuanto más, mejor, cuando en realidad en medicina es lo opuesto; cuanto más, si es innecesario, el riesgo de daño es mayor", agrega Iriart.

Este mantra de que "más es mejor" estuvo a la base de la obsesión de Ramiro con el crossfit y la alimentación "sana", que lo llevó a evitar el after office por la incomodidad que le producía la comida chatarra. Pero también fue la intuición de Nicolás, preparador físico de 39, que en un año llegó a hacerse seis tests de VIH casi consecutivos: "Tuve una ITS medio pava y a partir de eso me obsesioné con los tests de VIH, tomé mil antibióticos, me cambió la flora", explica. "Después tuve infecciones urinarias, en la última me dijeron que me tenía que internar y finalmente se me fue sola. Ahí me calmé, igual tuve que volver a terapia a conversarlo", explica.

En un mundo cambiante e incierto, la medicina y la joven industria del bienestar aparecen como espacios en los que el sujeto siente, de pronto, que tiene cierto control sobre lo que le pasa. La obsesión por acaparar información y estrategias con la sensación de que así lograremos estar bien se vincula con la búsqueda de soluciones mágicas, cuando en general los cambios de hábito que beneficiarían a la mayoría de las personas no implican ni grandes sacrificios ni doce horas por día en el gimnasio. "Pero si les decís que para alejar el cáncer hay que comer balanceado, ser más selectivo con la chatarra, dejar de fumar o hacer ejercicio físico regular no convence", dice Margan.

Claro que la solución no es dejar de hacerse estudios necesarios como, por ejemplo, el Papanicolau o la colonoscopia a las edades indicadas; tampoco abandonar el gimnasio. Pasar menos tiempo en internet leyendo sobre tratamientos, dietas y remedios mágicos, en cambio, parece un buen consejo: un informe reciente de Opinaia Digital Research sobre una encuesta tomada a 400 argentinos mayores de 25 años en 2015 arroja que 6 de cada 10, antes de acudir al médico, consultan sobre sus síntomas en internet y que solo uno de cada 100 tiene al médico como fuente primera de información. Son varios los estudios que señalan, además, que la mayoría de la información sobre salud que podemos encontrar en internet es incompleta, desactualizada o falsa. No parece necesario, tampoco, perder hasta el último gramo de grasa corporal ni evitar una cerveza como si fuera veneno para sostener los hábitos que la medicina hoy considera sanos: ocupar la cabeza en cosas más alegres podría ser, finalmente, bastante mejor para la propia salud.

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