Disrupción: la paradoja de las múltiples velocidades

Marcelo Rinesi
El impacto de los robots y la inteligencia artificial ya empieza a sentirse y bosqueja un mundo de concentración económica y tensiones sociopolíticas; el efecto en la Argentina
El impacto de los robots y la inteligencia artificial ya empieza a sentirse y bosqueja un mundo de concentración económica y tensiones sociopolíticas; el efecto en la Argentina Fuente: LA NACION
(0)
2 de septiembre de 2018  

Ni una utopía postrabajo ni una distopía posapocalíptica: el impacto de los robots y la inteligencia artificial ya empieza a sentirse y bosqueja un mundo tristemente familiar de concentración económica y tensiones sociopolíticas.

Es un contexto de enormes diferencias económicas entre países y, al mismo tiempo, dentro de cada sociedad. No hay ejemplo más claro que el del área alrededor de San Francisco, epicentro de la revolución tecnológica y cuna de la primera empresa en la historia (Apple) en llegar a una valuación de un billón (millón de millón) de dólares, donde los costos de vivienda están haciendo crecer enormemente el número de personas con "buenos empleos" que viven en sus autos.

Se trata de una economía en la que, a pesar de que el PBI per cápita se duplicó -y más- desde 1971, la familia promedio en la mitad más baja de la distribución de la riqueza es ligeramente más pobre de lo que era entonces y uno de cada tres empleados de una de las empresas tecnológicamente más avanzadas del planeta (Amazon) gana tan poco que requiere asistencia alimentaria del Estado.

Esta creciente desigualdad se da también entre empresas, con un fuerte impacto en la macroeconomía y la política de los países. Recientemente, Andrew Haldane, economista en jefe del Banco Central del Inglaterra, explicó en una charla sobre los problemas de productividad cómo la caída en la competitividad de la economía inglesa en comparación con sus pares no se debe a una falta de empresas con tecnología de avanzada -Inglaterra cuenta con empresas líderes en todos los campos-, sino a la lentitud relativa con la que estas tecnologías son transferidas de las líderes al resto de la economía.

Esto genera la paradoja de economías de múltiples velocidades, donde incluso dentro de cada área y sector empresas altamente competitivas coexisten con un trasfondo de poca productividad y estancamiento económico. El Brexit complicará todavía más esta situación, al hacer más difícil a las empresas inglesas el acceso a los recursos humanos, industriales y de conocimiento no solo del resto de Europa, sino de todo el mundo.

Nada de este razonamiento es extraño para la Argentina, cuyo propio "Brexit del mundo" ya lleva varias generaciones. En un contexto donde la capacidad productiva global crece más rápido que la demanda -donde las empresas e individuos más ricos acumulan billones de dólares y, aunque la pobreza extrema bajó drásticamente, los ingresos de las clases medias globales se estancaron-, el país sufre de ambos tipos de desigualdad: la Argentina posee un puñado de empresas globalmente competitivas y un 1% más rico, con poco que envidiar al resto del mundo, en una sociedad con una productividad promedio a mitad de camino entre la de Irán y la de Bulgaria, y con un 30% de pobreza.

Si es difícil imaginar cómo la sociedad argentina podría absorber el impacto en el empleo del uso de tecnologías industriales y administrativas modernas, es igualmente dificultoso ver un camino de crecimiento sin estas tecnologías; el mundo ya está comprando todo lo que va a comprar de lo que los argentinos producen con el nivel actual de tecnología e integración industrial con el resto de la economía global, y no existen fuentes sustentables sin explotar demanda interna, pública o privada.

Hay un aspecto de tragedia griega en esto: la hamartia o falla de espíritu, conocimiento o imaginación que hace al héroe, que podría potencialmente ser la solución de una crisis, termina siendo la causa de su propio fracaso. En una economía avanzada, la combinación argentina de impuestos altos, Estado redistribuidor y sindicatos fuertes es una opción efectiva para transformar la productividad alta en mejoras en el nivel de vida medio.

Más productividad

Los avances tecnológicos contemporáneos aumentan especialmente el retorno al capital, por lo que, ausentes mecanismos efectivos de negociación colectiva, la tendencia es a salarios reales medios estancados en términos relativos, o incluso absolutos. Usar estas tecnologías hace más productivas a las compañías, pero si esto se traduce en sueldos altos para programadores, no necesariamente lo hace para los de las personas que trabajan con (y, muchas veces, bajos las órdenes de) estos sistemas. No es la mejor educación de los programadores, sino su relativa escasez, lo que les hace posible negociar estos sueldos. En ausencia de cataclismos demográficos, como la peste negra o la Segunda Guerra Mundial (dos eventos que causaron períodos históricamente anómalos en la historia europea de crecimiento en el ingreso de los trabajadores), son los sindicatos y las regulaciones laborales, y no la dudosa generosidad de un Henry Ford, los que hacen posible traducir avances de productividad en mejoras generales en el nivel de vida.

Pero esto solo funciona si hay avances en la productividad. Si la combinación de tecnología avanzada, sistemas de logística global integrados y marcos laborales precarios genera economías ricas con sociedades crecientemente desiguales, la falta de tecnología avanzada e integración comercial e industrial con la economía mundial tiene efectos aún peores.

Una economía aislada y técnicamente atrasada puede ser igual o desigualmente pobre, pero nunca próspera. Mientras el desafío actual de las economías avanzadas es sostener o recrear sociedades abiertas y relativamente igualitarias bajo las presiones duales de una desigualdad rápidamente creciente y el retorno de nacionalismos étnico-religiosos tóxicos, países como la Argentina tienen que hacer lo mismo mientras simultáneamente upgradean de manera drástica, rápida y casi universal economías donde la automatización de un puesto de trabajo es considerada un acto de violencia política y la apertura a proveedores externos que compitan con los nacionales, prácticamente traición a la patria. Décadas de una cultura política orientada a "proteger al trabajador", paradójicamente, lo han dejado sin acceso a las herramientas y redes que necesita para poder ser efectivo.

Llamar a esto un "desafío" es un eufemismo, pero el término "crisis" oculta el enorme potencial todavía sin explotar de esta última iteración de la Revolución Industrial. La tecnología y la globalización de fines del siglo XX sacaron de la pobreza a miles de millones de seres humanos. Implementadas con decisión y creatividad, las de principios del siglo XXI pueden hacer todavía más.

El autor es científico de datos

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.