La farsa de las dictaduras

Martín Rivero, Vladimir Klink, Emilio Diéguez y Gonzalo Villarreal Fuente: LA NACION
1 de septiembre de 2018  

Cualunque tirano. Dramaturgia: Darío Pianelli. Elenco: Martín Rivero, Vladimir Klink, Emilio Diéguez y Gonzalo Villarreal . Luces: Federico Leyenda. Vestuario: Milena Amado. Asistente de dirección: Malena Salicrú. Dirección: Darío Pianelli. Sala: El Ópalo, Junín 380. Funciones: sábado, a las 20. Duración: 70 minutos. A la gorra. Nuestra opinión: buena

Si la historia se repite primero como tragedia y después como farsa, la atractiva y famosa hipótesis de Marx sobre el 18 de brumario francés y Luis Bonaparte, en el Tercer Mundo la cíclica reiteración de crisis y dictaduras siempre será tragedia para quienes la sufren, pero, revancha del arte, un caldo de cultivo nutritivo para la farsa. Por ese camino eligió meterse el autor y director Darío Pianelli en su primera obra, Cualunque tirano, el de la caricatura del poder absoluto, nunca demasiado lejos de nuestra realidad.

Nacido y criado en democracia, Pianelli no pertenece a la generación de artistas que vivió la época oscura. Sin embargo, tanto él como el grupo de actores con los que comenzó a ensayar encontraron en la figura del tirano y su entorno una manera de explorar la teatralidad con la distancia suficiente como para despreocuparse de compromisos y otras seriedades ciudadanas. Por eso este tirano cualunque (interpretado por Martín Rivero) fue construido con la masa de lecturas, testimonios, películas, videos y otras reminiscencias extrateatrales que no apuntan a ningún hecho puntual, pero que chorrean historia propia y vecina. Un tirano truculento, pero sin las complejidades maquiavélicas de Ricardo III, sino pariente de la crueldad absurda de Ubu rey, la megalomanía del Gran dictador chaplinesco y hasta del fantoche de Costa pobre, de Alberto Olmedo, agigantado con el tiempo.

Este tirano de un país monoproductor de paltas, bebe litros de leche, ocupa el tiempo con crucigramas, no ha resuelto su Edipo y quiere parecerse al emperador Napoleón. Además de a su absorbente madre, solo le teme a la difusión de su leyenda, personajes (narrador, prensa, fotógrafo) que encarna el mismo actor (Emilio Dieguez) y cuya misión es el relato, el diario del lunes, lo que será aún antes de que acontezca y la única pata de toda esa madeja que, según la mirada de Pianelli, sabe acomodarse a cada volantazo. El resto no podrá despegarse, atraídos y expulsados por la misma impunidad que los fascinó: ni el asesor de imagen, un extranjero que vende ropa y termina involucrado (Gonzalo Villarreal), ni el Perro, el ayudante y espejo más cercano (Vladimir Klink). La invasión de la monarquía europea de Liechtenstein desencadenará un final que es solo el comienzo de otra vuelta de tuerca.

En cada uno de los tres actos se avanza un poco más al desastre y el espacio da cuenta de ese enrarecimiento: de un escritorio más o menos ordenado y simple al amontonamiento de bolsas, el mapa, el perchero, cajas, el agobio de lo que pasa afuera, lo que no vemos, pero que se siente avanzar hasta acorralar a este dictador de manual cuya mayor profundidad reside en su inevitable y repetida emergencia.

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