Las claves del método Bauza que impulsaron a Rosario Central a ser líder de la Superliga

Bauza se siente como en su casa en Rosario Central Fuente: LA NACION Crédito: Marcelo Manera
31 de agosto de 2018  • 23:59

Néstor Ortigoza se tira sobre el césped, estira las dos piernas y arroja el balón fuera de escena. Desorientado, un adversario queda tendido: el consuelo es un lateral. La imagen se repite, una, dos, tres veces. En la siguiente, desafiando al ímpetu natural, cae en la trampa: recibe una lógica amonestación por el excesivo uso de la fuerza. Ortigoza juega, piensa y le pone el cuerpo a la causa: con Edgardo Bauza no solo consiguió la Copa Libertadores 2014 -la única de la historia de San Lorenzo-, sino que representa un símbolo de la relación entre un técnico y un jugador. El Gordo es la cara del Patón en el campo de juego de Rosario Central, como ningún otro: entiende todo. El asombroso líder de la Superliga -tres triunfos en serie, cuatro goles a favor, ninguno en contra-, el que le lleva cinco puntos a Boca (el bicampeón) y seis a River, se pasea sobre el techo del torneo, por dos conceptos: el valor del sentimiento y la prepotencia de una identidad. De Ortigoza por Bauza. Y del Patón por Arroyito.

Bauza necesitaba de Central. y el sanguíneo conjunto rosarino precisaba del Patón. Se reencontraron con una precisión quirúrgica, los dos -DT y jugador-, sintonizaban la misma obsesión: recuperar un espacio para la esperanza. Largos meses después de traumáticos caminos. Muy cerca de otra aventura en el exterior -y de otra selección en el horizonte-, después del paso errático por la selección y aventuras pasajeras en Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita, prefirió volver al calor de Arroyito. El club había tocado fondo, con el recuerdo de un 4-0 sufrido contra Arsenal -uno de los equipos descendidos-, el punto más bajo de la temporada anterior. Ese es uno de los apuntes de la libreta del líder del puntaje ideal, creado a semejanza de Patón: solidez, convicción y sentido de pertenencia. Todo junto. Ortigoza, detrás de las lesiones inoportunas, lo explica con sus palabras:

"Bauza aparece y se agranda en las difíciles. Cuando nos dice que algo va a pasar en la cancha., suele pasar".

"Es un monstruo para Central. Hay mucha exigencia: esta camiseta pesa mucho. Nos conocemos de memoria".

"Primero, tenemos que mantener el arco en cero. Después, hay jugadores que tienen gran capacidad individual. Y lo mejor: hay una mística, un ida y vuelta con la gente, que es fundamental".

Bauza lo cobija. "El gordo es un crack. Con la pelota hace todo bien y sin la pelota dice de todo. Es tan inteligente que se va acomodando de acuerdo a donde el equipo lo necesita. Ordena, y eso ayuda mucho al equipo", sostiene. Más allá de apellidos, el puntero -el que le saca el trono a Boca, líder del torneo local desde el 11 de diciembre de 2016 hasta el 20 de agosto pasado-, logró el objetivo principal: que no le conviertan a un equipo que en el torneo pasado sufrió 41 goles en 27 partidos, solo superado por Olimpo (50), Temperley (46) y Gimnasia LP (43). Es el único equipo que logró tres victorias seguidas: 1-0 a Banfield, 1-0 a Talleres y 2-0 a San Martín, de Tucumán; además, se impuso en la Copa Argentina: 6-0 sobre Juventud Antoniana. El domingo, tendrá el partido más complejo: Racing en ebullición, en Avellaneda.

"Lo principal es que no nos conviertan: eso es lo que más contento me pone", suscribe el DT. "Es verdad: veníamos mal en ese aspecto. Es lo primero", asume Fernando Zampedri. Detrás del cerrojo, sostenido por Matías Caruzzo, otro de los jugadores que Patón conoce de memoria, con un revitalizado Oscar Cabezas, se esconden otras historias estratégicas, más allá de la pasión del cuerpo técnico -José Di Leo es un colérico canalla- por los colores.

El valor de la experiencia. Caruzzo (34) y Ortigoza (33), casualmente, son los más experimentados, pero no son los únicos: la sapiencia, para Bauza, es fundamental. Camacho (32), Ruben (31), Zampedri (30) y Herrera (35, un cambio natural en todos los partidos), representan la columna vertebral. Andrés Lioi (21) y Maximiliano Lovera (19), son la contracara: jóvenes promesas que exigen pista, surgidos de la cantera.

La pelota parada. ¿Qué habría pasado si el seleccionado iba al Mundial con Bauza como conductor? Imposible saberlo. Una de las diferencias, seguramente, habría sido el trabajo del balón detenido: la mitad de los goles en Rusia surgieron desde el laboratorio. Los goles de cabeza son una consecuencia de tiros libres lanzados por Leonardo Gil, un especialista. "Orden y paciencia, en ese orden", define el volante al equipo.

El poder de las bandas. En San Lorenzo, Buffarini y Mas resultaron determinantes, con un furioso ida y vuelta, mezclados en la efervescencia de la marca y el ataque. Con una condición: sube uno, se queda el otro. Estos defensores, hoy en Boca, no recuperaron nunca aquel rendimiento. En Rosario, ensaya en la misma sintonía con Bettini y Parot, una revelación.

La táctica. Se inclina, ahora, por un clásico 4-4-2, aunque es elástico. En Ecuador, en San Lorenzo y en algún tramo en el seleccionado, prefirió el 4-2 (cómo olvidar a Ortigoza-Mercier), 3-1. Más allá del factor numérico, la principal virtud, para el DT, es la solidez del equilibrio. Todos luchan -y casi todos-, piensan en el arco de enfrente. "Un equipo que defiende mal, no puede ganar nada", aclara el Patón.

Necesitamos tener el arco en cero, tratamos de buscar el gol y reordenarnos para salir de contraataque
Fernando Zampedri

No es un trampolín. Bauza está en donde quiere estar. Hay química con la gente y con el plantel. No hay espacios para revanchas de selección, ni nostalgias por lo que pudo ser. "Nada de eso. No tuvimos el tiempo necesario para trabajar un poco más y que el equipo funcionara mejor. La AFA no estaba políticamente ordenada y eso complicó las cosas. Estoy en mi casa, con mi gente: por eso tomé la decisión de volver", sostiene. A los 60 años, Bauza se reinventa. En Central, un líder sin misterios.

Por: Ariel Ruya