Hasta siempre, Alejandro

Víctor Hugo Ghitta
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3 de septiembre de 2018  

Si me permiten, voy a escribir estas líneas rompiendo en llanto. De momento, con un nudo en la garganta y ese ardor en los ojos que trae de modo inevitable un torrente de lágrimas. No encuentro otro modo de contar la historia de Alejandro Bolaños, el colega español que acaba de morir en Madrid, tan temprano, sin siquiera haber alcanzado los cincuenta años, vencido por un cáncer, que es la historia de Tereixa Constenla, su mujer, que le ha dicho adiós en el diario El País con uno de esos textos que erizan la piel y nos hacen soñar que el mundo es más bonito de lo que nos permitimos creer y que el amor puede reparar todas las heridas.

No he conocido a ninguno de los dos, pero mientras leía esta mañana esa soberbia declaración de amor pensé que me hubiese gustado encontrarme con ellos una tarde asoleada en el Museo del Prado o en la Puerta del Sol, e irnos después los tres a alguna taberna madrileña a tomarnos una cerveza y conversar sobre el mundo y el oficio periodístico, qué remedio, pero también sobre cine, música y literatura, tres temas que Alejandro amaba aunque dedicara la mayoría de sus horas a comprender (y a explicar con paciencia a quien quisiera leerlo o escucharlo) los vericuetos casi siempre incomprensibles de la economía. Debe de haber muchos Alejandros dando vueltas por el mundo (confío en que algunos de ellos están entre mis amigos), muchas Alejandras también, gentes de mirada límpida y corazón noble a las que dan ganas de abrazar en medio de las hostilidades del mundo, porque siempre las miserias humanas que abundan a nuestro alrededor encuentran su compensación en quienes nos enseñan la alegría de estar vivos, la dicha de la inteligencia y la generosidad, el anhelo de la solidaridad y de alcanzar un mundo algo más justo. Al parecer, el bueno de Alejandro era de esa especie, que aunque a veces lo parezca no está en extinción.

En esa tierna despedida cuenta Tereixa la historia de los dos. Cuenta que han compartido la redacción del periódico durante años -el fárrago de las horas, los pesares cotidianos del oficio, las derrotas amargas y los triunfos siempre engañosos-, y me gusta pensar que, en medio del ajetreo de las noticias, que a menudo hacen que uno pierda de vista lo que de verdad importa, de cuando en cuando se han mirado amorosamente a los ojos, se han prodigado una caricia furtiva o besado sigilosamente en la estrechez de un pasillo despoblado o en penumbras, la promesa de una noche de juego y de deseo. Han conversado sobre el mundo con la curiosidad de dos niños y han viajado, al mar y a la montaña, dos paisajes que le contagiaban a Alejandro la vehemencia de la naturaleza y también la calma. Han tenido una hija. Se llama Elba.

En 2016, los médicos le diagnosticaron un cáncer de páncreas. Se casaron dos años después, en el parque del Retiro, bajo una lluvia demencial y los versos de Khalil Gibran: "Amaos uno a otro, más no hagáis del amor una prisión".

"Estábamos juntos desde el año 2000 -escribe ella-. Tan juntos que trabajábamos en el mismo periódico y compartíamos un ir por la vida. Tan juntos que tuvimos cáncer al mismo tiempo (el mío de mama) y juntos acudimos a radioterapia y a alguna quimio. Juntos también nos construimos un muro contra el victimismo y el rencor. Teníamos cáncer, sí, pero nuestra vida estaba repleta de muchas otras cosas bellas. Hasta hoy. Porque se ha ido debido a procesos infecciosos, agravados por una recaída tumoral. Y pese al desgarro de este último mes, transcurrido en la UCI de los hospitales Clínico de Santiago y Gregorio Marañón, y a la dureza de estos últimos años, yo siento una inmensa gratitud por haberle conocido y acompañado durante 18 años. Él me hizo mejor".

Otro compañero cuenta que Alejandro murió escuchando a Uxía, con Tereixa a su lado. Ella le habrá prometido que lo amará toda la vida, porque aunque le aguarde un mañana ningún amor verdadero nos deja hasta el final de nuestros días. Él habrá tenido la fortuna de irse de este mundo sabiéndola ahí, abrigado por los ojos que siempre lo miraron, la mano tibia de ella en la suya, el reparo del último beso en la boca, la conciencia (ojalá) de que han sido felices el uno junto al otro. Ella llorará todas sus lágrimas mañana, llorará como jamás supo que podía llorar, pero un día habrá de recordarlo como se recuerdan los grandes amores que tan solo han concluido, lejos del remordimiento o la rabia, para seguir cobijándonos el resto de nuestras vidas.

Habrá musitado su nombre en la despedida, quizá en el afán (en el sueño) de reencontrarlo.

Hasta siempre, Alejandro.

PLAYLIST

Mientras escribí este texto escuché: Requiem K626, Mozart. Philharmonia Chorus and Orchestra. Dirección: Carlo Maria Giulini. Donath, Ludwig, Tear, Lloyd.

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